IMG_4321 “Todo esto es Zinacantán, pero como hay mucha neblina ahorita no van a poder verlo”, dice Xunka con una carcajada abierta mientras limpia con su mano el vidrio empañado de la combi que nos conduce al municipio chiapaneco. “Bueno, pues vamos a tener que imaginarlo”, le contesto yo y ella vuelve a sonreír.

Son poco más de las nueve de la mañana de nuestro último día del viaje a San Cristóbal de las Casas, donde conocimos a esta mujer tzotzil de ojos aceitunados que fue por nosotras al hotel para llevarnos hasta Los Altos de Chiapas, donde la cooperativa en donde ella trabaja, “Mujeres sembrando la vida”, organiza talleres de cocina para compartir con otras zinacantecas formas más saludables de preparar los alimentos y de llevar a su familia un ingreso extra con el cultivo de setas.

El camino de San Cristóbal a la cabecera municipal donde vive Xunca está lleno de tramos abrazados por niebla, pero al llegar al lugar donde ya nos espera Doña Vicky para el taller, el aire se siente limpio y los tímidos rayos del sol consiguen acuchillar la densa nubosidad para darle a la casa de adobe y madera una iluminación natural que se cuela por puertas, ventanas y uno que otro hueco en el techo cubierto de teja.

Sandra, Sisy, Vero y yo entramos al pequeño hogar donde ya hay una docena de mujeres morenas de cabello trenzado hasta la cintura reunidas, listas para empezar a cocinar. Xunka nos invita a formar un círculo para presentarnos y una a una vamos diciendo nuestro nombre y de dónde venimos. Ninguna de ellas habla sin sonreír, entre el tzotzil y el español, con un gesto de bienvenida a las foráneas que se respira como parte de la mezcla de leña quemada y humedad por la llovizna que se avecina.

El objetivo del día es aprender a cocinar con setas y aquí Doña Vicky es la experta. Ella tiene un comedor en San Cristóbal donde mantiene vivas las enseñanzas que su abuela le transmitió desde que se fue a vivir con ella a los seis años para poder ir a la escuela. Xunka nos organiza en equipos y la maestra nos pide que rallemos la zanahoria, asemos los chiles, piquemos los morrones, pelemos los chayotes y deshebremos los hongos. Todas obedecemos mientras Xunka nos toma fotografías y de vez en cuando mis amigas y yo sacamos nuestros teléfonos para tomar las nuestras.

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FOTO DE SISY GARZA, esperando con Xunka la combi para irnos a Zinacantán.

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Envuelta en la luz de cuento que invade la casa y el fondo musical de la lengua indígena de nuestras anfitrionas, pienso que hay veces que vivimos tan lejos del México de verdad y agradezco que se nos haya invitado a formar parte de esta mañana de anafres, peltre, chile y maíz. Mientras el pícaro Gabriel juega con una resortera hecha por él mismo con dos varitas y un globo delgado, Teresa amamanta al bebé Rogelio para ofrecerle luego unos cubos de la papa que ya está cocida, otra apunta en un cuaderno las instrucciones de Doña Vicky y tres más por otra esquina cuchichean en tzotzil, las veo a todas y me doy cuenta que aquí y en China, siempre que haya más de dos mujeres reunidas, habrá alimento para el cuerpo y para el alma.

La convivencia entre ellas es lo que más le gusta a Xunka de su trabajo como encargada de la cooperativa, que por cierto fundó su madre hace más de una década cuando falleció su esposo y se vio sola con cuatro hijas, con el fin de solicitar apoyos del gobierno y de ONGs para su familia y todas las mujeres de su comunidad. Magdalena, a quien la sonrisa le empieza en los ojos, tiene sesenta y tantos años y el cariño de todas las vecinas a quienes ha beneficiado con su trabajo y el de sus hijas, tanto en el terreno económico con el trabajo colectivo de la venta a un precio justo de sus prendas confeccionadas en telar de cintura que con sus colores hacen temblar a cualquier lienzo mexicano del período post-revolucionario, como en la educación y en la defensa de sus derechos humanos.

“Me gusta platicar con todas ellas, me gusta ver cómo se han superado y cómo tienen tantos deseos de aprender”, dice Xunka, quien a sus treinta años y una licenciatura en informática, tiene todas las ganas de seguir estudiando y trabajando en beneficio de las mujeres y la equidad de género.

