La historia de Adriana Ortiz

"Amiga mía: Disculpa mi tardanza para responder a tu emotivo mail. He estado ocupada en algunas cosas. El martes por la noche llegué a casa (muy tarde). Papá pasó a recogerme a la oficina y todo el camino tuve que lidiar con Nenée, haciéndola subirse de nuevo a su asiento de bebé y después bajándola de la tapa del portaequipaje, todo esto con el carro en movimiento y mi papá maneja muy feo. Al llegar, la casa estaba hecha un desmadre. Mi madre (esa santa mujer), que tuvo a bien cuidarme a la princesita, estaba exhausta y se había ido por fin a ver sus novelas. Bendito escape. A la pobre la encontré casi en shock. Decidí mejor no hacer más preguntas, so pena de verme orillada a conseguir una niñera, que con mis críticos recursos, es una opción fuera de toda consideración.

Al entrar en la recámara, me quedé perpleja:

Había ropa por doquier y todos los cajones estaban abiertos (ajá, tipo Poltergeist, o El Sexto Sentido). Las mangas de las camisetas y las piernas de sus mamelucos colgaban hasta el piso. ¡¡¡El piso!!! El piso estaba cubierto por una especie de melcocha megaderrapante que después averigüé que era una mezcla de crema humectante, cereal, talco y bolitas de chocolate.

Casi todos los zapatos de la nena estaban regados por toda la habitación, y el vestidito de Blancanieves estaba lleno de crema y embarrado en el suelo. Los juguetes eran un interminable desfile desde el jardín de atrás, hasta la cocina.

Decenas de crayones, colores de palo y gises estaban por todas partes, con hojas coloreadas arrancadas de los libros.

Tomé aire y me dispuse a recoger todo. La nenita sólo se limitaba a sonreír con esa carita hermosa e inocente mientras me dizque ayudaba y repetía dulcemente: - "¿No importa, verdad mami?".

De lejos alcancé a oír: "Adriana, la niña casi no comió..."  Me la llevo de la mano a la cocina y le preparo un sándwich de jamón con queso y un chocolate. Yo no había comido, pero casi no me importaba, pues después de comerse el sándwich la bañaría y se dormiría, y entonces podría sentarme a disfrutar de una merecida cenita rodeada de tranquilidad. La muñequita se tardó más de cuarenta minutos en comer su cena entre juego y juego... Se colgó de la silla, se puso de cabeza... de repente voltée y donde estaba su cabeza, ahora estaba un par de piernitas descalzas haciendo bicicletas...

La ví, mientras me imaginaba a mis amigas de los martes... quizá felices platicando y divirtiéndose, aunque no recibí ningún mail, como sucede desde que ya me resulta imposible asistir por el trabajo y la nenita… bueeh... quizá no se reunieron.

Al terminar su cenita, se me ocurrió que quizá le dejaron tarea del kinder a la nena, y corrí a revisar su mochila, rogándole a Diosantísimo, que la ocurrente Miss no haya tenido a bien encargarle algo laborioso. Zás. Sí le dejó tarea la carajísima de la Miss Annie... Había que hurgar en las revistas -que no suelo comprar nunca y que tuve que conseguir en ese rato para poder hacer las tareas- y recortar y recortar y recortar. Ayudarla a pegar todo en su cuaderno mientras se distraía con cualquier pretexto para evitar terminarla pues ya le había aburrido. Después, meterla a bañar... y no es que no le guste... ¡¡¡al contrario!!! Le fascina y se tarda tanto que no puedo continuar con mis pendientes.

- "¡El agua está tanto caliente!", - "¡Me está saliendo agua fría!", - "¡Me entró champú en los ojitos!", - "Mami, tráeme mi muñeca", - "¡¡Mami, más burbujas!!", - "Mami, póneme musiquita...", - "¡¡Adriaaaaanaaaa!!, la niña echó todos los champús en su bañeraaaa!!". Y yo entrando y saliendo cada 30 segundos al baño cada vez que la nenita necesitaba de mi presencia.

