INSPIRACIÓN DOMINICAL: Media luna, vino y jazz en California

En el atardecer de ayer tuve un encuentro cercano con la inspiración. Me la topé así de frente, casi pude tocarla, estoy segura de que pude olerla. Entre las cosas que más me gustan en esta vida están las ocasiones que te hacen recordar que todos estamos conectados, que la pasión por lo que uno hace no es un lujo sino una necesidad básica o que la risa es de las mejores vestimentas. El gran Tony Bennett me recordó ayer las tres al mismo tiempo. Cuando la media luna californiana se asomaba orgullosa en el manto azul oscuro del jardín del Pala Casino, al norte de San Diego, la voz potente de este señor de 86 años me erizó la piel y su ángel me hizo sonreír.

David me pidió unos meses atrás que fuéramos a ver a esta leyenda del jazz, contemporáneo de Frank Sinatra, en cuanto se enteró de que estaría muy cerca de donde vivimos. Yo, con toda honestidad, debo decir que no lo conocía, así que mi esposo me puso su música en la computadora e inmediatamente le dije que sí quería ir. Y qué bueno que fue así.

Luego de una ovación de pie cuando apareció, Anthony Dominick Benedetto nos platicó cómo Bob Hope lo convirtió en Tony Bennett a mediados del siglo pasado y desde ese momento despuntó su carrera como intérprete de los clásicos estadounidenses de toda la vida. "Mucha gente me pregunta por qué canto canciones tan viejas, de los veintes, treintas y cuarentas. Pero es que en esa época se escribían canciones hermosas, más hermosas que las de ahora. He cantado en todos los continentes y en todas partes la gente se sabe estas canciones", nos contó con su sonrisa contagiosa el cantante, la misma con la que se subió al escenario y no se borró hasta que lo vimos bajar de él.

Y es verdad que "Cold, cold heart", "The shadow of your smile" o "The way you look tonight" son piezas bellas, pero Tony las hace únicas porque no sólo las canta, sino que además las encarna. A este hombre no le corre sangre por las venas, le corre luz… esa luz de los que están convencidos de que nacieron para algo y a ese algo se rinden y se entregan. Y esa rendición no puede más que inspirar, contagiar a quien la vislumbra, porque esa luz no es sólo de esos seres que han encontrado su pasión, sino de todos. Si soy capaz de verla, es que también está en mí.

"Fly me to the moon" fue de las más aplaudidas entre las melodías con las que nos hizo vibrar durante sesenta minutos, pero cuando en el ocaso del concierto llegó el turno de "Smile", la atmósfera se enterneció aún más e incluso algunos de quienes me rodeaban soltaron una lágrima. La canción vino acompañada de la anécdota de una carta que el autor le mandó a Bennett desde Suiza con el siguiente mensaje: "Querido Tony, muchísimas gracias por resucitar mi canción y hacerla famosa de nuevo". "Y firmaba la carta: Charlie Chaplin".

"Smile, though your heart is aching. Smile, even though it's breaking. When there are clouds in the sky, you'll get by. / If you smile through your fears and sorrow. Smile and maybe tomorrow you'll see the sun come shining through for you. / Light up your face with gladness. Hide every trace of sadness. Although a tear may be ever so near. / That's the time you must keep on trying. Smile, what's the use of crying? You'll find that life is still worthwhile. If you just smile."

Y así sonríe Tony: siempre. Estoy segura de que el cantante neoyorquino de ascendencia italiana sacó de cada una de las almas que nos reunimos esa noche fresca el deseo de vivir así como él: sonriendo si es que la vida me da diez años para hacer lo que amo… o como a él, más de medio siglo para seguir inspirándose e inspirando.