INSPIRACIÓN DOMINICAL: La cuilta que me invitó a meditar.

ID Cuilta Emma Cuando me levanto temprano y David y Emma todavía duermen, suelo bajar al primer piso de mi casa, abrir sólo una de las cortinas para ver el cerro Cuchumá, el más representativo de Tecate, tomar un cojín, ponerlo en el suelo frente a esa ventana, sentarme sobre él con las piernas cruzadas y meditar. No soy ninguna experta, simplemente cierro mis ojos, me concentro en mi respiración y así me quedo por unos diez minutos. Luego junto mis manos para agradecer a Dios el nuevo día y me postro en el suelo para pedirle que sea Él quien hable por mí, quien tome las decisiones por mí, quien camine por mí en esa jornada. Confieso que no soy nada religiosa, así que este pequeño ritual es mi tesoro para recordar siempre que puedo que no soy más que un grano de arena en la playa y que mi verdadero ser está conectado con Dios.

Pero ayer y hoy el ritual cambió un poco. Como estoy cien por ciento concentrada en las colchitas que quiero coser en esta primavera, rescaté del clóset la de mi nena Emma, la primera "cuilta" que armé cuando el destino maravilloso me llevó hasta el rancho de Fressia a un taller de quilting con Jossie. Agarré la cobija y me senté en el rincón que más me gusta de mi casa, una esquina donde hay dos sillones, un librero, una mesita con una lámpara y donde entra una luz divina. Esta colchita todavía no la termino porque la estoy "acuiltando" a mano y es un trabajaaaaaal. Pero lo que tiene de laborioso, lo tiene también de terapéutico, y ayer y hoy descubrí que también de inspirador.

Tomé entonces la cobija, la desparramé por las piernas y me quedé un poco más de una hora dándole unas cuantas puntadas. Y bueno, ya estando ahí aproveché para concentrarme en mi respiración y me acordé tanto de mi amiga Dani, quien me dijo una vez que uno puede meditar e incluso alcanzar la iluminación hasta sentado en la taza del baño. Yo estuve sentada en el sillón y, honestamente, no alcancé la iluminación jajaja, pero sí un momento de profunda paz en donde más me gusta encontrarla: en lo cotidiano. Pocas veces le otorgo a algo material un valor sentimental tan profundo como se lo he impregnado a esta cuilta, a la que cada vez que veo la imagino abrazando a alguna de mis tataranietas.

 

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