El primer 10 de mayo que viví como madre escribí esto para que nunca se me olvidara el regalo que me había sido entregado. Hoy mi hija tiene cuatro años y los regalos se han multiplicado. Muchas felicidades a todas las mamás, y envío un abrazo al cielo, donde está la mía. Tu vida de ángel

Hoy amaneció más temprano, sin sol, sin nubes blancas, sin ruiseñores. Pero es de día. Sé que ya amaneció porque apenas me acuerdo de la noche, porque la oscuridad de la incertidumbre salió por la puerta de atrás, porque huele a primavera. La luna se fue a otro cielo y las estrellas detrás de ella; no pudieron quedarse porque aquí ya amaneció. Otro manto negro las acogerá piadoso, aquí la aurora las avergonzó. El aire se pintó de grana y mi alma abierta encontró su casa, la que no veía, la que recordó apenas hoy, cuando el alba nos sorprendió desnudas, a ti hija y a mí madre. A mí con las manos atadas y a ti con los ojos adoloridos de luz. A mí con el vientre herido y la fe cicatrizada, a ti con la piel rosada de inocencia y a las dos arropadas con el dulce néctar del amor. Hoy amaneció más temprano, le robé horas a la noche, me convertí en madre.

Madre confiada y temerosa, con más miedo que nunca, pero del miedo que hincha el corazón. Miedo a no adivinar que tienes frío en la noche, a no ser pájaro y volar cuando vas a caerte, a no cantarte cuando quieras recordar tu vida de ángel. ¡Que bueno que tú no tienes miedo Emma! Que bueno que sonríes cuando más miedo tengo, que te sorprendes todos los días, que recargas tu cabeza en mi pecho como en nuestro primer encuentro y tomas entre tu mano uno de mis dedos, como queriéndome enseñar cómo se suelta, se abraza y se vuelve a soltar. Luego de dos o tres palmaditas en mi vientre y unos segundos de esta coincidencia que me esmero inútilmente en perpetuar, brincas, te vas a tu juego, regresas a tu mundo, me sueltas, segura de que no pasará mucho tiempo antes de que nos volvamos a encontrar.

Dios, gracias por este amanecer. Gracias por el día, por el desvelo, por los ojos negros de mi hija. Gracias porque tengo brazos para abrazarla, porque tengo voz para cantarle y sobre todo, gracias porque tengo oídos para escuchar su canto de pájaros, a los que escucha desde su ventana y luego imita con su voz de niña. Gracias por este primer diez de mayo, el más honesto entre los que vendrán, el único en el que mi hija no me dirá mamá con los labios porque el único lenguaje que conoce es el de su vida de ángel. Que nunca se vuelva tan humana que se olvide de ti, tan terrenal que no recuerde su hogar, tan racional que se olvide de ver, escuchar y sentir. Que yo sea sabia para regresarla al edén, que mis manos la acaricien sin estrujar, que el tiempo se alíe con nosotras para que en esta casa nunca se vaya el sol.