Es día de muertos

//Todos me dicen el negro, Llorona, negro pero cariñoso. Yo soy como el chile verde, Llorona, picante pero sabroso. Ay de mí Llorona, Llorona, Llorona llévame al río. Tápame con tu rebozo, Llorona, porque me muero de frío.//

Aquí es donde nos espera la memoria de nuestros muertos, que no ellos porque su mundo es el de los recordados y no éste de piedra y lodo. Aquí venimos a vestirles las tumbas de cempasúchil y veladoras guadalupanas para sentirlos vivos y esperarlos a que vengan por su chocolate caliente y panecito recién hecho. Llegamos temprano para barrerles bien el polvo y colorearles de flores rosas, amarillas y azules las grisáceas cruces del protocolo. Les traemos su mariachi y a todos sus parientes con el costal de recuerdos en la espalda, los mismos que se van desparramando en la fiesta, entre taco y taco, para flotar después como miles de mariposas que se quedan acompañándoles durante un año más.

//No sé qué tienen las flores, Llorona, las flores del camposanto, que cuando las mueve el viento, Llorona, parece que están llorando. La luna es una mujer, Llorona, y por eso el sol de España anda que bebe los montes, Llorona, porque la luna le engaña.//

El panteón municipal se arropa con los aromas de churros acanelados y elote desgranado con mantequilla y limón. Es Día de Muertos y el sol está a punto de ponerse para dejar que vengan los de quienes se han dado cita aquí desde temprano. “Pásele, a 25 pesos el ramo, pásele, acérquese a escoger el suyo”, gritan los niños desde los coloridos puestos repletos de coronas y cruces de flores, algunas naturales y otras de plástico. El que trae en su carreta dulces a granel y el algodonero hacen su agosto en pleno noviembre con la chiquillería que no entiende muy bien a qué ha venido.

“¿Me compras un algodón de azúcar mamá?”, me dice Emma, pero yo no traigo los diez pesos que cuesta. Nos acercamos al joven de unos treinta años para preguntarle si acepta monedas de veinticinco centavos de dólar y nos dice que a tres pesos cada una. “Ay oiga, ¿por qué tan barata?” “Mire, deme tres monedas y así la dejamos, yo como quiera le estoy perdiendo”. Emma escoge su algodón azul y yo le doy las tres monedas que me pide. No me quedo con las ganas de decirle que el dólar vale 16 pesos, así que le estoy dando 12 pesos y no 9 como piensa él. Entonces se ríe, deja ver sus dientes cobrizos y me pide disculpas porque no pudo terminar la escuela. “¿Hasta qué año estudiaste?” “Nomás fui a la primaria” “Ah pues entonces sí sabes sacar cuentas”, bromeo con él. “Si pues, pero ya sabe que antes las escuelas no estaban tan modernas como ahora”. Ahora me río yo y él me cuenta que se vino de Chiapas hace siete años y que extraña su tierra todos los días, porque allá está su familia, sus raíces y sus muertos con los que hoy no puede estar. Lo que le queda es acompañar a los muertos ajenos y seguir ganándose la vida como pueda. “¿Entonces le doy su cambio?” “Así déjalo, está bien”.

Saludamos a unas amigas que van llegando para visitar la tumba de sus abuelos y como es la primera vez que mi hija visita un panteón me dedico a contestarle el río de preguntas que le brota apenas cruzar el arco de la entrada. ¿Cómo los entierran? ¿Por qué las tumbas son grises? ¿Por qué éstas no tienen más que una montañita de tierra? ¿Por qué ésta está tan chiquita y tiene dulces encima? ¿Por qué todos traen flores? Le voy platicando mientras me doy cuenta que me han visitado esos días soleados en los que enterramos a mis abuelos y a mi madre, esas palabras entrecortadas siempre de parte de mi padre para agradecer a quienes han venido, esos cientos de abrazos, de lágrimas y claveles blancos sobre ataúdes oscuros que un par de hombres van bajando poco a poco sin que se les vea mucha emoción en el rostro.

//Ay de mí Llorona, Llorona, Llorona de un campo lirio. El que no sabe de amores, Llorona, no sabe lo que es martirio.Yo te soñaba dormida Llorona, dormida te estabas quieta. Pero en llegando el olvido, Llorona, soñé que estabas despierta.//

Allá van con sus vestidos largos y negros las Catrinas, con sus sombreros anchos de encaje y caras pálidas y ojerosas. Allá van los niños corriendo y brincando de tumba en tumba, van poco a poco encendiéndose las velas para mostrarles el camino a los muertos. Sube el coro infantil a la explanada para entonar La Llorona y con sus voces de fondo nos curamos la melancolía, porque aquí en México nos enlutamos el día que se nos muere alguien, pero si es 2 de noviembre nos reímos de la muerte y escribimos calaveras a los que se fueron y a los que todavía estamos vivos como recordatorio de que algún día la flaca también ha de llevarnos a su tierra de incienso, mole de olla y papel picado.

//Si porque te quiero quieres, Llorona, quieres que te quiera más. Si ya te he dado la vida, Llorona, ¿qué más quieres? ¿quieres más?//

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