Mandiles "Otoño"
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Nada más llega el otoño y se me convierten las venas en ríos de luz. Me hormiguean las manos para retomar el estambre y sin ningún empacho me como cuanto pan dulce y acanelado se me pone enfrente. Porque el aire está cargado del dulzor del girasol y la manzana azucarada que destapa la nostalgia y porque es tiempo para soltar lo que no sirve y cosechar todo aquello que nos alimentará en la siguiente temporada. Me renuevo la piel con la lluvia de noviembre y me dejo embriagar la vista con los tapices cobrizos de las calles y los cielos de nubes grises en la mañana y rosáceas cuando cae la tarde.

No es ningún secreto que el otoño es mi estación favorita del año, pero vivir esta época embarazada hace todo aún más placentero. Después de un período de hibernación durante los dos primeros trimestres de este embarazo, tuvo que llegar septiembre para terminar de desempolvarme las coyunturas y activarme otra vez. Me llené de energías nuevas y corrí por el gancho para tejer todo lo que fuera posible hasta que llegara el momento del nacimiento de mi crío y por las telas que tenía apiladas y esperanzadas a que me decidiera crear todos los proyectos que tenía en la cabeza.

El clima se ha encaprichado y donde vivo todavía no se siente bien el frío otoñal, aunque el aire sí se siente diferente y al menos ese calorón que se resistía a irse ya nos dijo por fin adiós. Empiezo a sacar las chamarras ligeras y los calcetines para dormir en la noche, a desamodorrar el horno, cocinar más caldos y sopas, almacenar jengibre para las gripas y lavar las cobijas gruesas para tenerlas listas. Empiezo a saborearme octubre, noviembre y diciembre… y un remolino en el vientre al que le gusta juguetear más de noche y usar mi vejiga de trampolín me intensifica la degustación.

El otoño me ha invitado siempre a la reflexión, pero el de este año pasará a la historia de mi vida como aquel en el que me la pasé meditando todo el tiempo en lo que significa para mí ser madre. No quiere decir que antes no lo haya pensado, pero en estos meses me he sentido tan plena y tan llena de tanta emoción gracias al amor que siento de parte de mi hija y de mi esposo, que no me queda más que achacarlo a la sensibilidad que tengo a flor de piel por las hormonas de la espera y por la llegada de esta estación en la que ya de por sí se me elevan siempre los niveles de serotonina de una forma natural.

En algún otro post platicaré más a detalle sobre lo que este bebé ha venido a significar en nuestras vidas, pero por lo pronto diré que ir por la vida con esta maravillosa panza, sintiendo a un renacuajillo revoloteando a cada rato en las entrañas e incluso verle sabrá dios si un pie o un codo a través de un abultamiento en el vientre y gritarle a David y a Emma para que vengan a verlo y a reírse conmigo me ha venido a cambiar la perspectiva de muchas cosas. Cuando me estrené como mamá con mi hija me esforcé durante mucho tiempo por darle la educación perfecta, la alimentación perfecta y los cuidados perfectos. Obviamente, muy pronto me di cuenta de que nada de esto era posible y que tenía que aprender a relajarme si quería disfrutar de esta experiencia.

Cuando me embaracé y como era de esperarse, tanto Emma como yo nos pusimos sensibles al extremo. De por sí somos risueñas y vinieron a hacernos cosquillas con el coctel hormonal que yo me cargaba. Ella lloraba por cualquier cosa y yo no tenía prácticamente nada de tolerancia, así que las chispas entre ella y yo brotaban a la menor provocación. Ella hacía algún berrinche, yo la regañaba y luego me sentía fatal por no tener la paciencia necesaria para comprenderla. Era un círculo vicioso que, evidentemente, me tocaba a mí romper, no a ella. David me ayudó mucho en el proceso, hasta que llegó un día en el que decidí que no quería convertir esta espera en algo tan duro para las dos, y entonces intenté despojarme de los últimos restos de perfección a los que aún se aferraba mi ego de madre y empecé a ver las cosas de manera diferente.

Empecé a ver que Emma podría estar confundida por los cambios que se avecinan en esta familia y que lo que más ocupaba en este momento no era una corrección o una “consecuencia” por sus actos, sino todo el amor y la confianza posibles para darle a ella la certeza de que sus papás seguirían estando ahí para ella. Incluso una vez me preguntó: “Mamá, cuando nazca mi hermano ¿te va a alcanzar el amor para querernos a los dos?” Me enterneció hasta la médula, la abracé muy fuerte y le expliqué que quizá muchas cosas serían diferentes cuando llegara su hermano, pero lo único que permanecería igual, sería nuestro amor hacia ella.

Y me quedé pensando en que realmente eso es lo único que necesitamos ¿o no? Como ya lo dijo John Lennon: amor. Es verdad que como padres somos responsables de guiar a nuestros hijos, pero el error que cometemos muy seguido es querer guiarlos por el camino que para nosotros es el correcto y no poner atención a los deseos que su espíritu tiene. Pero si nos concentramos en el amor, quizá podemos recibir pistas más acertadas sobre cuál es la mejor manera de apoyar su desarrollo. Si ahora que ya falta tan poco para la llegada de nuestro hijo he fantaseado tanto en todo lo que podría mejorar para ser una mejor madre, ¿por qué no empezar de una vez con la nena que ya tengo en casa? Y como mejor madre no me refiero a una más perfecta, sino a una más humana y más atenta a lo que mis hijos necesitan para ser felices.

Ajá, todo esto me trajo el otoño. Éste es el tercer año que hago mandiles con inspiración otoñal y me encanta porque creo que es un objeto con una carga hogareña muy importante y una metáfora centenaria de las reuniones en familia donde la comida se hace con la intención de disfrutarse unos a otros, algo muy otoñal también. Y si a eso le agrego que me puedo dar vuelo con las telas que me recuerdan esta época tan significativa para mí, entonces el gozo es doble. Bienvenido seas otoño, tú y toda tu buena energía.

FOTOS: David Josué // LOCACIÓN: Antigua Estación de Ferrocarril, Tecate, B.C. // MODELO: Bárbara Aceves

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MANDILES "OTOÑO" 

100% algodón 

cinto y tirantes ajustables

dos bolsas en la falda 

flor desprendible de tela e hilaza 

$720 pesos + $140 pesos de envío en la República Mexicana 

"OTOÑO" ORANGE (VENDIDO): 

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"OTOÑO" BÚHOS: 

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"OTOÑO" BRISA (VENDIDO): 

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"OTOÑO" NAVY:

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"OTOÑO" BIRDS (VENDIDO): 

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"OTOÑO" LIMÓN (VENDIDO): 

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"OTOÑO" GREEN (VENDIDO): 

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"OTOÑO" CELESTE (VENDIDO): 

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"OTOÑO" AMARILLO (VENDIDO): 

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