Mi encuentro con lo divino
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I

Yo fui de esas mujeres que en sus veinte llegó a decir que no quería tener hijos. Y cuando llegó un hombre al que se le antojó compartir su vida conmigo a preguntarme cuál era la razón, no supe qué contestarle. ¿Porque son mucha responsabilidad (económica y moral)? ¿Porque el mundo ya está muy poblado? ¿Porque hay ochenta mil cosas que quiero hacer con mi vida en lugar de quedarme en casa a cuidar niños? Con la cara del hombre después de escuchar cada uno de mis valiosísimos fundamentos, una especie de mezcla entre incomprensión y compasión ante lo absurdo, como si yo le estuviera explicando que en realidad la Tierra no es redonda sino cuadrada, se me fueron acabando las excusas.

- Ok, la verdad es que me da miedo.

- ¿Y qué es lo que te da miedo?

- No sé, simplemente me da.

- Entonces hay que pensar bien si vamos a poder estar juntos, porque yo sí quiero tener hijos. Uno o veinte, ahora o en treinta años, pero sí quiero ser padre.

Ajá, tenía que pensármelo muy bien. La cosa es que una cuando está enamorada (¡gracias!) siente más de lo que piensa, así que no tardé en decirle que yo quería estar con él toda mi vida y que si en el camino había que invitar a uno o dos retoños, pues que órale, nomás que me esperara tantito, porque está bien que una esté consciente de que sus miedos son irracionales, pero pues que tampoco tiene una la varita mágica para hacerlos desaparecer de un día para otro. El hombre estuvo de acuerdo y nos casamos… y nunca en su vida me preguntó si yo ya estaba lista para encargar un bebé, hasta que tres años después yo le dije que sentía el deseo de ser mamá.

No voy a explicar cómo llegó a mí ese deseo ni cómo le hice para que el miedo desapareciera, porque honestamente no lo sé. Lo que imagino es que el instinto materno fue más fuerte que mis temores enquistados en la infancia, desde esas experiencias que viví de cara a la enfermedad y la fragilidad de la vida desde muy temprana edad, con una mamá enferma de cáncer de la que tuve que despedirme para siempre a los catorce años. O si me pongo más metafísica, quizá fue simplemente que en el camino que me toca recorrer, traer una hija al mundo era algo que ya estaba escrito por más miedos o inseguridades que yo pudiera albergar. Entonces llegó Emma a nuestra vida y yo ya no volví a ser la misma.

Cuando una mujer se convierte en madre hay una fuerza que viene de las entrañas que logra despertar a todas esas madres que nos precedieron y que nos susurran al oído cuáles son los pasos que hay que seguir. Es mentira que necesitamos que los niños vengan con un manual de instrucciones, porque en realidad todo eso que nos preguntamos cuando tenemos a un hijo enfrente está resuelto en nuestra sabiduría interna, la que se alimenta con los consejos milenarios de las mujeres que ya vivieron todo aquello que creemos que sólo nos pasa a nosotras. Las respuestas están en el instinto… si tan sólo dejáramos que floreciera y no nos distrajéramos con todo ese “conocimiento” que nos aporta la ciencia.

Como cualquier otra madre primeriza, me volví loca de amor con mi hija recién nacida y también loca de incertidumbre, de inestabilidad y de una montaña rusa emocional de la que la mayoría de las veces lograba bajarme entera, pero que otras me quedaba en el viaje de locura por unas cuantas horas o incluso días. Mi mundo se transformó y tuvieron que pasar algunos años para que yo pudiera entender que por más que yo quisiera ser la madre perfecta y el buen ejemplo para mi pequeña discípula, era yo quien tenía que tomar mi papel de alumna ante esta maestrita que vino a revolucionarme la vida. Y que ok, que me la habían prestado para guiarle los pasos lo mejor que yo pudiera, pero no hacia una meta impuesta por mí, sino hacia la que ella decidiera trazarse en este mundo para ir escribiendo su propia historia.

Y no fue sino hasta que entendí eso que me atreví a tener otro hijo. De lo único que yo estaba segura era de que no quería tenerlos muy seguiditos, y justo cuando Emma estaba a punto de cumplir cuatro años y yo ya me estaba animando a encargar al segundo, nuestra vida tomó un giro inesperado y decidimos mudarnos de Monterrey a Tecate y yo, como soy de amante de la estabilidad y la ilusión de tener las cosas (al menos las inmediatas) bajo mi control, le dije a David que no quería tener otro hijo mientras me adaptaba a esta nueva realidad, que mejor quería acoplarme bien y ver si nos íbamos a quedar aquí realmente por un buen tiempo, y entonces sí, intentarlo. La cuestión es que me adapté en pocos meses y del deseo intenso ese que yo creía que me sorprendería un buen día por concebir a un cuarto miembro para la familia, ni sus luces. El miedo otra vez. La sombra del pasado. La piedrita en el zapato.

