MOCHILAS "DESTINO"

Cuando era pequeña me dijeron una vez que Dios tenía un libro en cuya portada se leía el nombre de cada ser humano viviendo en este plano y en sus páginas la historia que protagonizaríamos a lo largo de nuestra vida. Cada acierto, cada caída, cada éxito, cada viaje, cada amor. Luego de imaginar con asombro lo que sería la infinita biblioteca divina para albergar los millones de volúmenes y aquella enorme pluma celestial con la que Dios escribía cada uno de nuestros episodios, me creí todo el cuento como buena chiquilla de diez años. 

De hecho me parecía sumamente romántico que mi vida estuviera narrada previamente en un ejemplar de (esperaba) miles y miles de páginas y fue en ese momento que me enfrenté por primera vez con el concepto “destino”. Escrito, marcado, indeleble. Confiar en que una fuerza sobrehumana guiaba mis pasos por este mundo me generaba cierta sensación de seguridad en una edad tan tierna… pero también de apresamiento apenas alcancé la adolescencia y conocí de cerca la enfermedad y la muerte. ¿Entonces no hay nada qué hacer? ¿Ninguna libertad para decidir? Sí, decidir cómo te tomas lo que está escrito en tu libro, me dijeron. ¿Y para escribir yo misma? ¿Qué pasó con aquello del libre albedrío? 

Durante muchos años esta suerte de autobiografía impuesta me provocó ideas encontradas. Es cierto que me brindaba una especie de confort, pero confieso que también sentó las bases para mi ansiedad por decidir siempre lo correcto. Mi necedad de darle ochenta mil vueltas a un mismo asunto para tomar la “mejor” decisión creo que tiene mucho que ver con esta sensación de que si me equivoco en un paso entonces echaré a perder todo el camino. Me desviaré de la meta y terminaré por entorpecer mi destino. Así de radical me las gasto a veces. Pero con el paso de los años y mi (incipiente) madurez procuro poner cada día más atención en esas comillas en el “mejor”, porque con cada experiencia entiendo que no hay nada más subjetivo en esta vida que tal concepto. Que no hay solamente blancos y negros, sino que existe un millón de grises en medio de ambos extremos. 

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En otra ocasión, ya en mis treintas, me dijo un chavo que lee tu energía y unas cartas con hermosos ángeles en una de sus caras, que hay ciertos sucesos en tu vida por los que sí deberás transitar “no matter what”, como tu profesión, en dónde vas a vivir, las parejas y los hijos que vas a tener, etcétera, y que en el espacio entre uno y otro es donde está el famoso libre albedrío. Me gustó más esta versión. Si me propongo enlistar esos hitos en mi historia que han marcado de alguna manera mi rumbo, creo que sería la muerte de mi madre a mis catorce, mi mudanza a Monterrey para estudiar, mi matrimonio con David, mis dos hijos y mi mudanza a Tecate. Salvo el primero, todos ellos han sido decisiones propias pero curiosamente, aunque han sido las más importantes, también han sido en las que he conseguido guiarme más por las tripas que por la razón. 

Quizá lo que me dijo aquel chamán regiomontano sea cierto y entonces todos esos nuevos capítulos que se abrieron en mi historia no hayan sido más que intervención divina. Que me hiciera para donde me hiciera, terminaría viviendo donde vivo acompañada por los seres que conforman mi familia. Pero también creo que es cierto que todos los días decido estar aquí y que tengo en mi alma la fuerza para ver este sitio como el mejor para mí. Todos los días decido nutrir mi relación con David porque si me quedo con la idea de que estamos destinados el uno al otro podría dormirme fácilmente en mis laureles. Todos los días decido amar y cuidar a mis hijos lo mejor que puedo y todos los días decido que Tecate me brinda lo que necesito en este periodo de mi vida. Todos los días decido levantarme de la cama y hacer lo que me apasiona y, lo más importante: todos los días (o la gran mayoría) me enfrento a mis demonios y decido adormecerlos para dar los pasos que mi ser me pide para crecer. 

Y sí, todos los días decido darle luz a la sombría experiencia que fue para mí la muerte de mi madre con la certeza de que su alma sigue conmigo y que a mis catorce sentí lo que tenía capacidad de sentir en ese momento, pero que ahora a mis cuarenta puedo entender que nuestro viaje juntas fue también, como todo, una página amorosa.      

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Me gusta creer que hay una fuerza más grande que yo que orienta mis pasos, sí me gusta. Y me gusta creer también que todos venimos a este mundo a ser felices, a pasarla bien y a conocer las formas más puras de amor, pero que la forma de cumplir esta misión en cada uno está determinada por diferentes experiencias. Algunas dolorosas y otras placenteras, pero al final con la misma intención de hacernos recordar que somos amor y no miedo y de ser instrumento para que los demás recuerden también. Pero también me gusta pensar que soy yo quien escribo, que con mis decisiones y actitudes voy arrastrando la pluma y definiendo el tono de la novela. Que soy yo quien recurre a las metáforas para aderezar mi estilo literario y enriquecer mis experiencias y que puedo dar vuelta a la página cuando siento que ésta ha llegado a su final.   

Todos hemos venido aquí con una mochila repleta de anhelos. Vamos caminando con ella a cuestas de aquí para allá, sintiéndonos afortunados en ocasiones y tremendamente miserables en otras. El libre albedrío es, finalmente, quedarnos ciegos con los sueños en la espalda o bien romper con los fantasmas que nos impiden abrir ese bolso para vivir la vida a la que estamos llamados, que poco tiene que ver con un determinado oficio y mucho con nuestra capacidad creadora y condición de alquimistas para transformar cada historia en una oportunidad de conectar con nuestro espíritu.  



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