MY PUMPKIN CUMPLE 7

Dicen que los hijos son como maestros, y además de Emma y Matías, me atrevo a decir que My Pumpkin es un hijito más al que le he prodigado tantos mimos y cuidados que se ha convertido en una verdadera fuente de satisfacciones, aunque también de retos y aprendizajes. Hace siete años que posteé mi primer entrada en este blog para platicar sobre mi proyecto de hacer bolsas y delantales, escribir sobre ello y mostrar mi trabajo para quien quisiera comprarlo, y han pasado tantas cosas desde entonces, que al verlo en retrospectiva no puedo más que sentirme agradecida. ¿Les cuento la historia? 

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Mucha gente que quiere empezar un negocio propio me pregunta qué hay que hacer para tener éxito y en honor a la verdad es que My Pumpkin no empezó como una empresa, siempre lo he dicho, sino como un área de juegos que me inventé cuando me convertí en mamá y me di cuenta de que necesitaba algo que sintiera mío y en lo que pudiera realizarme más allá de mis roles de mamá y esposa. Siempre he sido creativa y sabía que tenía que ser algo relacionado con la creatividad, así que cuando me encontré aquel libro para hacer tus propias bolsas quedé enganchada de las posibilidades infinitas para crear con diferentes patrones de algodón. Con la necesidad de mostrar mi trabajo nació el blog y con éste me di cuenta de que podía explorar también en mi pasión por la escritura. 

Al principio todo el dinero que ganaba con las ventas era para comprar más tela y libros para seguir aprendiendo, pues desde que empecé he sido muy autodidacta. Es decir, de utilidades y todos estos terminajos empresariales no me preocupé jamás porque yo era feliz haciendo lo que más me gustaba: crear algo bello, ya fuera con tela, con textos o con imágenes. Muy pronto empecé a conectar de forma virtual con gente que tenía la confianza de contarme sus propias historias a raíz de haber leído las mías, con las que siempre acompaño un nuevo producto, y eso fue y es todavía lo que más me gusta de lo que hago: que los objetos que creo no son sólo utilitarios, sino que además están cargados de una energía que comunica y que es capaz de unir a dos personas completamente desconocidas. 

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My Pumpkin ha pasado por tres hitos importantes en sus siete años. El primero fue en su primer año de vida, cuando nos mudamos de Monterrey a Tecate y tuvo su primer gran crecimiento porque yo encontré en la costura el sosiego para la nostalgia. Fue entonces cuando la producción aumentó y empecé a familiarizarme con conceptos como paquetería, facturas, envíos, redes sociales y, ajá, por fin algo de utilidades. Y el siguiente punto de quiebre fue cuando nació mi hijo Matías, hace tres años. Y digo de quiebre porque por mi mente sí danzó la posibilidad de ponerle pausa al proyecto para dedicarme exclusivamente a la crianza de mi bebé. 

En ese entonces había muchísima gente que me escribía para decirme que se había quedado con ganas de una bolsa, de un delantal o de un set de cosmetiqueras, pues mis colecciones eran tan pequeñas que no alcanzaban para satisfacer la demanda. Sólo había de dos sopas: o ponía una pausa o le pedía ayuda a alguien más para incrementar el ritmo de producción. Mi postura de mamá gallina me impedía optar por la segunda pues yo no imaginaba que otra persona pudiera imprimirle la misma pasión a lo que yo amaba. Sin embargo, la primera sopa me sabía aún más amarga, así que pedí ayuda y me di cuenta de que mi pasión no era sentarme frente a la máquina, sino crear, llevar una idea a la realidad, y que contar con el apoyo de alguien más no me hacía menos creadora, sino que me daba la oportunidad de llegar a más gente y que mi proyecto creciera. Hasta ese momento fue cuando empecé a ver a My Pumpkin como un negocio.

