Regreso a la Tierra

Conectarme con la Tierra fue una de las encomiendas que me traje en la gran (segunda) mudanza de mi vida, de Monterrey a Tecate, en el 2011. Y como muchas de las tareas que nos pide el alma, la fui postergando o palomeando a cuenta gotas, hasta que me vine a vivir en medio del campo y ya no hubo chanza de procrastinar.

Antes de empacar quince años de mi vida en Nuevo León, fui a visitar a un chavo que me contaron que leía las energías y que podía orientarme en las ciento cincuenta mil dudas que tenía acerca de nuestra partida. Me dijo muchas cosas, algunas reveladoras y otras no tanto, pero una que se me quedó guardada en la memoria fue que mi ser tenía la necesidad de estar más en contacto con la naturaleza para crecer y desarrollarse al máximo. Vete a la montaña, me dijo, visita más seguido la playa, trabaja en un jardín o pon más flores en la mesa de tu casa. Qué lindo suena, dije yo, hija del ardentísimo asfalto mexicalense y del desierto algodonero en donde los chiquillos jugábamos en las calles sólo por las tardes para que no nos quemara el sol y los contados parques públicos no eran más que llanos con un par de columpios oxidados por las inclemencias del tiempo.

Y no sé muy bien si fue porque mis padres no eran tampoco muy afectos al convivio con la naturaleza, pero no recuerdo haber hecho muchos viajes al campo y en mi casa no había nada vivo más que una bugambilia y un hermoso yucateco que mi madre salía a regar todas las tardes mientras charlaba con las vecinas y que aún hoy se yergue orgulloso en el porche de la casa natal que ahora es de mi hermana. Nunca me gustaron mucho las expediciones para acampar, fui siempre muy miedosa de los bichos venenosos y animales silvestres y no perdono mi baño diario con agüita caliente. Crecí citadina pues. Y así como la mudanza a los 20 a Monterrey me expandió el mundo, la que hicimos a Tecate a mis 34 me invitó a volver al centro.

No me refiero a encerrarme sino todo lo contrario: a encontrar aquello que es realmente importante en la vida, al menos para la mía. Aquel momento que escuché el consejo de vivir más en contacto con la naturaleza no lo comprendí muy bien y ahora, cinco años después y más experiencias en el bolsillo gracias al amor de David y Emma por la tierra, los árboles, el mar y las actividades al exterior, me ha caído el veinte de que he vivido siempre con una inclinación a vivir entre cuatro paredes por un temor a salir al mundo. Los muros me brindan seguridad y contención, me dejan sentir una especie de control porque todo está dispuesto (clima, orden, vista) justo como yo lo decido y vivir en ellos me hace sentir en mi refugio. Afuera todo puede pasar y lo inesperado me ponía los nervios de punta. Me di cuenta también que quizá era por eso que no me gustaba mucho viajar, sobre todo a lugares nuevos, porque todo lo que implique incertidumbre me instalaba en un estado de alerta que me impedía disfrutar.

No creo que esté mal preferir estar bajo un techo que al exterior, pero sí creo que es limitante y que nos perdemos de un mundo que el concreto no nos puede brindar, que es a final de cuentas el mundo al que realmente pertenece nuestra especie. No hay más que ver a los niños que son mucho más felices en el agua, el lodo o el pasto que en una alberca de pelotas de plástico. Y los niños saben mejor que nosotros que ya hemos ido recogiendo prejuicios y temores en el camino hacia la adultez. Al menos eso es de las cosas que más agradezco a mis maestrhijos: su amor por la tierra y la vida natural, porque ese cariño es el que me ha invitado a soltar la creencia de que a mí no me gusta pasar mucho tiempo en el exterior y me ha sensibilizado ante las bondades de conectarme con el sol, el mar, los árboles, la luna y las estrellas.

Convivir con la naturaleza te recuerda quién eres y de dónde vienes, y esa sensación es la que tiene el poder de enjuagar en el alma todo aquello que no le es propio y que le estorba para avanzar. Respirar aire puro te centra, te devuelve la virtud de pensar con claridad y te libera de equipajes obsoletos. Tenemos casi dos meses viviendo en un departamento en el campo y todo esto es el regalo más grande que he recibido cuando salgo a caminar por las mañanas o cuando en las noches no se escucha absolutamente nada más que el cri-cri de los grillos. Mi chamán tenía razón, me hacía falta esta conexión y ahora entiendo por qué la vida me trajo a este lugar, donde además hemos tenido que dejar atrás (literalmente) muchas cosas que no era posible traer aquí porque simplemente no cabían. Como cuando para subir el siguiente escalón hay que soltar primero lo que ya no sirve. Pero eso es tema para otro post.

Sigo teniéndole su respeto a los bichos y me estoy preparando psicológicamente para que cuando se llegue en serio el calor y salgan a pasear las víboras, tarántulas y ciempies no me tomen tan desprevenida. Pero que el cerro Cuchumá sea lo primero que vea al despertar, que mis hijos exploren con libertad en el campo y jueguen en la “calle” adoquinada por donde jamás pasa un carro, que escribiendo estas líneas admire por la ventana un par de caballos y vacas pastando a lo lejos y que el verde y el marrón sean infinitos hasta donde alcanza mi vista me inyectan el deseo de, por primera vez en mi vida, vivir más afuera que adentro.

Gracias siempre por leer.

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