MANDILES "MINERVA"

Gran parte de nuestra vida transcurre hoy en día en línea. El trabajo, las relaciones humanas, la búsqueda de respuestas, las compras, el entretenimiento, las comunidades y hasta las pasiones han migrado poco a poco del plano físico al virtual y hemos cambiado aquella bonita costumbre de ensuciarnos las manos por largas horas frente a la pantalla de un móvil o una computadora. Que no se me malinterprete, pues yo misma vivo en gran medida de la bendita tecnología y el internet, pero sí me procuro mis buenas dosis diarias de mundo terrenal. 

Siempre que lanzo una nueva colección de mandiles hago alusión al amor que le tengo a la cocina y al poderoso simbolismo en nuestra cultura de las cazuelas, las mesas del comedor, las comidas familiares y la herencia culinaria que va de generación en generación, pero estos medios delantales que hoy ven la luz del sol (ejem… virtual) me sirven de pretexto para hablar de ese mundo tan dejado de lado en muchas ocasiones y al que viene bien regresar de vez en cuando. 

Porque además de la cocina, un mandil me habla del universo en el que retomamos nuestro poder creativo: para pintar un lienzo o plantar una orquídea. Ese lugar en el que nos acompañan las musas y casi casi podemos sentir la luz de la inspiración hinchándonos las venas. El momento en el que recortamos, coloreamos, serruchamos, escarbamos, garabateamos y volvemos a ser niños otra vez, con las rodillas raspadas y las yemas de los dedos entintadas. Un delantal jaspeado de barro, pegamento, masa o acrílico me cuenta la historia de quien ha vuelto a lo esencial para reencontrarse con esa pasión que a veces corre el riesgo de desdibujarse entre las horas interminables dedicadas a merodear en la red.  

Me confieso fanática de un par de manos con tierra bajo las uñas o con la piel gruesa de tanto tocar la guitarra, porque son esas manos las que mantienen viva la capacidad creadora de nuestra especie. Visitar este espacio nos devuelve la humanidad, nos conecta unos con otros y nos recuerda que es en el movimiento de todo nuestro cuerpo que se generan las mejores ideas. Frente a una computadora no tendremos jamás la oportunidad de tocar lo que hemos creado y, lo más importante, nos será más difícil darnos permiso de jugar, de equivocarnos y de ser imperfectos, porque siempre tendremos muy a la mano alguna tecla para censurar. 

Recorta palabras de un periódico y pégalas en una hoja antes de escribir en Word, dibuja cien bocetos diferentes en un cuaderno antes de usar el Ilustrador, aprende a imprimir tus fotos en un cuarto oscuro antes de usar el Photoshop, tómate un café con un amigo antes de saludarlo por el WhatsApp, móntate en una bicicleta, visita una biblioteca, planta un árbol, fabrica una silla con madera rescatada. Usemos las manos (y todo el cuerpo) otra vez. Como dijo Austin Kleon en su libro Roba como un artista: “Tus manos son los dispositivos digitales originales”. 

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