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Quien viva de lo que ama me entenderá cuando digo que no es nadita fácil. Y lo digo porque en el mundo instagramero corremos el riesgo de que la gente piense que nuestro trabajo es un paraíso y que todo es miel sobre hojuelas porque, claro, hacemos lo que nos gusta y además nos pagan por ello. Y no voy a negar que tiene un porcentaje de verdad, pero hay que decir que también está esta otra parte de quebrarnos la cabeza para ponerle precio a lo que hacemos con nuestras manos, de ofrecerlo una y otra vez en uno y otro canal de venta, de lidiar con paqueterías que no entregan a tiempo, de sacar cuentas y diseñar campañas en Facebook cuando lo que queremos estar haciendo es crear algo nuevo, de recibir comentarios constructivos pero también otros que no lo son tanto y, sobre todas las cosas, de darnos cuenta de que aunque lo único que queramos es jugar, también hay que hacer la tarea. 

Una vez me dijo David que si convertía mi pasión en una fuente de ingreso corría el riesgo de perder mi amor por ella a causa del estrés que provoca mantener un negocio vivo. Y después de haber dado el salto le concedí razón. Es cierto que cuando My Pumpkin nació todo era más libre y sin compromiso y eso quizá me permitía disfrutarlo de otra forma, pero con el tiempo me he dado cuenta de que crecer a veces duele y es completamente sano y normal transitar por esas piedras en el zapato. Me ha costado mucho trabajo adaptarme al nuevo esquema donde no sólo soy creativa sino que además soy empresaria pero tengo muy claro que sí deseo que mi hijo crezca y levante el vuelo. Así que cuando pierdo el rumbo o me pongo nerviosa con los números me dedico a escribir más, a dibujar más, a estampar tela todo el día… a tener bien satisfecha mi hambre de creatividad.  

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Rentar un espacio propio y tener a una colaboradora de planta ha sido el tercer hito en la vida de My Pumpkin, uno que si quiero puedo ver como fuente de estrés por representar más costos fijos pero que me sorprendo más agradeciendo por la oportunidad que me brinda de equilibrar mis roles de ama de casa y profesional. Desde que tengo mi propio taller estoy más enfocada en mi trabajo por las mañanas y por las tardes estoy más presente para mis hijos y mi pareja. Trabajar desde casa tenía algunas ventajas, pero siempre viví en una nebulosa donde todo estaba mezclado y no podía separar una cosa de la otra.    

Así que, ¿cómo le hace uno para vivir de lo que ama? A mí todavía me falta muchísimo por aprender, pero hay algo que sí tengo claro. Por más atención que ponga en la publicidad, las ventas, las finanzas, los proveedores, los gastos o todo esto que es muy nuevo para mí, no quiero perder de vista nunca mi “POR QUÉ”. ¿Por qué creo productos de tela y los mezclo con historias en un blog? Por que amo comunicar a través de la escritura pero también a través de las formas y los colores de un objeto que puede acompañarte siempre y recordarte que es posible vivir una vida inspirada. Si una fotógrafa me escribe para decirme que mi strap representa para ella el vuelo de sus hijos y el regreso a su pasión por la imagen, o una hija para contarme que su mamá lloró de emoción al encontrar uno de mis mandiles en su regalo de cumpleaños, o una mujer que perdió un hijo que mi colcha simboliza la confianza en que es posible ser madre otra vez, entonces sé que mi trabajo está rindiendo frutos.  

Aún estoy acomodándome en el inicio de la segunda infancia de My Pumpkin, en la que tengo muchos planes para darle alas aunque también me detengo por miedos que no he logrado sacudirme. Pero de eso se trata la vida, ¿no? De ir soltando poco a poco y sorprendiéndonos con el resultado. Y de caernos y coleccionar aprendizajes con cada caída. Hoy que cumple siete años, le prometo a este hijo mío seguir creciendo para que crezca él también, porque no hay otra forma de ver volar a quienes amas más que emprendiendo el propio vuelo. 

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