Trío de mandiles: "Pride", "Mittens" y "Tita" (VENDIDOS)

Cuando estaba embarazada de Emma le pedía muy seguido a Dios que se pareciera a David. Le pedía que me diera sabiduría para guiarla por el mejor camino. Le pedía que me diera el valor para ser su apoyo pero también la confianza para no sobreprotegerla. Que le diera a ella salud, que en el parto todo saliera bien, que fuera una niña feliz. Todo esto que una madre le pide a Dios pues. Quienes tienen un hijo me entenderán cuando digo que son una caja de sorpresas. Entre ellas, la mía traía el gusto por la cocina. Eso nunca se lo pedí a Dios… ¡pero cómo lo agradezco! Emma goza cuando le pido que me ayude a cocinar la sopa, a hornear galletas y muffins o a preparar una simple limonada. Y el gusto lo demostró desde que era muy bebé, cuando lo único que podía hacer era colocar los papelitos de los quequitos en los huecos de la charola. Ahora que tiene cinco años lava y talla las verduras, echa el agua a la olla, mezcla los ingredientes en el bowl, bate los huevos, menea la masa para el pan, saca y mete todo en el refri, exprime los limones y hasta limpia la mesa al final (ok, esta parte no es tan seguido como me gustaría jajaja). Me avienta la mano si quiero ayudarle para recordarme que ella sola puede, huele el recipiente cuando todo está revuelto para decir "Mmmm, está quedando delicioso", prende cada cinco minutos el foco del horno para vigilar la hinchazón de un aromático pan de plátano o me pide casi casi de rodillas que la lleve con su Tata a su pizzería, donde mi papá le deja amasar su propia bolita, embarrarle la salsa de tomate y espolvorearle el queso para luego meter su pizza al calor.

De las magias de este mundo que más me gusta atestiguar es cuando madre e hija se meten a la cocina. La adulta entra con las ínfulas de maestra, ve a su aprendiz y le indica cómo se hacen bien las cosas (cualquier parecido con la vida real…). La hija escucha que la taza de harina se vierte en el bowl despacio para no salpicar y cuando le toca hacerlo avienta sin la más mínima turbación el polvo blanco al que no le queda más remedio que volar por el cielo y luego repartirse entre el recipiente y la superficie de la mesa. La madre sonríe, piensa que no es para tanto. Le pide luego a la discípula que bata los huevos con el globo grande pero ella quiere con el globo chico porque es más divertido. La instructora sonríe otra vez, ahora con un dejo de impaciencia. Ok hija, le dice, toma el globo chico. Una vez la mezcla lista, la madre deja que la pequeña amase con sus manitas para que la experiencia sea más enriquecedora. Mientras la niña juguetea feliz con la masa, le pregunta a su mamá si no importa que no se haya lavado las manos. Ella ríe con la inocente ocurrencia, pero por la mente le cruza la cantidad de bichos que se comerán con cada rebanada de pan. Así no hija, le recomienda con una rayita más en el volumen de su voz, vas a embarrar todo. ¡Así me gusta más mami!, le contesta la novata mientras le muestra una nueva técnica de amasado. Al terminar levanta triunfante las manos embarradas, voltea para ambos lados, no ve ninguna servilleta cerca, así que sin ningún empacho se limpia la pegajosa masa en sus pantalones. Es entonces cuando los ojos de la maestra quieren salirse de su órbita y antes de lanzarle un regaño a la principiante, ésta la desarma con la más conmovedora de sus técnicas: una franca carcajada y un "¡ay, me ensucié!" con el que quiere convencer a la mamá de que en realidad no pasa nada.

Y la verdad es que no pasa. En la cocina se dan cita los arquetipos de la madre (ante sus propios ojos: experta, educadora, responsable, avezada, omnisciente, omnipotente, ¡omnipresente!; y ante los ojos de su cría: maestra, heroína, proveedora, amorosa) y de la hija (ante los ojos de la madre: inexperta, novata, silvestre, lienzo en blanco; y ante sus propios ojos: ávida de sensaciones, sedienta de juegos, insaciable de nuevos conocimientos, huidiza de normas cuando se trata de diversión). En la cocina brotan los personajes con sus respectivas actitudes, pero así como en este escenario, se escriben las mismas escenas en otros sets de la casa o de la calle. De las relaciones que dan tema para varios libros, sin duda está la de las madres con sus hijas. ¿Cómo reconciliamos a las dos actrices? Creo que la respuesta está en la niña y no en la adulta, porque la respuesta está siempre en lo más natural. La hija es natural y honestamente ella. La madre se esfuerza mucho por cumplir con su papel. ¿Y si nos quitamos un poco de "madres" y nos vemos más con los ojos de nuestras hijas? Quizá (o sin duda) la magia sería todavía más espectacular.

MANDIL "PRIDE"

100% algodón

secador incluído en la costura

 

MANDIL "MITTENS"

100% algodón

una bolsa frontal

 

MANDIL "TITA"

100% algodón

dos bolsas frontales