Es cierto que yo era muy feliz con Emma nada más, no sentía que necesitara ser madre de nuevo, pero cada vez que alguien me preguntaba si tendría otro hijo algo resonaba en mi alma, algo que al principio era apenas un susurro que me era imposible escuchar y que más tarde se convirtió en una voz fuerte que no me atreví a desoír. Así estuve en la indecisión por un par de años más, hasta que un día, a principios de este año, me encontré frente a mi prima política y amiga que adoro Cristina en un restaurante de Tijuana y después de los obligados chilaquiles y pan dulce con café cuando me reúno con ella y con Rocío para ponernos al día y charlar durante cuatro horas o más, me ofreció leerme unas cartas que traía con mensajes de los ángeles.

“Puedes preguntar lo que tú quieras y luego escoges una de estas cartas”, me dijo Cristina después de colocar en la mesa un mazo de cartas al revés, acomodadas todas juntas formando una hilera.

“Ok. ¿Vamos a ser siempre una familia de tres?”, pregunté yo sin pensarla demasiado. Entonces saqué una de las cartas y cuando la volteé y vi la imagen sonreímos las dos.

Se trataba de un ángel con un bebé en brazos (el único en todo el mazo, me dijo mi amiga después) y un mensaje que, palabras más o palabras menos, decía algo así: “No tienes nada que temer ni por qué preocuparte por tus hijos, porque yo los tengo bajo mi cuidado”.

La piedrita se desvaneció… así como todas las dudas de estos años de espera, porque yo seré muy racional y analítica, pero me dejo acariciar de vez en cuando por alguna señal del más allá.

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II

Imaginé mi parto desde el momento en que me enteré que estaba embarazada. Estaba segura de que quería parir de forma natural y para ello tenía que conseguir una partera que quisiera atenderme con mi cesárea previa. Tener a mi bebé en un hospital nunca fue opción porque sabía que en un ambiente medicalizado tendría menos oportunidad de que mi trabajo de parto prosperara y a la menor señal de riesgo me harían una segunda cesárea. Estaba completamente convencida de que no quería transitar ese camino otra vez.

Cuando nació Emma me fue muy bien con la cirugía, pero apenas nació me la acercaron para conocerla y darle un beso e inmediatamente después me sedaron y ya no supe de mí. A mi hija se la llevaron a una incubadora y luego a los cuneros del hospital y a mí me trasladaron a una sala de recuperación donde estuve dormida por unas tres horas antes de que me ubicaran en una habitación. Para ese momento yo ya estaba medio despierta, eran como las cinco de la mañana y les pedí que me llevaran a mi hija. Las enfermeras fueron siempre muy amables, pero nunca me concedieron el deseo que les expresé de tener conmigo a mi hija desde que la anestesia me permitió articular las primeras palabras y me recuperé del estrés de una cesárea de emergencia.

Entre cambios de turno del personal y un electrocardiograma que ordenó el pediatra porque la niña se ponía morada cuando lloraba, no fue sino hasta muy entrada la mañana que por fin me llevaron a Emma a la habitación y pude tenerla en mis brazos. En esa época éramos papás primerizos y creímos que eso era lo normal… pero siempre me quedé con la sensación de que esto no me había gustado. Afortunadamente no tuve problemas con la lactancia, aunque muy seguramente le dieron biberón en los cuneros, porque eso realmente sí era una preocupación para mí.

En esta ocasión quería ser dueña de mi parto y ser yo junto con mi pareja quienes tomáramos las decisiones. David me apoyó en todo momento con la idea de parir fuera de un hospital, así que empezamos a investigar y nos decidimos por un birth center en San Diego, California donde aceptan atender partos vaginales en mujeres con cesáreas previas, ubicado en el barrio de Chula Vista, a poco menos de una hora de distancia de mi casa, cruzando la frontera. Tener a un bebé en Estados Unidos traía consigo otros detalles que había que planear muy bien, como honorarios más elevados, una casa donde pudiéramos hospedarnos en los días de la espera y el nacimiento, entre otras cosas. Evaluamos muy bien nuestras opciones y la balanza se inclinó siempre hacia hacer todo lo posible por parir fuera de un hospital, así que confiamos en que los detalles adicionales se irían acomodando.

