INSPIRACIÓN Y PLACER
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¿Por qué hablo tanto de "inspiración"? Creo que los seres humanos vamos por la vida casi siempre en automático: del trabajo a la casa, de la casa a la escuela, de un semáforo a otro, del desayuno a la comida y luego a la cena, de un mail al siguiente, de la Navidad a la primavera y luego de vuelta. Siempre bajo la inercia de lo que sigue hasta que, de pronto, llega un momento en el que algo nos hace detener el paso y ver un poco más allá de las obligaciones o lo que "debe ser". Y lo que más me gusta, es que eso que nos invita a la introspección suele ser algo muy cotidiano, pero que no habíamos tenido la claridad para ver: una canción, una película, la pregunta de un niño, la luna, una charla de dos minutos, un olor que nos da alas para viajar, una fotografía, un libro, el agua caliente en la regadera. 

Ese momento en que nos permitimos leer el mensaje que trae consigo lo cotidiano es a lo que yo llamo inspiración, porque de ese segundo de lucidez se deriva siempre un impulso, una idea, una emoción, una actitud o, qué mejor, una acción que transformará nuestra persona y nuestra vida en algo mejor y que contagiará a otros para continuar con la cadena del entusiasmo y la creatividad.

La tarea es encontrar todos los días ese punto, o mejor dicho: estar atentos cuando él nos encuentre. Y por qué no, estar dispuestos a rendirnos al placer que este encuentro es capaz de generarnos.

Confieso que mi relación con el placer, hasta hace algunos años, no era muy amigable. Desde muy chica aprendí a ser una buena niña, a portarme bien y a no disgustar a nadie, quizá porque en mi casa se vivía una problemática intensa relacionada con la enfermedad, lo cual ya me parecía suficiente como para atreverme a dar un problema más. De acuerdo a su personalidad, todos los niños toman de diferente manera las experiencias que se les presentan en la infancia y en mi caso, yo fui la niña que se tomó todo muy a pecho y que entendió que la única manera de salir bien librada era cumplir con los estándares familiares, sociales y escolares. Y si acaso había oportunidad de superarlos, pues qué mejor.

Evidentemente éste fue un proceso inconsciente, pero aún así moldeó mi infancia y mi pubertad a tal grado que me era muy difícil darme la oportunidad de desbocarme, de romper en pedacitos las reglas y carcajearme abiertamente de ellas. Fui una niña de puros dieces, integrante del coro de la Iglesia, ganadora de concursos de ortografía y con un solo novio en toda la adolescencia. Hoy que tengo 36 años volteo a verme de niña y entiendo que ese fue el camino que escogí por diferentes circunstancias y que, aunque me doy cuenta que me costaba trabajo disfrutar de la vida por mis altos estándares de exigencia y perfeccionismo, esa niña que fui me llevó hasta donde está la mujer que soy ahora. Y hoy que volteo a ver a mi mamá y a mi papá de jóvenes creo más que nunca en aquello de que uno es quien escoge a su familia para venir a este mundo a vivir lo que le haga falta para evolucionar. Hoy sé que no pude haber tenido mejores padres y mejores hermanos y que todos, cada uno con nuestro rol, hicimos siempre nuestro mejor papel.

Y eso me ayuda a soltar el pasado, a librarme de las cargas y a entender que esa niña asustada ya no tiene razón de estarlo… que ahora es momento de disfrutar de los juegos en la feria. Por eso digo que el placer es un acto de rendición, porque hay que doblegarse para desatarnos las manos de viejas creencias antes de entrar a un mundo donde no hay reglas ni expectativas, sólo la posibilidad de la complacencia. Ahora me doy cuenta que la inspiración está muy ligada con el deleite, con el permiso que nos damos de abandonarnos en el presente, de dejar de preocuparnos por lo que ya fue o lo que todavía no ha sido y simplemente fluir. ¿Que hay gente a la que le cuesta más trabajo que a otra? Es posible. Pero cuando quiere emerger en mí esa niña perfeccionista intento verla con indulgencia y recordarle (recordarme) que no hay nadie afuera que vaya a emitir juicios o dictámenes, que soy yo sola quien me los creo y que por ahora puedo dejarme en paz.

Aquí les comparto algunas de mis condescendencias, esas en las que me puedo quedar horas y a las que puedo acudir cuando traigo bajos los depósitos de inspiración.

COSER CON COMPAÑÍA:

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ACERCARME A LA NATURALEZA:

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SALIR CON EL AMOR DE MI VIDA:

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UFFFFFF.... COMPRAR TELAS:

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CONOCER LUGARES NUEVOS:

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VISITAR UNA LIBRERÍA:

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"CRAFTEAR" CON MI HIJA:

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VER EL MAR:

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COSER:

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BUSCAR FRASES QUE ME EMPUJEN:

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VER LAS COSAS DESDE OTRA PERSPECTIVA:

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COMADREAR CON GENTE QUE QUIERO:

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LEER UN BUEN LIBRO:

libro

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