Una fiesta para todos
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La idea era que nos esperaríamos a saber el sexo del bebé hasta el momento de su nacimiento. Queremos tener un parto cien por ciento natural, en una casa de partos y sin ninguna intervención médica incluso desde el embarazo, por lo tanto no habría tampoco ultrasonidos más que los estrictamente indispensables. Y guardar la sorpresa de si era niño o niña hasta el final era parte de todo este plan. Y todo iba bien, hasta que Emma nos recordó que ella también tenía derecho a opinar, y que su opinión era que quería saber YA si iba a tener un hermano o una hermana.

A mí se me antojaba demasiado la sorpresa hasta el último momento y además tengo amigas (varias) a quienes les han dicho que es niña y a los dos o tres meses les dicen que es niño… o viceversa. Y a David le daba igual saber ya o esperar al nacimiento, pero lo único que no quería era que la noticia nos la diera un médico en una fría sala de consultas, así que después de la petición de Emma me propuso organizar una reunión familiar a la que él llamó: “la fiesta del sexo”.

Nada más alejado a lo que se están imaginando jajaja. Antes de la fiesta, justo a las 19 semanas de embarazo, fuimos con un radiólogo y le pedimos que nos hiciera un ultrasonido pero que guardara el sexo del bebé en un sobre cerrado para que no pudiéramos verlo. Nos llevamos el sobre a casa y lo tuvimos guardado por semana y media, hasta que se llegó el domingo pasado que es cuando tendríamos la mayor cantidad de familia posible reunida en Tecate gracias a las vacaciones de verano. Un par de días antes llevé el sobre a una pastelería y le pedí a la señorita que cuando me fuera abriera el sobre, leyera el resultado del ultrasonido y si era niño hiciera un pastel con harina azul y si era niña con harina rosa. Le pedí que por fuera lo cubriera de chocolate porque es un color neutro y porque una está embarazada y ocupa hartas dosis de endorfinas.

El sobre, el cual intentaron raptar más de una decena de familiares y amigos que se jalaban los pelos de la desesperación y nos miraban con ojos atónitos por nuestra increíble calma y paciencia hasta que se llegara el día que habíamos estipulado para conocer su contenido, esperó pacientemente en la guantera del carro hasta que se llegó el domingo. Ese día hicimos una carne asada a la que invitamos a la familia y amigos para compartir la noticia. Algunos se fueron vestidos de rosa o de azul según sus corazonadas, pero a la hora tan esperada de partir el pastel, la que se llevó el honor fue la causante de todo este merequetengue: Emma.

En la cabecera de la enorme mesa de comedor que mi papá nos fabricó meses atrás nos colocamos David, Emma y yo con el pastel, en un costado todos los que creían que era niño y en el otro los que creían que era niña, todos con sus cámaras y celulares en la mano, listos para inmortalizar el momento… y los abuelos, tíos y primos paternos en vivo desde la pantalla de uno de ellos para estar presentes aunque fuera virtualmente. Nuestra hija partió el pastel y cuando alcanzó a ver el interior de color azul anunció: “¡Es niño!” y con la noticia abrió una cascada de gritos, porras, aplausos y hasta una que otra lágrima (ajá, entre ellas las mías).

En medio del regocijo, los abrazos y las muestras de cariño de todos me di cuenta de que la llegada de un nuevo ser no es un acto privado o que se restrinja al círculo de sus padres y hermanos. Es un acontecimiento público porque de todos es el gozo de verlo crecer desde el vientre de una mujer, imaginar su rostro mientras se barajan nombres y apodos, tejerle una cobija o comprarle unos converse que parecen más llavero que zapatos de un humano y luego ser testigos de su llegada y mecerlo cuando tiene sueño, llevarlo al parque y finalmente, encaminarlo por donde sea que su destino lo vaya conduciendo.

Los padres podríamos habernos guardado la decisión de esperar a conocer el sexo del bebé hasta su nacimiento, así como tomaremos otras decisiones en base a su educación o su futuro, pero nos habríamos perdido de esta fiesta en la que nos dimos cuenta de que este hijo no es sólo nuestro sino de toda la gente que ya lo quiere con todo su corazón desde ahora. Y justo en ese momento en que vi que el cuchillo atravesaba el pan azulado y ya en la mitad de mi embarazo, otro veinte cayó en mi alcancía: voy a ser madre por segunda vez. David tendrá un hijo varón al que le enseñará a tomar fotos y a montar una bicicleta para llevarlo a las carreras y Emma un hermano con el que se peleará todos los días y al que adorará con toda su alma… y yo seré madre por segunda vez.

Gracias a la vida por toda la gente que vi alrededor de esa mesa, presentes en cuerpo o espíritu, cuyo cariño sincero me sirven de sostén en esta hazaña que a veces me atrapa en la incertidumbre pero que la mayoría de los días me tiene tan esperanzada y revestida de un valor que no me hubiera creído años atrás.

lostres
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pastelazul
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