Este segundo embarazo se convirtió para mí en la llave que me abrió la puerta a un mundo interesantísimo (y desconocido hasta entonces) donde las mujeres reclaman su poderío y su esencia de seres fuertes que reconocen y honran a su instinto y confían en la sabiduría de sus crías y de la naturaleza para protagonizar partos en los que prácticamente no necesitan nada para traer a sus hijos al mundo más que el recordatorio de su propia condición de mamíferas. Me compré libros sobre la importancia de humanizar los partos en este momento de la historia, leí artículos y vi decenas de videos y documentales en internet de mujeres pariendo en casa y de partos vaginales después de cesárea, me topé con Ina May Gaskin, Michel Odent y Consuelo Ruiz, entre otros que se convirtieron en mis héroes durante este embarazo ante el que me encontraba cada día más emocionada.

Estaba más convencida que nunca de que quería ser madre de nuevo con todo el corazón, pero muy pronto me di cuenta de que lo que anhelaba en estos meses de espera era también ese momento en que me vería a mí misma soltando todos mis temores y ansias de controlar todo a mi alrededor para abandonarme a lo que mi amiga doula Adriana me dijo una vez que se conoce como “planeta parto”: ese lugar en el que no sabes más de ti y la razón se esfuma de este plano porque no queda lugar más que para ese encuentro con tu naturaleza de hembra que da a luz, que tiene el poder de abrirse como una diosa para dar vida. Sentí que me lo debía, que ya no lo sentía en las venas como un deseo sino como una urgencia si acaso quería subir un escalón más en mi desarrollo personal.

Desentumirme las alas y perder el miedo a extenderlas por más que doliera al principio ha sido un proceso que me ha tomado muchos años, tiempo en el que he avanzado y a lo mejor en ocasiones retrocedido, pero eso sí, en cada capítulo me he guardado en la bolsa un motivo más para aprender a soltar… soltar… soltar. Y de soltar y aprender a confiar han estado llenas mis listas de propósitos para cada uno de los días en que me regalan el milagro de despertar. Recordar que un día decidí irme a los ochenta para abrazar a la niña que lloraba asustada porque su mamá estaba enferma y no sabía cuándo tendría que decirle adiós… y perdonarme porque durante muchos años me quedé con la creencia de que la vida a veces puede ser cruel y el miedo constante a que alguna desgracia podría venir a tomarme por sorpresa si no tomaba mis precauciones.

Me debía este parto porque estaba segura de que con él exprimiría las últimas gotas de aprensión. Estaba segura de que después de desnudarme de Marcela para quedarme vestida sólo de instinto y con la piel de la mujer salvaje que según Clarissa Pinkola Estés corre a la par de sus antecesoras, me iba a convertir en esa Loba que recupera toda la fuerza atesorada en su espíritu… y tenía ganas de sentirme ella porque algo me decía que ya era hora de hacerlo. Quería regalarnos a mi hijo y a mí ese momento sagrado en el que te vuelves uno con el Universo, sin drogas o procedimientos que interrumpieran la sensación o personas extrañas que entorpecieran la intimidad.

Lo quería con todo el deseo que puede reunir el corazón en ocho meses.

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III

Mes con mes viajábamos David y yo a Chula Vista a nuestro control prenatal con las maravillosas Sandi, partera profesional, y Alicia, estudiante de partería. Nos emocionábamos en cada cita con el trato cálido de las dos mujeres cariñosas en esta pequeñísima casa que ya ha de contar unos cien años de vida, enclavada en uno de los barrios más antiguos del sur de California. Y en cada visita me visualizaba yo pariendo a mi bebé en esa tina de la habitación donde me tomaban mis signos vitales y nos recordaban las recomendaciones de rutina de tomar mucha agua y té de hoja de frambuesa y comer mucha proteína y nos dejaban oír el corazón del bebé con una cornetita con la que la mayoría de las veces no conseguíamos escuchar nada pero salíamos felices de la vida y seguros de que nuestro hijo crecía sano y salvo.

El cuidado prenatal por parte de una partera no te incluye ultrasonidos ni otro tipo de intervención médica, así que yo por mi cuenta fui un par de veces a realizarme un eco con la doctora Karla, ginecóloga en Tecate: una al inicio del embarazo y otra a mitad del mismo porque tenía un mioma en el útero al que yo personalmente prefería tener vigilado. Fui a una tercera visita con ella porque un día me di cuenta de que tenía un flujo extraño en uno de mis senos, así que preferí que me checara para confirmar que todo estuviera bien, y así fue. Me sentí tranquila de tener a alguien de confianza en mi propia ciudad en caso de alguna emergencia… y más tarde me daría cuenta de que fue una muy buena decisión.

