VIVIR CON MENOS

Además de la calma que te trae vivir en el campo y que ya les platiqué aquí, mudarnos a un departamento pequeño ha activado en mí otra de mis pasiones que andaba medio dormida: vivir con poco. Las casas son como las bolsas de las mujeres, parece que nunca serán suficientes porque entre más grande sea, más cosas encontraremos para cargar en ellas.

Siempre he sido una persona desprendida de las cosas materiales y me fascina hacer una o dos limpias masivas al año en las que saco de todo, desde ropa hasta sartenes que tengan más de seis o doce meses sin haber sido utilizados, depende del artículo. La gran mayoría de las cosas de las que me despido las regalo a gente que las necesita pero si hay algo muy nuevo procuro venderlo para invertir ese dinero en algo más. Pero ha habido dos limpias materiales en mi vida no masivas, sino monumentales, una cuando nos mudamos de Monterrey a Tecate y otra en esta última mudanza de una casa grande a un departamento.

Deshacerme de lo que no necesito y ordenar el caos que a veces generamos en armarios y cajones me brinda una sensación de libertad y bienestar y me hace pensar mucho en todo lo que compramos que en verdad no necesitamos, y eso es precisamente otra de las ramas de vivir con menos en la que me estoy entrenando en esta etapa de mi vida. Comprar menos. Uff. Creo que todos tenemos algún área de nuestra vida en la que gastamos con muy poca (o a veces nula) conciencia y en mi caso no es la ropa o los zapatos como muchas mujeres, sino libros, telas y comida, tanto en restaurantes como para la alacena de mi casa. Lo curioso es que así como los compro me puedo desprender de ellos cuando es necesario, como en las mudanzas colosales que les he platicado.

Una vez escuché decir a alguien que nuestra forma de comprar refleja mucho nuestro estado de ánimo, que entre más cosas compremos sin control, es que estamos muy necesitados de algo más o con un vacío más importante a nivel emocional. Y creo que tiene mucho de verdad. Hay cosas que son necesarias para la vida como el techo, el vestido o la comida, pero justo hoy leía en un texto de Jesús Amaya que un estudio que se hizo en Estados Unidos en los 60 arrojó una lista de 50 cosas que eran las realmente indispensables para vivir en una sociedad, y en el 2000 la lista se había incrementado a 400 cosas. ¿Qué tanto necesitamos realmente para vivir y qué tanto necesitamos para alimentar nuestro sentido de pertenencia, de apego, de autoestima o de popularidad?

No digo que tener cosas sea malo, porque no lo es, pero sí creo y he experimentado que vivir con poco te hace valorar más lo que tienes y razonar bien tus compras te lleva a usar realmente todo lo que adquieres. A todos nos ha pasado que usamos sólo el 50 por ciento de nuestra ropa colgada en el closet o que de pronto nos topamos en la alacena con una lata de atún que caducó hace dos años. Y miren que las latas de atún duran una década, no hay más que ver la fecha de caducidad cuando las compras. Así que, ¿por qué no detenernos unos minutos antes de comprar? Los que sean suficientes para ver si realmente lo necesito, de dónde viene eso que estoy comprando, a qué personas estoy beneficiando o perjudicando con mi compra, entre otros aspectos que sería bueno considerar.

Aunque la paz no venga exclusivamente de viajar ligero, soltar una que otra maleta sí puede contribuir a ese sentimiento de levedad que de pronto ansiamos entre tanta saturación de pendientes, información, expectativas, compromisos y el largo etcétera que nos persigue a los pasajeros de este siglo. La vida, a final de cuentas, es tan complicada o tan simple como queramos vivirla.

my-pumpkin-minimalismo
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Mi blogger favorita sobre este tema es Erin Boyle, la encuentras aquí.