Nunca fui de mochilazo a Europa. Aunque si tomamos en cuenta el raquítico presupuesto cuando fui, podríamos decir que sólo me faltó dormir en un hostal para completar el cuadro de la típica veinteañera mochilera. De los viajes de raite, una sola comida fuerte al día, caminatas interminables, baños compartidos de vez en cuando y algunos museos disfrutados sólo desde afuera nadie va a venir a contarme, porque esos sí los incluí en la feliz postal. Para mí, la mochila es sinónimo de aventura, y aunque yo misma traje una colgada al hombro hasta muy entrados los treinta, podrán pensar de mí lo que sea, menos que soy exploradora. Soy un animal rutinario, me gusta saber lo que va a pasar en las próximas dos horas y, de ser posible, lo que va a pasar mañana y la semana que entra. Quizá sea por eso que viajar me guste pero no sea precisamente uno de mis grandes placeres, o que me fascine ir siempre al mismo restaurante para comer lo que me gusta, rentar una película que adoro aunque ya la haya visto cinco veces, escuchar las mismas canciones cuando quiero inspirarme o pedir el mismo sabor de raspado todo el verano (cajeta con leche).

Romper la rutina para mí es romper con mis principios. Me apanico. O bueno, seamos honestos y digamos que antes me apanicaba, hoy puedo decir que me da algo de nervio. Como todo en esta vida, he tenido que aprender a soltar la agenda y el reloj (a estos literalmente tengo años de no usarlos). Lo que no he soltado del todo, aunque todos los días lo intento, es la manía por imaginar que tengo alguna especie de control de lo que sucederá a continuación. Nada más absurdo, I know.

Y nada más irónico también, porque cuando me he logrado escapar del orden del día no he tenido más que satisfacciones. La espontaneidad trae envuelto de frescura el regalo de la transformación. Si quieres sentirte exactamente igual que como te sientes ahora, entonces has exactamente lo mismo que has hecho hasta ahora. Pero si quieres atestiguar la espectacular alquimia que borbotea en el alma cuando un estado de ánimo se transforma en uno que trae consigo más paz, haz algo nuevo. Es un hecho: no vuelves a ser el mismo. En mi caso (y enlisto porque así me lo prometo): súbete a ese globo aerostático, deja a tu hija encargada una semana para irte de viaje con tu esposo, levántate junto con el sol, haz más ejercicio, decídete a usar el skype, aprende a nadar, compra un boleto para viajar en crucero (al Deivid le dará mucho gusto leer este post). Ok, lo dejamos en siete porque siete es un número cabalístico y porque si le sigo, me entra aquel nervio del que ya platiqué.

Luego de un año de vivir aquí, entiendo que además de muchas otras cosas, la vida me trajo a Baja California para aprender a sacudirme el temor a la espontaneidad. Aquí yo, animal rutinario, me he inventado una buena lista de costumbres, pero el aire de esta tierra parece que se burla de mis planes. Con tanto que saborear a los alrededores yo casi casi que, al más puro estilo de Dora la exploradora, saco mi mapa y me sale lo bilingüe. Así que ahora que lo pienso, ya no tengo los veinte años pero le tengo menos respeto a los hábitos que cuando los tenía. Ya no tengo los veinte pero quiero rescatar a la mochilera que hay en mí. Ups, la octava promesa en la lista.

 

MOCHILA 2 EN 1 "DORA" (puedes colgarla como mochila o como bolsa)

100% algodón

13 x 15 x 6.5 pulgadas

una bolsa interior con ziper y dos bolsas exteriores

botones metálicos con imán

correa ajustable

SUBASTA CERRADA. MOCHILA VENDIDA A LUPITA CAMPOS

 

PUEDES USAR A "DORA" COLGADA COMO MOCHILA...

 

O TAMBIÉN COMO BOLSA, GRACIAS A SU CORREA AJUSTABLE =)