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Aquí el tiempo corre de otra forma, así que la comida está lista hasta después de unas tres horas. Quizá porque se nos nota el hambre en la cara, pero nos ofrecen un café de olla y a mí, que no tomo café, me sabe a gloria. Parece que hemos terminado de cocinar todo, cuando escuchamos un ruido afuera y como abejas a la miel nos acercamos con los ojos como platos a un enorme molino que nos brinda la joya de la corona: una masa tan virgen que no tiene más que maíz, agua y unas gotas de limón para neutralizar un poco el exceso de la cal que se usó en el cocimiento. Una de ellas amasa, divide la mezcla en dos platos y los lleva al fuego, donde ya la esperan dos mujeres sentadas con la prensa de madera y arrancan con la danza de las bolitas que van de la mano al tortillero, luego al enorme comal y al final al pequeño cesto que las va apilando una por una. Un baile que, para nuestra fortuna, nos permiten a las cuatro norteñas continuar y atacarnos juntas de la risa con nuestro ritmo mucho más pausado y la torpeza propia del principiante en el arte de cocinar la gema mexicana de forma pareja y sin ningún doblez.

Así, recién salida del comal, la tortilla sola es el primer alimento que nos llega al estómago ese jueves. La tortilla de maíz, el oro de los pueblos indígenas y la raíz por la que México se conecta con la tierra. El sol que corre por las venas de quienes vivimos en este país de contrastes, donde se guardan los sueños en surcos y se reza porque a la mañana siguiente haya brotado el néctar de nuestra vida, lo que todos somos: maíz amarillo, rojo y azul. Un cachito de esta alhaja nixtamalizada, a la que muchas veces no tenemos acceso en las ciudades industrializadas donde vale más el exceso que la pureza, nos llevamos ese día en Zinacantán. Una tortilla de maíz y todo el tiempo del mundo para saborearla.

Después de servirnos dos o tres veces de los guisos con setas, nopales y otras verduras que cocinamos entre todas, escucho a tres de ellas comunicarse en esa lengua que no entiendo, pero luego noto que nos ven y se ríen. Yo les sonrío de vuelta como con un “Cuéntenme, ándenle” en el rostro y una de ellas me dice en español que les da mucho gusto que hayamos comido tanto, porque a veces las visitan personas que no quieren comer nada de lo que les ofrecen. Después me pregunta si nos gustó la comida. “¿Que si nos gustó? ¡Si casi nos acabamos todo! Como te habrás dado cuenta, nosotras sí somos de buen diente”. Carcajadas otra vez, como en toda la mañana.

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Entonces nos despedimos de todas ellas y nos vamos en compañía de Magdalena y sus hijas a su casa, un par de cuadras más arriba, para llevarnos la cereza del pastel de este día medio nublado en Chiapas. Ahí nos muestran sus bolsas, blusas, manteles y chales llenos de flores y colores rosas, morados y azules intensos, todo hecho con el arte prehispánico del telar de cintura, en el que me explica una de ellas que junto con los hilos se van tejiendo también sus sueños, por lo que deben pensar muy bien en la medida del proyecto final antes de empezar, pues una vez terminado no existe la opción de cortar nada, sólo de unir una pieza con la otra.

Nos vamos cada una con nuestro chal y uno que otro recuerdo tejido y bordado a mano. Pero en la combi de regreso a San Cristóbal y con el sol ya rindiéndose a media tarde, me aseguro de llevarme también cada árbol, cada nube y cada aroma de este día que no planeamos vivir y que, sin embargo, para mí fue el más feliz del viaje.

Gracias a Xunka Hernández por llevarnos a su casa, a cada una de las mujeres zinacantecas que nos recibieron con la calidez de una vieja amistad, a Ana Simbeck, gerente del hotel b¨o donde nos hospedamos y a Claudia Muñoz, creadora de la línea de diseños indígenas Chamuchic con el trabajo de artesanas de Los Altos de Chiapas, por haber sido juntas el puente para irnos con Xunka a Zinacantán; a Kary Chiñas por estar al pendiente de nosotras en todo el viaje para mostrarnos lo mejor de San Cristóbal de las Casas, y sobre todo gracias hasta el cielo a mis manas del alma Sandra, Sisy y Vero y a sus maridos Rafa, Fer y Dani por hacer posible este viaje. Y al rey de mis días, mi David Josué, mi compañero, mejor amigo y amor de mi vida, por la inspiración.

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Y EN OTROS RUMBOS DE SAN CRISTÓBAL:

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FOTO DE SISY GARZA, LA VERITO Y YO :)

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FOTO DE SISY GARZA, AQUÍ CON KARY CHIÑAS ;)

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FOTO DE SISY GARZA, LAS CUATRO ALEGRES COMADRES :)