INSPIRACIÓN DOMINICAL: La tierra y yo
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Cuando era chica tenía asma y desde que fui diagnosticada, alrededor de los seis o siete años de edad, me prohibieron jugar en el pasto, correr demasiado y exponerme a lugares muy empolvados o con humedad. Mi enfermedad no era muy severa pero sí pasaba temporadas en las que debía cargar en la mochila el inhalador y tomaba medicamentos para aminorar síntomas alérgicos como los cuarenta estornudos que me aventaba por minuto. 

Gracias a las recomendaciones del médico, mi infancia y pubertad transcurrieron más en quietud que en movimiento. Aprendí a andar en bicicleta hasta los diez años, me salté todas las clases escolares de educación física y por más que se me antojara, el zacate era una zona acordonada en mi cabeza. Quizá esta sea la razón por la que crecí un poco alejada de la naturaleza, como más en contacto con el pavimento, aunada a que el clima desértico de Mexicali tampoco era el más propicio para la proliferación y el disfrute de las áreas verdes.

Así crecí, más hija del asfalto que de la tierra. Y a lo mejor es por eso también que la vida me trajo a una hija silvestre, enamorada de los árboles y de las maromas en el césped, para que al gozarla mientras la veo correr por la arena y acercarse con curiosidad a una piedra me atreviera a llamar a la Marcela que se quedó sentada en la banca del parque mientras los demás jugaban a los encantados.

Y de eso me acordé hoy cuando llegamos a un lago para ver a la parvada de patos que ahí se dan cita para picotear las migajas de pan que les avientan los niños y Emma los disfrutó un rato pero enseguida corrió al pasto para practicar sus ruedas de carro. La verdad es que se tiraba y se rodaba por la alfombra verde por más tiempo y olvidaba las acrobacias, y mientras David le tomaba fotos y yo la veía revolcarse atacada de la risa por la mezcla de tierra, hierba y hojas secas temí por un segundo que estuviera a punto de enroncharse, perder el aire o estornudar aquellas cuarenta veces. Entonces me callé el impulso de detenerla como me detuve yo a su edad y en lugar de orillarla a que se viera en mi espejo decidí verme yo en el de ella… porque el asma y la alergia ya no están y porque ese césped que de chica acaricié sólo con los pies desnudos gracias a que un médico alternativo aconsejó a mis padres que me levantaran todas las mañanas a caminar descalza sobre el rocío del pequeño cuadro de zacate en el patio de mi casa, ahora me invita a perderle el miedo a través de la despreocupación de una niña de, curiosamente, seis años de edad.

Es cierto que todavía tiemblo con las arañas y que no me atrevo a dormir en una casa de campaña en medio del campo, pero tengo que agradecerle a Emma el que haya venido a enseñarme que la tierra no es algo ajeno a nosotros, sino que eso mismo es lo que somos. Se lo voy a agradecer siempre porque ahora que he dado un salto fuera del concreto noto que sobre la arena, el pasto o la piedra camino mucho más ligera. Esa cinta de plástico amarilla que usé para acordonar lo inalcanzable ha perdido validez.

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