¿Qué llama más? (y galletas de avena)

¿Quién no ha escuchado la famosa expresión: "la sangre llama"? Hace unos días fui a donar sangre por primera vez en mi vida y honestamente sí estaba nerviosa, sobre todo porque hace mucho tiempo que no me hago un chequeo y no sabía si podría ser candidata para donación o no. Martha, la esposa de mi papá, se someterá a una cirugía en un par de semanas y le pidieron que llevara a dos donadores, sin importar su tipo de sangre, pues aunque no fueran directamente para ella, en caso de emergencia el hospital siempre debe contar con reservas para cualquier paciente. A las cinco y media de la mañana pasó la hermana de Martha (Mary) por mí y por David porque teníamos que estar en Tijuana antes de las siete, y en el carro íbamos Martha y los posibles siete donadores (había que llevar varios por si alguno no era candidato). En el camino, no sé si por la hora indecente o porque la indecencia era nuestra, pero fuimos atacándonos de la risa de la situación.

David: "Yo sabía que tarde o temprano llegaría la factura de tanto desayuno, comida y cena que me invitabas"

Papá al volante con voz solemne: "Quisiera agradecerles en nombre de mi esposa este detalle tan generoso…"

Martha: "Espérate Fer, vamos a agradecer a quien de verdad done la sangre"

Mary: "A ver Martha, ¿a dónde nos vas a llevar a desayunar?"

Elsa: "No te hagas Mary, tú ya desayunaste antes de venirte"

Mary: "Ay, nomás un yogurcito, una frutita y un tecito"

Martha: "Ándale, cuando te pregunte el doctor así le dices: nomás un yogurcito"

Elsa: "No le digas todo lo que le echaste encima al yogurcito"

Papá con voz solemne: "Quisiera agradecerles en nombre de mi esposa este detalle tan generoso…"

Mary: "Martha, tú me dijiste que nomás dos horas de ayuno y yo me comí eso a las tres de la mañana"

David: "A nosotros nos tienen ayunando desde ayer a las seis de la tarde, ahora entiendo por qué nos llevaste al Buca"

Fer: "Bueno, ¿a dónde vamos a ir a desayunar?"

Martha: "El desayuno gratis es para el que done, los demás pagan"

Marcela: "Yo, a taco el litro de sangre"

Papá con voz solemne: "Quisiera agradecerles en nombre de mi esposa este detalle tan generoso…"

Mary: "Ay Martha, ya ves cómo no hay comunicación entre nosotras, tú no me dijiste que tenían que ser diez horas de ayuno"

Elsa: "Mary, al cabo que nomás fue un yogurcito"

Martha: "A ver, váyanse poniendo de acuerdo en el rol de las visitas cuando esté encamada, el pase de entrada será un tuper con el desayuno, la comida o la cena"

Mary: "Ay Martha, así nos dijiste cuando el Fer tuvo influenza y luego mi padrino dijo que no podía entrar nadie a tu casa, que estaban en cuarentena"

Martha: "María, bien que me podías haber dejado la comida en la puerta y haberte ido a tu casa, eso no era excusa"

Papá con voz solemne: "Yo sí les quiero agradecer en nombre de mi esposa este detalle tan generoso…"

Total que nadie le dijo a mi papá "De nada", quizá porque todos sabíamos que no había nada que agradecer. No era un favor lo que estábamos haciendo, sino simplemente lo que tenía que hacerse. Desde que llegamos a Tecate he sido testigo de los lazos de solidaridad que unen al grupo de familiares y amigos de Martha y mi papá. Todos los días hay desayuno, comida o cena en casa de alguien para todos, y en cuanto llegamos nosotros, se agregaron tres sillas en la mesa de todas las casas. Cuando tuvimos que mudarnos por segunda vez a los tres meses de haber llegado, una mano trajo el camión, otra puso una bodega y otra una lista de teléfonos de casas en renta. Mi papá estuvo en el hospital en febrero y por la sala de espera no dejaron de desfilar sus amigos para ver qué se nos ofrecía. Martha no ha dejado de cuidar convalecientes en su casa desde que empezó el 2012: mi hermano por una cirugía de nariz, su hermano por una descalabrada en un bar, mi papá por un espasmo cerebrovascular.

Es curioso que decidimos venirnos a vivir a Tecate para estar cerca de la familia y sí, hemos encontrado las mieles de lo que es tener a la gente de la misma sangre en la ciudad o en los alrededores: Tijuana, Mexicali y Hermosillo; aunque estando aquí me he dado cuenta de la familia que también teníamos en Monterrey, conformada por toda la gente que no era de nuestra sangre, pero sí de nuestro mismo clan y que extraño muchísimo. Es cierto que la sangre llama, pero más fuertes que la sangre, están los lazos del alma. La sangre va y viene en los bancos y los hospitales y corre por las venas de una persona un día y de otra al día siguiente. Lo que permanece es otra cosa más fuerte que la estirpe.

Al final de cuentas, Mary y yo fuimos las candidatas para la donación. Yo me sentí aliviada de que mi sangre esté en buenas condiciones, y a Mary le entró un nervio que le soltó la boca y no paró de hablar y preguntar cosas a los doctores hasta que salimos de ahí. Entramos juntas al "Área de sangrado" y al verla ahí, como una merolica por los nervios, pero abriendo y cerrando el puño para llenar su bolsita, entendí que no llama tanto la sangre como la fraternidad.

Esta semana agradezco que mi suegra, mi cuñada y mis sobrinas vinieron desde Sonora para estar juntos. Emma y yo hicimos galletas de avena para recibirlas y mi hija me pidió que hiciéramos muchas para que alcanzaran para todos. Reunirnos ante una mesa con comida para compartir se está volviendo uno de mis vicios. Si hay que hacer mucha comida, quiere decir que hay familia, y si es de sangre o no, es lo de menos.

 

RECETA GALLETAS DE AVENA

2 tazas de avena, 1 1/2 tazas de harina integral, 1/2 taza de pasas, 1/2 taza de chispas de cacao (o de cacahuates), 1 taza de azúcar mascabado, 1 1/2 cucharaditas de canela, 1/2 cucharadita de polvo para hornear, pizca de sal, 1 huevo, 3/4 taza de aceite de girasol, 1/2 taza de leche

Precalentar el horno a 180 grados centígrados. Mezclar todos los ingredientes secos. Agregar el huevo ligeramente batido, el aceite y la leche y mezclar bien hasta lograr una masa firme. Si es necesario, agregar más leche o más harina, pero la masa debe quedar muy firme, que al levantar una cucharada de masa no se caiga fácilmente. En una charola previamente engrasada, colocar la masa en bolitas del tamaño que quieras tus galletas, pero no olvides dejar un buen espacio entre una y otra para que no se peguen. Al final puedes decorarlas con almendras fileteadas. Hornear hasta que estén doraditas, aproximadamente unos 20 minutos.