Cuando se acercaba la fecha probable de mi parto, visité a mi amiga Ana Gaby, una mujer que admiro por su experiencia a tan corta edad en muchísimas cosas de salud y de tratamientos alternativos. Ana es dueña de la Botica de los Abuelos en Tecate, donde vende productos orgánicos y de la región y atiende pacientes con homeopatía, aromaterapia y flores de Bach. Además es doula y tiene un tiempo estudiando para convertirse en partera, lo que se ve que le apasiona hasta la médula. Algo de curandera y de médica le corre por las venas porque sus padres, Ana María y Sergio, son pediatra y traumatólogo y tienen una clínica en Tecate donde mi amiga ha comenzado sus pininos.

Fui con ella para pedirle que me acompañara en mi parto y ella accedió con una sonrisa, con la que siempre te recibe cuando la visitas. Me preguntó cuál era mi plan y me pidió que la invitáramos a nuestra próxima cita a Birth Roots para conocer a las parteras. Después me cuestionó sobre mi plan B. “¿Plan B? Mmmm, no, no existe, no hemos pensando en nada de eso. La idea es que el bebé nazca en Chula Vista y ya tenemos la casa que vamos a rentar para vivir ahí las semanas previas y posteriores al parto. Lo único que estoy piense y piense es cuál será la mejor fecha para cruzarnos al otro lado”. “Eso está perfecto, pero es bueno tener un plan B en caso de que tu plan principal no salga como lo esperas. ¿Te vas a ir a un hospital en Estados Unidos? ¿Te quieres ir a Tijuana o quedarte en Tecate? ¿Con quién quieres atenderte? El plan B es para que todas las personas involucradas en él estén preparadas y tú te olvides y te concentres en tu plan principal. Pero siempre es bueno tenerlo porque a la mera hora de que las cosas no salgan como lo esperas no quieres andar toda estresada”. Ana me dejó pensando y, otra vez, más tarde me daría cuenta de que haber ido con ella sería otra de las piezas que definirían nuestra historia final.

Sin embargo, no tuve mucho tiempo de pensar en todo esto porque a los días de nuestra charla en la botica, un flujo vaginal me despertó a las seis de la mañana en mi cama. Me levanté muy segura de lo que era pero algo consternada porque apenas estaba cumpliendo las 37 semanas de embarazo. Fui al baño y terminé de soltar las primeras descargas de mi líquido amniótico. Una mezcla de emoción y nerviosismo me invadió el alma; emoción porque la llegada de mi bebé estaba muy cerca y nerviosismo porque no tenía absolutamente nada preparado. Le llamé a David para avisarle y él, como siempre, me dio con su rostro de paz toda la seguridad que necesitaba.

Fui a la lavandería a cargar la primera lavadora con ropa del bebé mientras David sacaba maletas para prepararnos para cruzar a Estados Unidos a la casa que ya teníamos reservada. Tomé el teléfono para llamarle a Sandi y ponerla sobre aviso. “¡Hola Sandi! Se me acaba de romper la fuente. Estamos haciendo todo lo necesario para irnos antes de que me lleguen las contracciones”. “¡Perfecto Marcela! Sólo recuérdame por favor, ¿en qué semana estás?” “Ayer cumplí las 37 semanas”. “Ok, aquí te esperamos y mientras yo voy yendo a la oficina para checar tu expediente y confirmar las semanas que tienes de gestación. Estamos en contacto”.

Le llamé también a Ana Gaby y a mi familia para darles la noticia y mis venas se hinchaban de gozo mientras le veía la cara a David, me imaginaba de nuevo en esa tina de agua tibia y lavábamos y empacábamos ropa del bebé y de nosotros tres para pasar unos días en San Diego.

