SOLTAR A LOS HIJOS
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Hoy hice avena para desayunar. Matías dice apenas unas diez palabras pero se da a entender perfectamente como cualquier bebé de su edad, y hoy me comunicó muy seriamente su intención de comer solo su avena con la cuchara. El tenedor es algo que domina desde hace mucho, así que seguramente no le provoca ya ninguna diversión. La cuchara, en cambio, es para él la reina de la mesa desde hace semanas en las que intenta domarla y consigue tirar más al piso que lo que verdaderamente come.

Le di su plato de avena y su cuchara y me fui a lavar los trastes mientras lo veía de reojo y me sorprendía de lo que ha pulido su habilidad. Por su puesto que se embarra todo pero ya come perfectamente con el cubierto. Al terminar me pidió más y no supe si fue porque se quedó con hambre de alimento o de esta danza entre las manos, la cuchara y su boca de la que seguramente se sintió muy orgulloso de al fin poder liderar. Porque así se sienten los niños cuando consiguen hacer algo nuevo por ellos mismos, tal y como nos sentimos los adultos en la misma situación: repletos de poder.

¿Entonces por qué no los dejamos? ¿Por qué nos cuesta trabajo soltar a los hijos? De bebés para que coman solos y de mayores para irse a otra ciudad a estudiar. O para que se vaya de campamento, para que se lave mal el cabello, para que se ponga de novia con ese chico que le gusta, para que aprenda a manejar un carro, para que se embarre de tierra en el parque y, quién sabe, coma un poquito también. Nos cuesta trabajo porque los hijos se ensucian, se caen, les rompen el corazón, se golpean, se exponen a peligros… y eso nos aterra.

Cargamos con un saco de temores que no son de ellos sino sólo nuestros, pero con ellos terminamos por atemorizarlos también. Recuerdo que cuando Emma tenía unos cuatro o cinco años y David empezó a viajar mucho por su trabajo, ella ya dormía en su habitación pero yo la invitaba a dormir conmigo porque me daba miedo dormir sola y que ella estuviera solita en su cama también me inquietaba. Claro que ella se venía conmigo muy feliz e incluso me decía que ella no quería estar sola, pero muy dentro yo sabía que ese temor era mío y no de ella y que tenía que superarlo si quería demostrarle que no pasa nada con pasar la noche en nuestra propia cama.

Dormir juntos no tiene nada de malo, en mi casa lo hacemos muy seguido, con eso de que Matías no duerme de corrido todavía. Lo que quiero decir es que hay ocasiones en que no queremos “exponer” a los hijos a experiencias nuevas o de cierta dificultad para ellos porque tememos que algo salga mal, y puede ser que ellos sí deseen hacerlo y luchen por cumplir su voluntad, pero a veces, cuando ese miedo es más inconsciente y está enterrado en nuestra sombra porque no lo hemos reconocido aún, puede ser que nuestros hijos lo manifiesten y nosotros no entendamos por qué.

Cuando Emma era pequeña y la dejaba encargada para tomar mis clases de un diplomado que estudié en Monterrey siempre se quedaba llorando y pidiéndome que no me fuera. Eso me dejaba muy intranquila y era una situación que por su puesto no me gustaba para nada. Al regresar a casa, la chica que la cuidaba me decía siempre que en cuanto cerraba la puerta Emma se quedaba muy contenta y no volvía a llorar. Pronto entendí que el miedo era mío, que era yo quien no quería irse de casa y dejarla con alguien más y proyectaba ese temor en ella.

Soltar a los hijos requiere de valor. Puede ser que no permitamos que avancen en su desarrollo natural porque hay algo que no nos gusta, porque creemos que no lo harán bien y que nosotros lo hacemos mejor, porque nos estorban los complejos o prejuicios… pero siempre hay un miedo de raíz y es de mucha utilidad dar con él. Dejar que se caigan y se levanten, que les salga una caries por lavarse mal los dientes o tengan que limpiar el piso porque se les cayó la jarra de limonada al servirse, requiere de confianza pero también de mucha empatía. De recordar que a ellos, como a nosotros, también les gusta explorar, conocer sus límites y subirle dos rayitas a la autoestima cuando consiguen algo por lo que han luchado, sin la ayuda de alguien más.

Además de preparar la avena para desayunar, también navegué un rato por Facebook y me topé con esta frase de Baal Shem Tov: “Déjame caer si lo necesito. La persona en que me convertiré va a sujetarme”. Los hijos tienen su propio camino, muy diferente del nuestro. Dejemos que se den cuenta de lo que son (y somos) capaces. Nos podemos llevar sorpresas muy agradables.

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