Vengo llegando...
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Vengo llegando de un descanso que me tomé de las redes sociales, de la compu y la máquina de coser. Los saludo después de un respiro que no me había dado cuenta que necesitaba tanto pero que ahora, después de estos días, valoro y agradezco haberme tomado. Me dio una gripa tremenda que hacía muchos años no experimentaba y mi esposo y mis hijos se enfermaron también. Pasaron algunas cosas a nivel personal que me invitaron a reflexionar acerca del lugar en el que me encuentro ahora, cómo me siento aquí y hacia dónde me invita mi ser a moverme. Así que acepté la invitación y me senté a reflexionar.

Creo firmemente que la enfermedad viene con un mensaje y ahora, la primera vez que nos enfermamos los cuatro al mismo tiempo, decidí escuchar con atención. La familia es un sistema, es un solo cuerpo en el que cada uno representa un miembro importante que da vida al conjunto, y en esta ocasión no me pareció casualidad que el sistema completo se debilitara. En cada estornudo, dolor de oído o de cabeza y en cada pico de temperatura está el alma queriéndonos hablar, porque su lenguaje a veces nos pasa desapercibido de tan sutil y de tan desacostumbrados que estamos nosotros a escuchar e interpretar. La enfermedad está ahí como último recurso del espíritu, como ese llamado que ya es imposible ignorar. Hay que sentarse y atender.

La vida tiene meses acariciándome el oído con el mismo susurro: “Marcela, ¿qué quieres hacer?” Y uno podría pensar que realmente sabe lo que quiere (¿que no es obvio?) y que incluso va caminando hacia esa dirección, pero cuando nos atrevemos a ser honestos, podríamos llevarnos una sorpresa al darnos cuenta de que andábamos en sentido contrario… o que ni si quiera teníamos bien claro el rumbo o bien claro el mapa. Entonces es hora de aclarar objetivos, de conocernos a nosotros mismos, de hacer una lista de nuestras prioridades si fuera necesario y de reajustar la marcha.

En este reset emocional me apoltroné durante estos días en los que lloré, cuestioné actitudes, dormí largas horas, sacudí creencias, comí poco, dialogué mucho, dejé la casa tirada, me abracé todo lo que pude y dije a los míos cuánto los amo. Porque a veces se vale esconder la cabeza entre las sábanas por unos días si nos estamos preparando para salir de nuevo al mundo con ánimos renovados y un par de gafas más cristalinas. Estamos tan acostumbrados a la queja y a la absurda miopía que nos obliga a ver el vaso medio vacío que nos hemos hecho inmunes ante el descontento hasta el punto de considerarlo parte de nuestra piel. Así que la vida, bien buena onda, ha de venir a brindarnos una sacudidita. Será nuestra decisión dejarnos despeinar las ramas pero mantener raíces firmes, que para eso hemos nacido árboles.

El de estos días no ha sido el primer desequilibrio emocional, crisis sensiblera, desajuste vocacional, trance anímico o como gusten y manden llamarlo en mis cortos 38 años porque la verdad, acá entre nos, sí se me da bastante (bas-tan-te) la pensadera y no tienen que hacerme mucha cosquilla para jalar luego luego hacia la duda existencial. No es algo de lo que me sienta muy orgullosa, esta manía mía de analizar tanto lo que me sucede y exprimirme el cerebro cada vez que el camino se me bifurca y siento que debo estar atentísima a todas las señales divinas para saber cuál es el camino ideal que debo tomar. Con el tiempo he aprendido a que tal ideal es sólo eso, una idea y nada más. Y he soltado también un poco mi aprehensión hacia la forma en que “debo” ser y procurado abrazar más mi naturaleza, porque es gracias a esta “analicitis” que, por más irónico que parezca, puedo ser sensible ante lo que me rodea.

En conclusión, he tomado algunas decisiones importantes, algunas en lo individual y otras a nivel familiar, algunas de las cuales muy pronto les contaré. Me siento feliz de haberlas tomado porque en mi mundo esto representa una labor titánica, así que precisamente una de ellas fue tomarme la vida un poco más a la ligera. Sí poner atención a qué es lo que quiero y que mi alma me pide a gritos, pero no estresarme en el intento ni volver tan complicado un proceso que puede vivirse de una forma más relajada y natural. Decidir hacer algo en particular a veces puede resultar amenazador por el costal de miedos, creencias y apegos que llevamos a cuestas. Podemos meternos a la alberca poco a poco, sacando del costal una cosa a la vez para irnos animando a nuestro tiempo, o podemos aventarnos un clavado y no pensarla tanto, eso dependerá de nuestra manera de afrontar la vida. Al final, el agua nos dejará desnudos de equipaje en los dos casos, porque no importa lo que hagamos, siempre tendremos que aprender a nadar.

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