Entonces sonó mi celular. “¡Hola Sandi!” “¿Cómo vas? Ya te empezaron las contracciones?” “No, todavía no siento nada.” “Ok. Mira Marcela, estoy viendo aquí que según nuestro expediente aún estás en tu semana 36, te faltan todavía dos días para terminarla y legalmente no podemos atender partos fuera de hospital antes de la semana 37. Además, nuestro protocolo nos indica que tu bebé debe nacer a más tardar 24 horas después de que se te rompe la fuente. Así que aún cuando tu bebé naciera mañana, aún te faltaría un día para que nosotros pudiéramos atenderte aquí en el centro”. La totalidad de mi sangre en mis pies. “¿Cómo? Pero si según mis cuentas yo ayer cumplí las 37 semanas. ¿Cuáles son mis opciones entonces?” “Podemos recibirte aquí para revisarte pero definitivamente tu bebé tendría que nacer en hospital, pero nosotras podemos acompañarte”.

Le dije que lo pensaríamos y colgué el teléfono. Le conté a David y no supe si reír o llorar. Él, grande como es, me dijo que haríamos lo que me hiciera sentir más segura. Entonces le dije que lo único de lo que estaba segura era que no quería pisar un hospital, ni en Estados Unidos ni en México, porque eso era lo mismo que firmar mi solicitud para una segunda cesárea. Apenas le solté a mi esposo este deseo, sentí un enorme alivio por algo de lo que no había estado plenamente consciente en todo mi embarazo: no quería parir en Estados Unidos, no me sentía cien por ciento cómoda y segura en un país extraño al mío, en una casa que no era la mía y con mil cosas que planear en cuestión de logística con el cuidado y la escuela de Emma y el trabajo de David. Entre los dos decidimos que viviríamos el trabajo de parto en nuestra casa y que cuando llegara el momento nos iríamos a la clínica de los papás de Ana Gaby.

Dejé de lavar ropa y hacer maletas como una loca y me senté a gozar de la espera que estaba a punto de culminar.

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IV

Las horas transcurrieron y no había ni la más remota señal de alguna contracción, aunque yo seguía desechando líquido amniótico. Ana Gaby nos visitó en nuestra casa para tomarme los signos vitales y escuchar el corazón del bebé. Ella nos dio toda la tranquilidad que necesitábamos para continuar con nuestro plan de tener un parto natural: mientras la frecuencia cardiaca del bebé se mantuviera estable y yo no presentara algún signo de infección, todo estaría bien. Me recomendó tomar fuertes dosis de vitamina C durante todo el día, me trajo algo de homeopatía y flores de Bach para apoyarme en el proceso y me preparó una olla generosa de té de chocolate y canela, tónico famoso por sus propiedades para estimular y relajar el cuerpo de la parturienta.

Nuestro día transcurrió de forma natural, recibimos algunas visitas, salimos a caminar para ver si podíamos acelerar el trabajo de parto y después fuimos por Emma a la escuela para darle la noticia de que su hermano llegaría pronto. Le preguntamos si quería esperar con nosotros en casa o prefería irse a casa de una amiga que la había invitado y ella se decidió por la segunda opción. A las seis de la tarde, doce horas después de haber roto membranas, sentí la primera contracción y con ella una avalancha de emociones porque sabía que nuestro momento estaba cada minuto más cercano. Las primeras “ráfagas”, como las llama Ina May, fueron tan suaves y espaciadas que me dieron perfecta oportunidad de comerme un buen espaguetti a las hierbas y una ensalada verde cuando cayó la tarde del jueves 13 de noviembre.

Las sonrisas y pláticas relajadas poco a poco se fueron transformando en silencios y respiraciones profundas por la intensidad de las contracciones, y con la noche y la madrugada del día siguiente llegaron algunos de los momentos más agudos de este viaje que estábamos a punto de emprender. David estuvo conmigo todo el tiempo, tal como yo estaba segura que lo haría, valiente, entero, dispuesto a hacer cualquier cosa que fuera necesaria para que yo estuviera mejor: me acercaba lo que necesitaba, me ofrecía agua y alimento, me ayudaba con masajes en la cadera y la espalda mientras yo descansaba en la pelota de yoga, tal como lo habíamos aprendido en el curso prenatal. El compañero que la vida me trajo como un gran regalo hace ya casi dos décadas estaba ahí conmigo, así como siempre lo había imaginado, y eso me hacía sentir mucho más segura y confiada en que todo estaría bien.

Ana Gaby llegó entrada la noche, cuando le hablamos para decirle que mis contracciones ya eran muy fuertes. Ella estuvo con nosotros a partir de ese momento tomando mis signos vitales y asegurándose con su doppler que los latidos del bebé continuaban estables. La presión que sentía bajo mi vientre era cada vez más fuerte y yo me concentraba en respirar para liberar la tensión, agradeciendo cada una de las oleadas como un paso más en el camino hacia conocer a mi bebé, a este segundo hijo que algún día creí que me había tardado en concebir pero que ahora estaba segura de que todos los tiempos son los correctos. Feliz de estar en mi casa, de tener la capacidad de sentir cómo mi cuerpo se preparaba para el gran recibimiento.

