Un día vi en una foto facebookera un par de frases que no recuerdo al pie de la letra pero que iban más o menos así: "Hijo, cuida mucho tus pasos". "Cuídalos tú papá, yo voy siguiendo los tuyos". Para ponerse a pensar. Es bien sabido que los hijos aprenden más de nuestro ejemplo que de las palabras que podamos expresarles, pero quizá nunca estamos al cien por ciento conscientes de que ellos vienen justo detrás de nosotros imitando desde nuestros gestos hasta nuestras virtudes y defectos. Y aunque es común que a la madre se le atribuya la labor de educar y al padre la de proveer, lo cierto es que los hijos también tienen ojos para él… en su camino toman en cuenta también sus huellas. 

Hoy fuimos a festejar a dos hombres a quienes la vida me ha dado la bendición de conocer de cerca. A uno lo conozco desde que nací y es a quien de hecho le debo la mitad de mi vida. Le debo el ejemplo de fortaleza y perseverancia, el de la habilidad de reírse de uno mismo y de todo lo que se pueda, el de tomarse la vida sin tanta solemnidad. Le admiro su capacidad de maravillarse, su entrega y dedicación a sus hijos y su facilidad para contar historias. Le agradezco que le brillen los ojos cuando ve a mi hija y que me siga queriendo aunque le niegue un vaso de nieve o le arrebate la caja de galletas con el pretexto de que debe cuidar su colesterol. A este hombre tengo mi vida entera de verlo como padre y como amigo, con el consejo a la mano siempre que lo pedí, la palmada en la espalda cuando me desmoroné y su apoyo incondicional siempre que lo necesité.

Al otro tengo seis años de conocerle su lado paternal, el que me ha tocado la suerte de ver todos los días, cuando mi hija es amorosa y cuando es voluntariosa, cuando necesita un cuento en la noche y cuando pide a gritos un límite. Aprendiendo a prueba y error, acertando y otras veces equivocándose, pero siempre cerrando el día como un héroe, el más valiente, el más divertido y el perfecto para ella. Soy testigo de la dicha que a este hombre casi casi se le sale del pecho cuando la ve corriendo para darle un abrazo y colgársele del cuello, me doy cuenta de que se hincha de orgullo si le pierde el miedo a la bici, demuestra su adoración por el mar o nos gana jugando a la lotería o la memoria. Quizá un día tuvo una noción de lo que era el amor, pero estoy segura de que todos los significados le parecieron pocos cuando Emma llegó a su vida.

A este par de señores llevamos hoy a comer a El Rey Sol, en Ensenada, a donde el primero de ellos tenía ganas de regresar después de 30 años para comerse una langosta termidor. Después nos fuimos al Museo de la Vid y el Vino, en el Valle de Guadalupe, y cerramos con una paella en casa de unos amigos. ¿La inspiración dominical? Los dos papás. Los dos hombres a quienes Emma y yo debemos la mitad de nuestra vida y una gran parte del amor que nos rodea. Su trabajo de todos los días porque esa huella que van dejando en la ruta que más tarde seguirán sus hijos los conduzcan por mejores veredas.

Gracias papá y gracias David: por pisar con cariño y fuerza y por celebrar a diario la oportunidad de ser padres. Los amo con toda el alma.