UN CAJÓN A LA VEZ
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Todos tenemos un cajón del terror. Ese que nos gustó para ir aventando recibos, tarjetas de presentación, botones, estados de cuenta, revistas, listones, juguetes de los hijos, llaves, pilas, plumas y un laaaargo etcétera de artículos que creemos que algún día nos serán de utilidad. Lo que de verdad ocurre es que ese cajón, como todo en la vida, tiene sus límites y llega un momento en que ya no es posible ni abrirlo ni cerrarlo de lo atiborrado que está de cosas. Bueno, yo siempre tengo ese cajón del terror y a lo mejor quiero pensar que no soy la única.

Por lo general soy una persona ordenada, aunque no muy obsesiva al respecto, entonces todo aquello que va cayendo a mis manos y que voy acumulando, procuro hacerlo en este famoso cajón que está en mi escritorio para así tener solamente un rincón terrorífico y tener el resto de los espacios más o menos despejados. Lo que siempre ocurre es, irremediablemente, lo siguiente: cuando llega el punto en que el cajón ya no puede abrir ni cerrar, entonces dejo de acumular ahí y lo mantengo cerrado por días, semanas, meses y… años no, que no es para tanto. En la última limpieza que hice en abril por la mudanza a nuestro nuevo hogar, no me atreví a tocarlo y así trasladé mi escritorio. Hasta ayer tuve el valor de sentarme para descombrar un poco por ahí y tiré a la basura dos terceras partes de su contenido. Porque siempre es así, después de meses de no mirujear por un espacio terminas por olvidarte de lo que hay en su interior y cuando por alguna razón regresas, caes en la cuenta de que pudiste vivir perfectamente todo ese tiempo sin esos papeles, sin esos listones y sin esas baterías. Entonces, ¿para qué tener todo eso ahí?

Hay una sensación indescriptible de liberación en el simple acto de ordenar un cajón que casi casi puedo extrapolar a la vida cotidiana. Para ordenarlo hay que ser capaces de deshacernos de lo que ya no nos sirve, hacer un plan de acción para saber en dónde irá cada cosa y ser creativos a la hora de diseñar su acomodo para aprovechar al máximo los recursos. Lo más interesante, creo yo, es el hecho de mantenerlo ordenado conforme pasan los días y los meses, para lo cual hemos de tener la disciplina de no acumular cosas de más y de no caer en la tentación de guardar en nuestro pulcrísimo cajón nada que no estemos seguros que nos gustaría ver ahí la próxima vez que lo abramos.

Así también, de vez en cuando nos viene bien hacer una limpia a conciencia de las creencias que ya nos resultan obsoletas y que no nos dejan avanzar, hacer una lista de las cosas que nos inspiran y tomarnos el tiempo de incluirlas poco a poco en nuestra agenda diaria para sentirnos justo como se nos antoja. Y para mantenernos en ese canal, nos servirá también poner mucha atención en lo que consumimos a nivel material, emocional y espiritual para no empezar de nuevo a llenar nuestro costal de esas cosas e ideas que nos estorban para abrirnos a nuevas experiencias.

Ordenar no es sólo reacomodar lo que ya está ahí, es también soltar todo lo que ya no necesitamos para que el orden valga realmente la pena. Si nos limitamos a mover los objetos a otro sitio y ya o, lo que es más común, seguimos consumiendo cosas que realmente no necesitamos, tarde o temprano el desorden aparecerá de nuevo en nuestras vidas. ¿Qué guardas celosamente en tu mente, tu vida, tu trabajo, tus relaciones o tu casa que ya no te sirve de mucho? ¿Cuáles son esos canales a través de los cuales sigues alimentándote de cosas que no te ayudan en nada y sólo te hacen la carga más pesada?

Si no estás muy seguro, ordenar tu cajón del terror puede ser un buen arranque en el camino hacia encontrar algunas respuestas.