Quilting en Rancho Alpino
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Hay muchas cosas que agradezco de que nos hayamos mudado a Baja California hace ya casi tres años, y una de ellas es sin duda formar parte de un grupo de mujeres que están apasionadas como yo por la costura. Contar con un clan en el que te sientes como pez en el agua a la hora de hacer lo que más te gusta es verdaderamente reconfortante. Así que hoy que pisé de nuevo el Rancho Alpino, donde vive Fressia y donde aprendí el arte del quilting cuando llegué a Tecate, volví a nadar a mis anchas.

La propiedad donde vive Fressia es un verdadero cuento de hadas, con su huerto enorme de árboles frutales, su casa al fondo y más abajo una pequeña y acogedora cabaña donde tiene todo lo que necesita para coser, bordar o tejer sus maravillas, además de una cocina hermosa donde prepara unas mermeladas como hechas por los dioses con la misma fruta que cosecha de su huerto, de las que por cierto hoy me traje una de frambuesa con chipotle.

Zella, Vivianne, Doris, Lilly, Bertha y yo nos dimos cita en el rancho desde temprano para trabajar cada una en un proyecto diferente de quilting y Fressia estuvo todo el tiempo apoyándonos y resolviendo dudas. Yo cumplí un sueño que hace mucho tenía: aprender la técnica del acolchado libre a máquina. Me llevé una colchita que acabo de terminar y Fressia me prestó su Bernina (la reina de las máquinas de coser) para trabajar por primera vez el "free motion quilting", que consiste en dibujar con el hilo en la tela las figuras que se te ocurran, con total libertad de movimiento.

Hasta ahora yo había trabajado sólo las líneas rectas para acolchar, pero esta experiencia de verdad que fue súper inspiradora y ya quiero correr a comprarme el prensatelas especial para esta técnica (se llama darning foot) y acolchar y acolchar y acolchar todos esos patrones hermosos que he visto en las cuiltas de gente más experimentada. El resultado que logré en mi colchita me gustó mucho, pero como me dijo Fressia, se necesita muchísima práctica... es como aprender a escribir, hay que soltar la mano para que la caligrafía salga más fina, y en el caso de la máquina aprender el arte de combinar una buena velocidad tanto en el pedal como en el movimiento de la tela.

Y bueno, como en todas las ocasiones en las que tengo la suerte de pasar el día con este grupo de mujeres fenomenales, no puede faltar la buena comida y la buena plática. Todas llevamos algo para compartir y a la hora de la comida intercambiamos recetas porque todo siempre está para chuparse los dedos. Zella llevó una lasaña con champiñones, alcachofas y aceitunas; Bertha unos bollitos con salmón ahumado, queso crema y pepino; Vivianne unos kales salteados y unos vegetales asados con aceite de oliva y tomillo, Doris una ensalada de garbanzos y yo una crema de calabaza butternut. Fressia preparó en el momento un té de menta y una ensalada verde y nuestra mesa quedó lista para el convivio y el placer culinario.

Luego seguimos cada una con su trabajo, aconsejándonos en todo y felicitándonos por los avances. Antes de que se metiera el sol terminé mi colchita y me despedí de todas para regresar a casa. En la carretera de regreso, con los cerros verdísimos por las últimas lluvias, recordé otra vez la convicción de que estoy en el mejor lugar del mundo en el que puedo estar en este momento de mi vida. Y eso nunca me cansaré de agradecerlo.

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