Así, durmiendo a ratos y contando los minutos entre cada una de las contracciones, cruzamos los tres las primeras horas del viernes 14 de noviembre. El dolor era cada vez más fuerte y yo, aunque ya empezaba a cansarme después de estas primeras 12 horas, me sentía plena con cada una de las ráfagas y muy segura de que aquí era justamente donde quería estar. La frecuencia entre cada una era muy variable, en ocasiones eran muy seguidas y en otras se espaciaban mucho más. En el corazón de la madrugada, justo en esas horas en las que la noche es más fría y oscura porque ya falta poco para el alba, sentí muchas ganas de devolver el estómago. Siempre he tenido una fobia muy fuerte a vomitar, así que sólo alcancé a escupir un poco en el bote de basura y luego empecé a sentir que el dolor se hacía muchísimo más intenso.

Sentada en una especie de nido que Ana Gaby había preparado para mí en un sillón de la sala con muchos cojines a mi alrededor, experimenté cómo mi útero se contraía en un esfuerzo por obedecer las leyes de la naturaleza. Imaginé a mi hijo en su propia lucha por abrir cada vez más ese túnel por el que tantas veces creí que cruzaría antes de conocerle el rostro… pero junto con el dolor más intenso, empecé también a sentir temor ante lo desconocido, y entonces me quebré. Lancé un grito fuerte de dolor y al final de éste le llamé a mi madre. Le pedí que viniera… me deshice en mil pedazos y me reconstruí como esa niña pequeña otra vez, indefensa y temerosa, la que no quiere otra cosa más que sentirse protegida por el pecho de quien le dio la vida para estar segura de que todo estará bien. “¡¡Mamá!! ¡¡Ven!!” ¿Cómo voy a pasar por esto si no te tengo aquí? ¿Cómo voy a saber que puedo si no escucho que me lo recuerdes? En las esquinas más ocultas de este duelo infinito, las que quedaron expuestas con este medio día de vaivenes intensos, estaba guardado este grito que nunca vi venir cuando imaginé mi labor de parto, pero que una vez liberado me llevó a comprender tanto.

Después de observar mi línea púrpura en el coxis para calcular cuántos centímetros tenía de dilatación, Ana Gaby me mostró con sus dedos lo que ya había conseguido, que entre sueños recuerdo como una tercera parte de lo que debía dilatar para lograr el parto. Entonces me desmoroné aún más, entre el cansancio y la excitación, y del inconsciente me escuché sacar la siguiente frase empapada de lágrimas: “¡Yo nunca creí que pudiera hacerlo!”. Seis palabras que varios días después del nacimiento de Matías aún me seguirían doliendo.

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V

La aurora del sábado 15 de noviembre me encontró en un hospital, con una nueva herida.

Matías nació en los últimos minutos del día anterior por medio de una cesárea que decidimos solicitar David y yo cuando su corazón empezó a escucharse más lento. Ese día en la mañana me metí a bañar y nos fuimos a la clínica de los papás de Ana Gaby para continuar con mi trabajo de parto ahí. Las llamadas y mensajes de nuestros familiares y amigos no dejaban descansar al teléfono, preocupados por que el bebé aún no había nacido después de más de 24 horas de que se me había roto la fuente. Nosotros continuábamos firmes: mientras nuestro hijo esté bien, vamos a intentarlo.

Ana Gaby ya me había dicho para entonces que se había comunicado con la ginecóloga para avisarle que estaba en labor de parto y que si llegábamos a necesitar de su ayuda se lo haríamos saber. Eso me dio tranquilidad, pero yo estaba segura de que no sería necesario, y creo que mi aprendiz de partera también lo estaba porque al llegar a la clínica vi la tina lista y llena de agua tibia. Mi deseo de vivir esta experiencia estaba intacto y David, aún con la presión familiar sobre sus hombros para que me ingresara de inmediato a un hospital, seguía siendo el roble en el que me recargaba con cada una de las contracciones que cada vez sentía más fuertes.

