LA VERDADERA LUCHA

Mi mamá murió a los 42 años, cuando yo tenía 14, de un cáncer que empezó una década atrás en uno de sus senos. Aún hoy, un cuarto de siglo después, al decirlo me sigo descubriendo frágil ante el torrente de memorias de mi madre en una cama de hospital o en una silla de ruedas, colocando en su cabeza sin cabello una peluca rojiza, de los murmullos entre sus cuidadores al cerrar despacio la puerta de su recámara después de una inyección de morfina, de sus gritos ahogados en una almohada por el intenso dolor o de una abrupta cicatriz en su pecho mutilado. Mi madre bella y amorosa, navegando en las aguas de un calvario que, muchos años después lo entendí, era el mío también: la incertidumbre.  

¿Por qué estoy enferma? ¿Por qué mi madre no es como las demás? ¿Cuándo se me quitará este dolor? ¿Cuándo va a curarse mi mamá? ¿Qué será de mis hijos cuando yo ya no esté? ¿Qué voy a hacer si ella se muere? Éstas y un millón de dudas más flotaron siempre en el aire espeso de mi infancia y de su adultez. Ambas envueltas en las interrogantes que a mí se me quedaron en el tintero porque su instinto protector nunca le permitió hablar abiertamente conmigo de sus temores. Y mis catorce años no me alcanzaron para tomar su partida con filosofía. Su muerte fue un parteaguas en nuestra vida y yo aún sigo recogiendo algunos pedazos de aquella Marcela que se rompió en la caída libre de la orfandad en la adolescencia. Lupita Cuenca, la Chinaca, me dejó la tarea de encontrar respuestas por las dos. 

¿Sabes mamá? He encontrado algunas, aunque creo que ninguna tan poderosa y liberadora como la certeza de que lo que pasó no solamente fue bueno, sino que fue perfecto. Hoy honro tu dolor, el físico y el emocional, porque con él tocaste a tantas personas y las condujiste al camino de la humildad y la gratitud. Porque el dolor nunca es en vano sino que siempre es purificador y el tuyo, ¿quién iba a pensarlo?, vino a lavarme las heridas muchos años después. Yo soy quien soy ahora por tu presencia en mi vida, la que aún hoy siento tan fuerte que en ocasiones hasta consigo tener la dicha de acariciarte a través de aquellos a quien amo. Cada vez te recuerdo menos enferma y más profeta, mensajera de amor y de fuerza.  

Durante muchos años tuve miedo de enfermarme yo también, mamá, ya ves lo que dicen de la genética. Tuve miedo de cuidarme y autoexaminarme porque no quería ni siquiera tocar el tema, mucho menos mi cuerpo. Me refugié en el miedo que se quedó latente con tu muerte y creí que mi negación sería mi mejor escudo, por lo menos hasta que encontrara un mecanismo de defensa más efectivo. Por mucho tiempo mi cuerpo fue sinónimo de enfermedad y destrucción y a tales ideas gestadas en mi infancia se sumaron las religiosas que lo conciben, subrayando sus elementos relacionados con la sexualidad, como una fuente de pudor y prohibición.      

Si estuvieras aquí mamá, te sorprenderías de que aún en pleno siglo 21 las mujeres seguimos avergonzadas de nuestros cuerpos y de gobernar con libertad nuestra energía sexual. Otra respuesta que encontré es que ése es el verdadero cáncer: la represión de nuestra fuerza femenina, instaurada en la cultura patriarcal dominante pero solapada por nosotras mismas que preferimos perpetuar la norma antes que autoexplorarnos y descubrirnos responsables de nuestra salud y de nuestras decisiones con respecto a nuestro cuerpo. Los tumores en los senos y en el cuello uterino, símbolos por excelencia de nuestra femineidad y maternidad, siguen siendo los más comunes cuando de cáncer femenino se trata. ¿Por qué las mujeres no nos morimos más de cáncer de pulmón o de piel? Porque no hay temas en los que tengamos la energía tan bloqueada como en la sana expresión de nuestra sexualidad y la libertad para ejercer nuestra maternidad con la única luz de nuestro instinto.

En el camino he conocido a mujeres que han enfermado de cáncer de seno y que se han curado, mamá, y ha sido de ellas de quienes he aprendido a dejar de atormentarme con la eterna duda de por qué Dios no nos escuchó cuando le rogábamos por tu salud. He encontrado que estas mujeres son maravillosas, fuertes y espirituales, igual que lo eras tú, igual que lo somos todas; lo que me llevó a dar con otra de mis respuestas. La sanación del cuerpo no es el éxito y la muerte no es el fracaso ante lo que mucha gente llama “lucha contra el cáncer” y Dios no es el responsable de una ni de otra. El viaje es muy personal, es de quien vive la enfermedad con todas sus manifestaciones y de quien aprende a resolver todos los días cada una de ellas. Todos somos tocados por la experiencia porque todos compartimos el mismo ego con los mismos miedos y el mismo espíritu con las mismas esperanzas, pero el ganar “la lucha” no depende de la desaparición de las células cancerosas, sino de nuestra resistencia. 

Sí moríamos todos un poco todos los días, mamá, tú de dolor y nosotros del miedo a perderte, pero en mi recuerdo estarán también siempre la alegría y confianza con la que a diario tomabas las riendas de tu vida a la que salías con tu eterna y contagiosa sonrisa, así como las uñas perfectamente arregladas. Seguramente te derrumbaste tantas veces, como seguramente te sacudiste también las rodillas para volver a levantarte. Siempre te veré triunfante, mamá, porque en el camino que te tocó andar encontraste tu propio paraíso. Nunca sabré si viste lo que veo ahora antes de irte porque yo era muy pequeña en ese entonces para entender otra de las respuestas: no hay nada ante lo que haya que luchar porque no hay ataque en ningún lado. Sí, el cáncer es desgarrador, pero mientras creamos que la embestida viene de afuera no nos detendremos nunca a ver el interior.    

Si hemos de enfrentarnos a algo, que sea a nuestras propias intransigencias y limitaciones, y no tanto en actitud de defensa, sino en una más amorosa que nos permita perdonarnos y liberarnos poco a poco de lo que nos mantiene atados. Que las mujeres aprendamos que al tocarnos nos estamos amando y cuidando, sí de un posible cáncer, pero más que nada del riesgo de llegar al final de nuestra vida sin habernos conocido realmente. Si en efecto existiera una lucha, que sea para doblegarnos los prejuicios y reconocernos poderosas, para identificar en dónde estamos estancadas y qué es aquello que nuestro espíritu nos pide a gritos. 

El cáncer habla a través de todas esas mujeres que lo han visto de cerca, las que aún están aquí y las que ya se han ido, las que hacen público su testimonio y las que sufren en silencio. Es responsabilidad de todas escuchar. 

El título de la foto es "Afortunada" y forma parte de la exposición "Manifiestos del Alma" de David Josué en CEART Tecate. 

El título de la foto es "Afortunada" y forma parte de la exposición "Manifiestos del Alma" de David Josué en CEART Tecate