MANDILES TITA PARA NIÑAS

Aquellas horas en la cocina en que Emma, con apenas tres años, me ayudaba a batir la masa para los muffins o a colocar los papelitos en los moldes para hornear, las traigo en la memoria como un tesoro al que acudo para arrullarme el corazón de madre. “Esta niña nació con un don para la cocina”, pensaba al verla tan pequeña y tan interesada en el olor de la canela o el cilantro, en el sonido de la cebolla acitronándose o en los ingredientes que me veía sacar del refrigerador para la comida del día. Ya la veía yo cual Tita de Como agua para chocolate, desplumando codornices para cocinarlas con pétalos de rosa.  

Con los años se le esfumó ese interés y le vino el de escuchar música a todo volumen mientras está en la regadera o hacer millones de videos con el celular. Ahora veo a Matías como la veía a ella unos años atrás, impaciente porque lo suba a la barra de la cocina para ver cómo pico la fruta o licúo la salsa de tomate y ya entiendo que no es que a una le salieran los hijos chefs, simplemente que a esa edad tienen una sed impresionante por descubrir los secretos de la alquimia en la cocina. Si un pequeño está aburrido o inquieto, invítalo a preparar el desayuno o a lavar los trastes contigo y podrá entretenerse por horas.  

A los niños les gusta imitar a los adultos, les encanta sentirse tomados en cuenta y jugar a que son “grandes” mientras barren el piso o cuelgan ellos mismos su ropa. Esto es algo que entendí cuando visité por primera vez un colegio Montessori y más tarde, cuando vi a mis hijos pequeños casi casi en el nirvana mientras limpiaban una mesa con una esponja, colocaban los platos y los cubiertos para comer o vertían el agua de una pequeña jarra en su vaso. Todos los chiquillos, niños y niñas, tienen una fascinación por la cocina. Y me encanta cuando veo que una mamá le compra una de juguete a su hijo varón. Me gusta porque la cocina no es una cuestión de género sino de nuestra condición de humanos.

En la cocina ocurren transformaciones dignas de admiración y sorpresa, cualidades en los que nuestros pequeños son expertos. ¿Cómo es que un poco de harina, leche y huevos se convierten en un pastel? ¿Cuántos trucos de magia tienen lugar en el fondo de una cacerola para que esté lista la sopa? En la cocina se gestan los sabores que nos mantienen vivos y apasionados. La comida es la reina en todas las culturas, la que nos une en una misma mesa y la que nos susurra los secretos de nuestro antepasados. Y la cocina es el escenario en el que se escriben todas esas historias que nos nutren el espíritu… las que los pequeños pescan al vuelo antes de que se las lleve el viento y se pierdan por completo. 

Detrás de cada receta, cada masa leudándose y cada caldo de res hirviendo, está el recuerdo de un niño o una niña observando con asombro a la madre o a la abuela prendiendo un fogón y convirtiéndose en magas todos los días ante sus ojos. Los cocineros aún conservan a ese niño intacto y curioso, mensajeros de los ardides que hicieron suyos entre sartenes y aromas de ajo y leña. 

La próxima vez que un chiquillo se te acerque en la cocina, invítalo a cortar el pan o a poner la mesa… porque no sabes cuál de ellos tiene el alma de poeta culinario. 

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