Ese viernes se quedará en mi memoria para siempre, con la luz tenue de la acogedora habitación de colores pastel donde la cama matrimonial, una mecedora o el marco de la puerta me sostenían para sobrellevar cada una de las ráfagas que ya para entonces me parecían eternas. Con el brazo fuerte de mi pareja y su voz suave y reconfortante que eran para mí el oasis para serenarme. Con el silencio y la mirada cálida de Ana escribiendo sus notas en un cuaderno de hojas rayadas. Y con el canto “Sabemos parir”, de Rosa Zaragoza, que ella me puso una y otra vez y que aún hoy, al escucharlo, me eriza la piel de dicha: “Siente, que el momento llega. Siente, tus huesos son fuertes. Siente, estamos ayudando, lo divino está contigo. Siente, el niño está en la puerta, vivirá para abrazarte. Siente, estás en buenas manos, y eres parte de la Tierra. Tienes lo que necesitas, madre de todos nosotros”. Y ahora sé que este viernes estará tatuado en mi libro de vida como un recordatorio más para sentir.

Por la tarde los doctores nos ofrecieron un caldo de pollo que me supo a gloria después de que por todo el día no se me había antojado comer nada y me la había pasado a pura agua con electrolitos y un poco de granola y yogurt. Yo no había querido recibir visitas para concentrarme lo más posible, pero ya para este momento le pedí a David que llamara a mi papá para verlo y que también él se quedara tranquilo de que tanto yo como el bebé estábamos bien. No sé quién se tranquilizó más, si él o yo, que sólo con verlo me llené de la serenidad y la fuerza que ya sentía que se me apagaba. Estuvimos platicando un rato, le prometí que le avisaríamos de mi progreso y un par de horas después de que se fue, las contracciones de pronto se detuvieron. Me sentí desconcertada y por primera vez empecé a dudar cuál era el camino correcto a seguir después de una labor de parto que avanzaba a pasos tan lentos.

De pronto me llegaba una contracción y luego nada. Ana me tomó de nuevo mis signos vitales y en ese momento fue cuando nos dimos cuenta de que la frecuencia cardiaca del bebé había disminuido, no a un nivel peligroso, pero sí se escuchaba un poco más lento que lo que había estado presentando en las últimas horas. Ana nos dejó solos un momento y David me tomó de las manos, me vio a los ojos y me dijo: “Ya hiciste todo lo posible, pero creo que lo más sabio es pedir una cesárea”. Yo estuve de acuerdo con él, y como si nos hubiéramos conectado de alguna manera, Ana Gaby nos propuso lo mismo cuando volvió a la habitación. Entonces me di cuenta de que todos mis planes se venían abajo, de que mi deseo se vería truncado y de que estaba a punto de caminar el mismo camino que tanto me empeñé en evitar.

Algo de la decepción y tristeza debió haber visto en mi rostro este ángel hippie que hizo de matrona en esta historia porque inmediatamente después de hablar con la ginecóloga para avisarle que íbamos rumbo al hospital para una cesárea me dijo: “Esto que has hecho en dos días ha sido un regalo para ti y para tu hijo. No tienes idea del beneficio que le has dado a tu bebé con estas horas de trabajo de parto. Ten por seguro que todas estas hormonas que has liberado y esta oportunidad que le diste de permanecer dentro de ti en estos dos días harán toda la diferencia en su nacimiento”. Sus palabras fueron el río en el que lavé mi sensación de derrota.

Con su apoyo, la fortaleza de David, el acompañamiento de mi padre, quien llegó de inmediato al hospital y la inminente llegada al mundo de mi Matías me llené de nuevos bríos, los que me sirvieron para abandonarme al nuevo capítulo que estaba por escribirse y pedir a todos los actores que me ayudaran a que todo saliera lo más parecido a lo que habíamos imaginado: le dije al anestesista que por ningún motivo me sedara, pues yo quería estar consciente en todo momento, y a la pediatra que no me separaran en ningún momento de mi hijo, a menos de que hubiera alguna causa que así lo exigiera. Le pedí a Ana que fuera la guardiana de mi placenta y a la ginecóloga que permitiera que David estuviera junto a mí en todo momento. Pedí también que me desataran las manos en cuanto me llevaran a mi bebé al pecho para poder abrazarlo y que no se lo llevaran por las noches a los cuneros.

Y así fue, justo como lo pedimos. Y entonces viví lo que en mi curso de preparación para el parto me dijeron que se llamaba “cesárea humanizada”, algo que nunca imaginé que fuera posible y mucho menos que yo iría algún día a experimentar.

