Meterme a la cocina es un placer que me permito poco. Hablo de meterme en serio, para preparar algo más que un arroz o un huevo revuelto. Y es que cuando tengo ganas puedo estar ahí horas, sobre todo si traigo la emoción de cocinar una receta nueva. El amor por los sartenes me brotó hasta que me convertí en mamá. Quizá porque, en mi caso, me vino la doñencia en combo: nació mi hija y me empezó a gustar la cocinada, empecé a disfrutar quedarme todo el día en la casa, inició mi preocupación por el colesterol, me salieron canas y frases del tipo “Si Dios quiere” y “La juventud está desatada”. Bueno, mi hermana diría al respecto que yo nací doña, pero como todo en esta vida, es cuestión de percepción ;o)

El chiste es que los olores del ajo calentándose en el aceite de oliva, la canela y el cilantro me ponen (literalmente) de buenas. Eso es lo que me gusta más de la cocina: los olores… y también metamorfosis como la de una cebolla cruda picante que después de una hora en el fuego lento se vuelve dulce.

Dedico estos mandiles a esas mujeres que, como la revolucionaria Tita de “Como agua para chocolate”, dejan salpicar un poco de ellas en las ollas para despertar todo tipo de pasiones en sus comensales.

MANDILES "TITA"

100% algodón