La reja del jardín

Hay rejas que dividen y otras que protegen. Unas sirven para delimitar y otras para decorar. Algunas se elevan para evitar el paso y otras permanecen abiertas de par en par. Y hay otras, como en la que yo me recargué durante los últimos dos años, que recogen las lágrimas de los chiquillos y los suspiros de sus madres en el primer día de clases, que atrapan en el óxido de sus años las carcajadas de los buenos tiempos y atestiguan las eternas pláticas de las señoras, que se humedecen con la lluvia y se secan con el viento del correr del calendario. Que, como a mí, sirven de pretexto para conectar con alguien más. Tengo todo el agradecimiento que poseo para la reja del Jardín de Niños Carrusel, donde inscribí a mi hija en segundo de preescolar cuando llegamos a Tecate, hace dos años, y del que ahora se gradúa para irse a la primaria.

Aterricé en esta pequeña ciudad con el duelo de haber dejado a mis amigos en Monterrey y con la esperanza de conocer nuevos, pero muy pronto caí en la cuenta de que yo nunca había buscado la amistad de alguien, sino que en mi vida la amistad siempre se había dado de forma espontánea y natural: en la escuela, luego en el campo laboral y más tarde en mi vida de esposa y mamá. Entonces, como suelo hacerlo en ocasiones, me preocupé. Se me cerró el mundo y lo único que me mantuvo de pie fue la ilusión de que, de alguna manera, yo contaría con lo necesario a la hora de hacer nuevas amistades.

Emma fue la primera en ponerme el ejemplo porque al tercer día de haber entrado a su nueva escuela me pidió que invitáramos a la casa a una amiguita que había conocido en su salón. "¿Y cómo se llama hija?" "No sé mamá." "Bueno, cuando la veas pregúntale su nombre y el de su mamá, y pregúntale también si quiere ir a tu casa un día". Como mi hija es penosa igual que yo, pensé, de aquí a que se anime yo hago tiempo para agarrar valor y proponerle a una señora que le suelte su hija a una completa desconocida y encima fuereña como yo. Ok, al día siguiente Emma me dijo al subirse al carro: "Mamá, quiero invitar a Luciana y a Mariana, sus mamás se llaman Cristina y Estela. Y ya me dijeron que sí quieren ir". ¡Chin!

En la cavilación de cómo acercarme a las mamás estaba yo cuando me di cuenta, en los primeros días, que las señoras se quedaban en la mañana para ver a sus hijos a través de la reja mientras cantaban antes de irse a su salón de clases. Entonces supe que la reja era mi solución. Empecé a quedarme yo también, me guardé la timidez en la bolsa para acercarme a platicar y poco a poco me fui dando cuenta de que todas eran de una sangre tan liviana que casi casi flotaban las muchachas. Su calidez fue desbaratando mi vergüenza y su prontitud para apoyar a quien lo necesita es algo que me sigue dejando todavía hoy con el ojo cuadrado.

¿Que porqué agradezco a la reja? Porque ahí aprendí cómo se acerca uno a lo que sueña. En ella seguí el consejo que le damos a nuestra hija de hacer la pena chiquita para poder aventarla a un lugar lejano y atrevernos a dar el paso que la vida nos está pidiendo. Ahí conocí a mujeres maravillosas de quienes he aprendido y con quienes he disfrutado de un buen vino o una sabrosa carcajada. De pie frente a ella descubrí que lo que más valoro en este mundo es la conexión con los demás. Esas filas de hierro blanco fueron mi salvavidas para nadar como pez en el agua en este lugar.

En el último día de clases de preescolar de Emma, mientras la veía a través de esa reja cantar por última vez antes de ir a su salón, lloré de esas lágrimas que te convierten la sangre en puritito gozo corriéndote por las venas. De esas lágrimas que te hacen estar más segura que nunca de que estás en el lugar correcto y con la gente correcta. Gracias al Jardín de Niños Carrusel por haberle dado a mi hija la bienvenida y los amigos que espero la acompañen por muchos años más… y a mí la confianza de saberme bien recibida.

Gracias Cristina y Estela por haberme soltado a sus hijas esa primera vez y gracias a todas las mamás Carrusel por haber transformado mi duelo en la dicha que me hace ser cada día más feliz en Tecate. Veo y veré siempre en sus rostros y en el de sus hijos el amor del que todos somos merecedores.