_DJ32331 Tengo dos días tumbada en la cama con influenza estacional. Y desde aquí, uno piensa: ¿como qué podría resultar inspirador en un domingo en el que no puedo levantarme, no puedo salir, no puedo hacer nada, no me sabe la comida a nada, no puedo llevar mi vida normal, no puedo más que dormir? Bueno, pues eso, estar con una misma y con sus pensamientos. Eso fue lo inspirador para mí hoy.

Tenía casi seis años de no estar en la cama, de que una enfermedad no me tumbara de esta manera, de no tomar un antibiótico; así que sin temor a equivocarme, esta gripona muy seguramente vino a decirme algo. Soy firme creyente de que los medicamentos (alópatas o alternativos) pueden curar tus síntomas, pero una verdadera sanación sólo viene desde adentro, desde el espíritu, donde alguna emoción o necesidad profunda de tu ser se quedó bloqueada por alguna razón. El cuerpo es sabio y nos habla cuando se manifiesta una enfermedad, pues con ella nos obliga a detenernos y a pensar lo que no hemos querido pensar o sentir lo que no hemos querido sentir. En el inconsciente se guardan una y mil experiencias del pasado que de alguna forma nos impactaron como para no olvidarlas jamás, y se quedan ahí en forma de creencias que son como una especie de panel de control donde se gestan todos nuestros pensamientos, sentimientos, emociones, actitudes y acciones. ¿Cómo podemos acceder a esa información tan enterrada con el pasar de los años? Con las señales que nos da el cuerpo.

Una primera pista es observar a qué te obliga tu enfermedad. En el caso de mi querida influenza, como diría mi hermano mayor, más claro ni el 7Up. Estoy obligada a descansar. ¿Descansar de qué? Es ahí cuando vienen las sutilezas. Yo tenía algunos meses sintiendo la carga pesada de una culpa sin sentido (como la mayoría de las culpas, me atrevo a decir). Me sentía culpable por no dar el 100% como mamá, como esposa, como hija, como amiga, como hermana. Durante mucho tiempo he sentido que es mi responsabilidad el hecho de que los demás estén bien: cuando era soltera mi papá y mis hermanos, y ahora que tengo mi familia, mi esposo y mi hija. Si en mi grupo de amigas había una discusión, yo era la primera en levantar la mano para ayudar a limar asperezas. Si entre mis hermanos había una diferencia, me apuntaba enseguida para solucionar el conflicto (que ni mío era, by the way). ¿Que de dónde viene esta sensación de responsabilidad por el bienestar ajeno? Uy, podríamos escribir un libro al respecto. Lo importante es detectar que ahí está y, más importante todavía, perdonar y soltar.

La influenza de mi alma y de mi corazón me impidió ir ayer a un paseo a La Rumorosa nevada con unos amigos que quiero mucho. La primera visita a la nieve en la vida de Emma, cabe destacar. David y Emma se fueron solos y yo me quedé sólo con las fotos y la enorme satisfacción de imaginar a mi nena gozar como enana. La gripita me obligó a dejar en manos de alguien más el cuidado de mi hija: ¿qué comió?, sabrá Dios; ¿se puso gorro para salir a los cinco grados centígrados?, quién sabe; ¿se lavó los dientes antes de dormir?, ni idea. Con decirles que David la bañó en el baño de nuestra recámara y yo sólo alcanzaba a escuchar: "¿Ya te sabes poner el champú solita verdad Emma?". "¡¡¡Siiiii!!!", contestaba ella muy emocionada. Y mis deseos de ir a tallarle bien la cabeza o mínimo decirle a mi esposo que se cerciorara de que lo hacía bien se vieron sofocados por mi amiga la influenza que no me dejó ni un gramo de fuerza como para cumplir con mis responsabilidades (¿o necedades?) maternas.

Esto cansa... y entristece... y en ocasiones hasta frustra. Y no me refiero al quehacer diario, sino a tener la sensación de que por más que se intente, no se alcanzan las altísimas expectativas que UNO MISMO (y nadie más) se ha impuesto. Son casi las cinco de la tarde, yo sigo en cama y Emma estará feliz haciendo su propia pizza en el negocio de mi papá, y David estará feliz sólo de verla. ¿No es arrogante de nuestra parte el pensar que los demás nos necesitan para ser felices? He llegado a pensar que sí. Yo no sé cuándo se irá mi cómplice la influenza, pero sí sé que la vida seguirá su curso, esté yo de pie para lavar los platos o no. Me he dado cuenta que la necesidad más profunda de mi ser es sentir que puedo confiar en los demás, que así como yo estoy ahí para ellos, ellos también lo están para mí. Y que no pasa nada si se pide ayuda, como tampoco pasa nada si se pide "kin" en el juego de los quemados para agarrar un poco de aire. Y que, sobre todas las cosas, no hay expectativas que cumplir… sólo momentos que disfrutar.

 

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