La historia de Rubén Quintero

“Papá, tengo tres opciones: 1) Jugar contigo futbol, 2) Jugar Star Wars en Wii y 3) Armar el lego de la nave de Buzz Light Year.” Fueron las palabras de Rubén, mi hijo de 7 años, mientras yo me ejercitaba los ojos y la mente viendo a dos de mis equipos favoritos: Patriots en futbol americano y Dodgers en beisbol. Es poco común que uno de estos dos equipos juegue el domingo por la noche, es rarísimo que coincidan ambos, así que me preparé concienzudamente para esa noche, después de un día largo de trabajo y relaciones sociales. Para lo que no estaba preparado era para lo que mi hijo me diría: “Papá, elegí la número uno”. Yo sabía que a él le gustaba jugar conmigo, pero me comparó con 2 de las actividades en las que puede pasar horas y aun así, ¡él escogió jugar conmigo! ¿Por qué un niño tan inteligente y con tantas energías quiere jugar con un tipo que cada vez se mueve más despacio, le duele el cuerpo y le crece la panza? ¿Por qué rechaza la creatividad de los ingenieros que nos venden por unos cuantos dólares, juegos con una tecnología mil veces superior a la que nosotros tuvimos cuando éramos pequeños? Porque un hijo siempre prefiere a su padre, lo diga o no. Porque no hay juguete que pueda remplazar la presencia y el cariño que un hijo necesita de sus papás. Me da gusto que mi hijo tiene esa edad y sigue con la confianza para pedirme que esté con él; me alegra que no lo he bateado tantas veces al punto de que él sepa que tiene que conformarse con algo (tv, internet, juguete, etc.) cuando lo que más quiere es estar conmigo. Quisiera que esa confianza en mí y ese deseo de estar conmigo permaneciera durante la adolescencia, su juventud y aun cuando tenga a mis nietos.

¿Qué hice? No lo dudé, apagué la TV, mandé a la goma los deportes. Mi hijo anhela, tanto como yo, la compañía y hacer algo juntos. El tiempo es corto, la vida pasa volando y llegará el tiempo cuando mis hijos se vayan de casa. Así que, como todavía puedo, me puse a jugar fut con Rubén. Lo único malo es que el juego terminó muy rápido. El niño ya le pega muy fuerte al balón y cuando uno de sus cañonazos va directo a mis partes nobles, el árbitro pita el final.

 

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