Los dos mundos
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Y así transcurren ahora mis días, a ritmos lentos y pausados, como los de la marea en su amorío con la luna. Así me detengo cada tanto cuando, ambiciosa, quiero ganarle aunque sea unos minutos al día y este crío mío me recuerda que ya habrá tiempo para sartenes limpios y camas tendidas, que el de ahora es para el sosiego.

Y me resisto en ocasiones porque no son sólo las camas y los sartenes sino un millón de sueños los que quiero salir a perseguir. Pero hoy soy madre y me toca nutrir, acunar y caminar sin prisas.

Matías el pecho, Emma un cuento, Matías los brazos, Emma una clase de costura, Matías el pecho, Emma una tostada de guacamole, Matías los brazos, Emma un juego de mesa, Matías el pecho otra vez. Y entre uno y otro procuro buscarme el tiempo para mí, el que me parece cada día más perdido y más preciado cuando logro coincidir con él.

Una hace lo que puede para no desdibujarse del todo en los primeros años de vida de los hijos, para seguirse reconociendo frente al espejo y no convertirse en fantasma entre los roles de madre, esposa y ama de casa. A esos sueños aún vivos, es a donde retorno para armarme las piezas otra vez. Y ahí, vuelvo a pedir siempre lo mismo: la bendita clave para el equilibrio entre los dos mundos.