MANDILES "LISA"

Las manos de mi abuela son de un caramelo suave, con las venas hinchadas y las uñas perfectas. Son manos que tejen y bordan, que cosen los vestidos de las hijas y que acarician las mejillas de las nietas. Manos que bailan cuando platica sentada en el sillón de su sala con la tele encendida y se le trenzan sobre el regazo cuando se le escapa uno de sus comentarios ácidos. Mi abuela es una mujer grande y fuerte, de carácter recio y creencias firmes. Pero eso sí, con un amor que se le desborda por las manos surcadas por los años frente a ese fuego ante el cual la vi de pie tantas veces con sus faldas largas y cabellera cana. 

Emilia fue de esas mujeres que consienten con las manos. Entre cazuelas y vasijas transcurrió la mitad de su vida en la cocina y lo que tocaba era convertido en oro para nuestros paladares. Su especialidad (o lo que a mí me gustaba más) era el volteado de piña, los buñuelos azucarados y los hielitos de leche que nos peleábamos entre los primos en las tardes mexicalenses de cincuenta grados centígrados y que aún ahora nos hacen salivar cuando los recordamos con la melancolía de que no volveremos a probar jamás algo igual. 

Mi papá me cuenta que de chico jamás fue a un restaurante o a una taquería si quiera. A mi abuela le parecía que no tenía sentido ir a pagarle a alguien más por algo que bien podía hacer ella. Si paseaban el fin de semana ella llevaba la comida para todos, porque era cierto, no había nada que ella no supiera preparar. Todavía tengo en los labios el sabor de su nieve de plátano, en mi nariz el aroma de sus frijoles recién cocidos y en la piel el calor de las tortillas de harina integral recién hechas en esas tardes en que nos quedábamos en su casa. 

¿Puedo ponerle mantequilla, abuela? Sí, mijita. Y me gustaba ponérsela luego luego para ver cómo el cubito amarillo pálido se convertía en agua y se deslizaba entre los huecos de la harina quemada, esos manchones color marrón oscuro de las tortillas hechas en casa. A veces hasta me dejaba tocar aquella masa pegajosa y esponjada y jugar a que yo también sabía cocinar como ella. Todas las formas posibles salían de aquellos intentos infantiles menos, claro, la tortilla perfecta como la de mi abuela.   

A esas abuelas de manos mágicas me recuerdan estos mandiles. Éstos así sin muchos detalles pero que a la larga son los que cuentan más historias. Escogí estampados sencillos y una paleta de colores simple, además de algodón orgánico para su confección, pues quise hacer un homenaje a esas mujeres que en pleno siglo XXI han vuelto a lo básico y se saben poderosas y conectadas a la Tierra cuando siembran, cosechan, cocinan y sirven un plato humeante a los que más aman. 

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