Llegué a vivir a Baja California hace casi ocho meses con un signo de interrogación dibujado en el rostro. Si me voy un poco más lejos, llegué a mi casa hace cuatro años y medio con una bebé en brazos y un signo de interrogación dibujado en el rostro. Antes de convertirme en mamá tenía un esposo, un trabajo y una vida más o menos planeada, en el caso de que sea cierto esto de que los seres humanos podamos presumir de que sabemos exactamente cómo queremos vernos en cinco o diez años. A mí honestamente siempre me ha costado trabajo tal proyección. Además del gozo que trajo consigo, la maternidad me ubicó en un punto en mi vida como de suspensión. ¿Me puede decir alguien por favor qué sigue? Detuve el paso. Si es tan amable, ¿cuál es el siguiente punto en el orden del día? Me preparé para rebobinar. Esta etapa de expectación terminó hace una semana en casa de Josie en Ensenada, donde el Pacífico me arrojó un mensaje enrollado dentro de una botella. Josie era barbera en California en su juventud. Conoció a Bill (uno de sus clientes) y se casó con él. Vivieron un tiempo en California y, hace más de 20 años, vinieron a Ensenada y ya no quisieron salir de ahí. Compraron una casa frente al mar en Punta Banda, antes de llegar a La Bufadora, y ahí cada uno construyó su área de juegos: Bill un garaje con toda la herramienta existente sobre la Tierra y Josie un estudio de costura donde pasa las horas cuando no está en San Diego visitando a su hija y sus nietos, en Maneadero buscando tesoros en el sobrerruedas, comprando su pan dulce favorito o las verduras orgánicas que los productores locales ofrecen a diez pesos la bolsa, en la cocina preparando la cena para Bill en una estufa blanquísima O'Keefe & Merritt de los años cincuenta, en algún restaurante del poblado o en su recámara viendo televisión o leyendo blogs de quilting en internet.

Mi amiga costurera Jared y yo llegamos a casa de Josie el martes por la mañana para una clase de quilting. La primera bocanada de aire impregnado del olor a algodón al abrir la puerta de su estudio me transportó a veintitantos años atrás, cuando mi papá ponía unos dólares en mi mano antes de entrar a la juguetería, a la tienda de Sanrio en el centro comercial o a la dulcería, y  mientras las mariposas revoloteaban en mi panza y los ojos me ardían de tanta atención concedida a cada juguete, hello kitty o chocolate, mi paso era lento porque mi consigna era tomar la decisión más inteligente y exprimir todo el jugo de cada moneda para llevarme a mi casa la mayor cantidad de trofeos posible. En el estudio de Josie lo que me esforzaba por estirar eran las horas porque contaba con muy pocas para empezar el trabajo de acolchado de mi primera cobija.

El primer paso fue terminar de coser las esquinas de mi primera capa (una colcha se divide en tres: el frente, el relleno y lo de atrás). Después escogí y corté la tela para la capa de abajo del tamaño de mi colcha y "ensandwichamos" las tres capas. Lo que siguió me tomó unas cinco horas: unir las tres capas paseando la aguja con hilaza de algodón por toda la superficie de la colcha para lograr estabilidad en todos los puntos y al terminar, empezar el fino trabajo de acolchado a mano. Antes de terminar con este paso hicimos una pausa para comer unos vegetales al horno que yo llevé para compartir, una ensalada de repollo, semillas de girasol, brócoli, granada y piña que hizo Josie y los frijoles de la olla más ricos que he probado en mi vida. Luego volví a las puntadas. Cuando llegó la noche hicimos otra pausa para cenar unas enchiladas rellenas de la carne de un cangrejo que, según nos contó Bill, no tenía ni tres horas de haber salido del mar. Volví a las puntadas de nuevo, esta vez (¡gracias!) con ayuda de Jared. Se hizo más noche todavía y nos fuimos al cuarto de huéspedes que Josie preparó para nosotras, donde nos explicó cómo usar la televisión enorme que nunca prendimos.

Cuando amaneció me esperaba el mar por la ventana de enfrente y una montaña esmeralda por la de atrás. Los cientos de días desde el 5 de junio del 2007, cuando nació mi hija, las noches, las lunas, los soles, las charlas abrazadoras con mi esposo, los cambios de pañales, las llamadas telefónicas, las gotas de lluvia, las tardes con amigas entrañables, las compras en el súper, las fotografías en el parque, las páginas avanzando en un libro, los tragos de limonada, los primeros pasos, las lágrimas, las carcajadas, las papillas, los vientos, las hojas verdes y las marronas, las caminatas, las primeras palabras, las canciones de cuna, los cuentos leídos e inventados, las citas con el doctor, los huevos estrellándose en el sartén, los olores a canela y tierra mojada del otoño, el primer día de escuela, las pizzas frente a la televisión, los escobazos levantando el polvo, los viajes por aire y por tierra, las dudas, las certidumbres, los silencios, las acuarelas, el huracán, los pasteles de cumpleaños, las decisiones difíciles, las navidades, el silbato del afilador, el primer morral… se agolparon ahí, cuando el Pacífico me trajo el sosiego.

Quiero hacer esto siempre, lo que me gusta. Ahora son bolsas, colchas, bufandas y cobijas tejidas, textos personales y recetas. Mañana no sé qué será, pero sí sé que no quiero seguirme preguntando. Quiero hacer, no responder. Una vez me dijo Edith Arath, mi maestra de meditación, que la esperanza debe ser lo primero que muera. El que no espera saborea lo que hay. El que espera puede pasarse toda la vida así, sólo con la esperanza. Quiero hacerle caso.

Baja California es el mejor lugar donde puedo estar ahora. La nostalgia me encoge el corazón todavía y muy seguido aviento dos o tres lágrimas por la gente que amo y está en Monterrey, pero el signo de interrogación ya medio se desdibuja. La incertidumbre se evapora. Muy deepakchopreano si gustan, pero mi credo me asegura que el sincrodestino unió los caminos de una barbera californiana y una niña mexicalense y dudosa años atrás. Unió mi camino con el de ella y con el de toda la gente que me rodea en mi nuevo hogar. Agradezco a la vida esta oportunidad.