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VI

Hay una frase muy famosa de Michel Odent, obstetra francés precursor del parto humanizado, que dice: “Para cambiar al mundo es preciso cambiar la forma de nacer”. Y si bien es un hombre que defiende a capa y espada los partos naturales y ahora puedo decir que me llegué a sentir culpable por no haber podido alcanzar el mío, estoy segura de que este parto fue realmente nuestro y que a final de cuentas, como en muchas otras cosas, es posible que las formas lleguen a estorbarnos para tener la capacidad de valorar el fondo.

Mi hijo no nació por vía vaginal en una tina llena de agua tibia, pero ahora que traigo a la memoria las imágenes de la doctora Ana María llevándomelo al pecho en cuanto nació y lo veo de nuevo prendiéndose a mi seno derecho para reclamar sus primeras gotas de la dorada savia que lo conectaría con el mundo, me convenzo de que su nacimiento fue perfecto y justo de la forma en que tenía que ser. De que aunque me creí herida en la habitación del hospital ya entrada la madrugada, cuando ya todos se habían ido y David dormía, e incluso varios días después en mi casa, tengo la postal de mi bebé desnudo y aterciopelado sobre mi piel húmeda, de mi alma embriagada de su olor dulzón y su aliento acompasado, y vuelvo a llorar de dicha y gratitud, porque ahora estoy segura de que ambos andamos juntos el camino que nos trajo hasta aquí, porque aunque quizá yo visualicé un parto en un birth center en otro país, él fue quien terminó mostrándome lo que era mejor para los dos.

Y ahora entiendo también que no hay parto en el que no esté el amor presente, de alguna u otra manera: por vía natural o cesárea, en tina o en cama, en cuclillas o recostada, en casa o en hospital, sola o acompañada, muertas de miedo o colmadas de valor… porque en todos, sin excepción, habrá siempre dos protagonistas que se recubren de esa energía milagrosa que viene de la Tierra o de Dios o de donde queramos imaginarla, pero que nos despoja de nuestra condición mundana por unos segundos para transformarnos en luz, en el suelo fértil donde se siembra la semilla de nuestra conservación y donde siempre, siempre, sin importar todo aquello que rodee al parto, habrá una comunión sagrada entre madre e hijo que nada ni nadie podrá romper.

Hoy suelto la desilusión porque las cosas no fueron como las imaginé y honro la cadena de sucesos que me llevaron a ese quirófano a darle la bienvenida a mi hijo. Honro a mi madre que estuvo conmigo incluso desde antes de haberla llamado en aquella oleada intensa porque ella también me parió por cesárea y probablemente también se sintió frágil y temerosa. Honro a mi marido, a mi familia, a mis amigos, a los médicos y a todos los actores de esta historia. Después de mis dos cesáreas me convencí de que yo no era capaz de parir, pero hoy suelto esa creencia y honro a mi cuerpo porque ha sido capaz de concebir, alimentar y dar vida a mis dos hijos.

Entre todo lo que leí en este embarazo hubo una frase que resonó en mi mente hasta el punto de la frustración por no haber vivido lo que con tanto cuidado había planeado: “El parto te empodera, te da una sensación de fortaleza y si puedes con él, estás segura de que podrás conseguir cualquier cosa que te propongas”. ¿Qué es lo que buscaba realmente? ¿Traer a mi bebé al mundo por vía vaginal o sentir este empoderamiento? ¿Tener un parto natural o aprender a soltar el control? ¿Parir en una tina o aceptar que yo no soy quien manda y que la vida siempre sabe más? Porque una vez que me desapegué de mis expectativas, pude ver que mi cesárea inesperada me brindó precisamente esos tres regalos.

Quizá tuve más miedo del que estuve consciente, quizá mi mente no estaba preparada o quizá a mí no me toca vivir esa experiencia… todos son quizás, y no quiero vivir más tiempo enganchada a ellos. Quiero abrazar mi miedo porque así lo reconozco y deja de hacerme daño. Ahora me enorgullezco de mi fortaleza por haber salido triunfante de un apego a la vida estrictamente como la planeo. Porque yo fui de esas mujeres que en sus veinte llegó a decir que no quería tener hijos y hoy tengo dos que son mi inspiración diaria y que me hacen reírme de aquel temor del que ese hombre que quiso compartir su vida conmigo me invitó a salir. Hoy no imagino mi vida sin ellos, mis maestros, mi oasis, mi barca para no naufragar.

Como dice Rosa Zaragoza en su canto, tengo siempre lo que necesito y soy parte de la Tierra.

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FOTOS: David Josué

* Escribo porque así expulso mis demonios. Comparto porque del otro lado habrá alguien más que esté esperando leer.