-"Maaaaaamiii!!!!"

-"¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡QUÉEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEE!!!!!!!!!!!!!" ......

- ".... te quiero".

En fin, terminó de jugar y bañarse como 1 hora después, ya cuando estaba del todo arrugadita y relajada. Y yo, estresadísima.

Le sequé el cabello, porque como ya lo tiene muy largo, no es fácil que se seque solo, y menos con este frío... Le dí sus masajes, le puse su cremita, la vestí, le dí sus medicinas, claro, después de corretearla alrededor de la cama como por 15 minutos, mientras el medicamento chorreaba por el agujero del aplicador dejando bien pegajosos la cama y el suelo...

Finalmente, la acomodé en su lado de la cama. Se acurrucó contra mi pecho mientras me dijo que le hiciera "cucharita".

- "Mamita, te quiero, ¿me cuentas un cuento?", petición a la que respondí con una especie de resúmen carrereado que la niña supo reconocer de inmediato: - "Ésta era una vez una niña que vivía en un bosque, y su mamá le dió una cesta para que la llevara a su abuelita enferma, en eso, zás, que se topa con el lobo...", - "NOOOOOO, mamiiii, primero la mamá le dice a Caperucita que TEEEENGA CUIDAAADO CON EL LOOOOBO..."

Así transcurrió una interminable narración de cuentos interrumpidos una y otra vez para corregir las "omisiones".

La Caperucita Roja, Los tres cochinitos, El gato con botas, Hansel y Gretel... Al final atiné a contarle un cuento remix, donde la Caperucita Roja, se topa con Pinocho en el bosque y luego se encuentran a Ricitos de Oro y entre los tres llegan ancá la abuelita y sabotean el plan del lobo feroz agarrándolo a palazos con la nariz de madera de Pinocho que tuvo que decir muchas mentiras antes para que le creciera mucho y le doliera más al lobo. Nenée no paraba de reír en lugar de dormirse.

Es bonito hacerla reír, pero no cuando debería estar dormida hace 4 horas.

Hasta que varios cuentos después, en los que tomé la precaución de volverlos aburridos y monótonos, oí el sonido más placentero… Los ronquidos de mi hija.

Así pues, podía finalmente contar con un tiempo libre para sentarme en la compu a escribir y dibujar un poco. ¡Me gusta tanto! Me incorporé en la cama y ví el reloj. Las 12:40am. El cansancio me tenía demolida. Aún faltaba pararme a tender los diezmillones de calcetincitos, calzoncitos y demás ropita húmeda que mi mamá me dejó cariñosamente en el cesto rojo. Casi a rastras, junté como 50 ganchitos para colgarlo todo, y me salí al patio muerta de frío. Sonó el teléfono y era una amiga a la que hace mucho que no veo -ya saben, las ocupaciones. Me puse el teléfono entre el cachete y el hombro mientras colgaba cada prendita para no perder detalle de la conversación y poder terminar con mi chamba. Terminó la charla y la tendida de ropa como a la 1:15 am. Prendí la computadora y me dispuse a diseñar la invitación de los 5 años de mi sobrinito y hacer unos cambios a las 2 campañas de la Dirección de Ecología que tengo pendientes. Me comí una manzana con un vaso de coca. Apagué la compu. Me fuí a dormir.

Esta mañana, ya saben, despertar al angelito y vestirla y peinarla para el kinder. Omito todos los contratiempos.

Y bueeeeeno, finalmente aquí estoy, respondiendo a este mail tan emotivo tuyo, querida amiga...

Qué bueno que has decidio ser mamá... Es un regalo del Cielo, y una nuuuuunca deja de agradecer semejante bendición.

Te mando un abrazo muy grande.... Y CLARO, mi incondicional apoyo."

 

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