¿EQUILIBRIO O ARMONÍA?
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Más que hacer propósitos para el año que se asoma, tengo ya algún tiempo en que me gusta dedicar el último día de diciembre para honrar cada una de las experiencias que me brindó el año que está a punto de despedirse. Y no sé si a todo el mundo le pase igual, pero de tanto practicar este ejercicio me he dado cuenta de que si nuestra vida efectivamente fuese un libro, cada uno de los años que vivimos sería un capítulo al que podríamos ponerle un título que englobara todo lo vivido. Quizá sea que a los humanos nos gusta organizarnos en bloques de tiempo o que después de 365 días nos viene una profunda necesidad de marcar el fin de algo y el nacimiento de otra cosa, lo cierto es que tendemos a dedicar los siguientes doce meses a un tema en particular: “El 2017 será mi año para viajar”, “El 2017 será el año del orden en mis finanzas”, “El 2017 estará dedicado a aprender algo nuevo”.

Nos gustan los comienzos porque están llenos de optimismo y esa sensación de que es posible volver a creer, tan necesaria en estos días. Pero a mí me gusta echar también una vista atrás y darme cuenta a qué estuvo dedicado el año que se va, qué tipo de situaciones viví, cómo reaccioné a lo que me ocurrió y qué fue lo que aprendí en el camino. Porque después de tal reflexión, me doy cuenta también de que es posible convertir cada momento en un rayo de luz para iluminar los pasos que siguen en nuestro viaje. La distancia que brinda el tiempo muchas veces nos ayuda a ver con más claridad, y ese es un ejercicio que no me gusta perderme al final del año.

El 2016 se quedará en mi historia como el año de mi búsqueda de equilibrio entre mi familia y mi trabajo. Viví muchas cosas relacionadas al respecto, muchos tropiezos que en su momento percibí como fracasos y que generaron en mí una tremenda culpa que ahora me dedico a sanar. Muchos momentos en los que, estando con mis hijos, deseé estar escribiendo o diseñando un nuevo producto y muchos otros en los que, recostando la cabeza en la almohada al final del día me sentí una mala madre por no haber jugado más con ellos o una mala esposa por no haber pasado más tiempo con mi esposo. Muchos en los que sentí que el tiempo se me escurría de las manos y lo único que yo quería era que nos fuésemos de viaje para no hacer nada más que estar juntos y otros en los que preferí cerrar la computadora o guardar la máquina de coser para preparar esa comida que les gusta y después sentirme incompetente porque no terminé tal o cual proyecto. Me exigí mucho 2016 y lo que terminé comprendido es que tal balance no sólo es imposible sino también inexistente, porque soy humana y porque quiero seguirlo siendo.

Hace unos meses una lectora del blog me escribió para contarme que se sentía atrapada en un trabajo que, aunque le gustaba mucho, empezaba a exigirle demasiado y no le quedaba tiempo para cosas que anhelaba hacer como tomar clases de yoga o pasar más tiempo con su pareja. Su vida completa era el trabajo y quería preguntarme cómo le hacía yo para mantenerme fiel a mis pasiones y al mismo tiempo encontrar el equilibrio entre cada una de ellas y mis roles de mamá y esposa. Después de sonreír por dentro porque yo en tal momento me sentía demasiado lejos de todo eso que ella veía en mí, le contesté con el post “Carta a S.” en el blog. Ella me escribió para agradecerme y yo le agradecí a ella lo que vino a recordarme a través de sus preguntas.

Después de varias semanas entré en una especie de “burn out” por la carga emocional que yo misma me había impuesto. La señora que me ayudaba en casa tuvo que marcharse y yo decidí no buscar a nadie más porque el departamento donde vivo es chico y no creí necesario tanto apoyo en ese momento. Así que, además del tiempo dedicado a mis hijos, a mi esposo y a mi trabajo, tuve que buscarme un poco más para limpiar la casa, lavar la ropa y preparar tres comidas diarias. David y Emma ayudaron mucho en el proceso con sus propias responsabilidades, pero yo no podía dejar de pensar que si la casa no estaba ordenada, la ropa planchadita y la comida caliente, entonces era yo quien estaba fallando. Un día no pude más con esa carga que sólo yo y nadie más veía y busqué desesperadamente un reset.

Borré de mi celular todas las aplicaciones y redes sociales y dejé solamente el servicio de telefonía y el Spotify. Guardé la máquina de coser, la computadora, las telas y las acuarelas y me dediqué exclusivamente a lo que en ese momento creí que era lo más básico: a mí y a los míos, a mi hogar que es a final de cuentas en donde todo nace y a donde siempre quiero volver. Les leí a mis hijos todos los cuentos que tenía pendientes, cociné más a conciencia, hice limpia en clósets y cajones y me di muchos baños calientes. Si acaso me quedaba un solo momento libre, leía un poco o dormía una siesta. En mi mundo agitado y con una hambrienta carrera para obtener resultados tangibles, en esos días no hice nada, pero al final de cuentas resultó que lo hice todo.

Poco a poco fui instalando una por una las apps que había borrado del iPhone para volver a la realidad y la primera de ellas fue el mail. Cuando lo abrí, me esperaba un correo de aquella misma lectora en el que me agradecía haberle recordado con mi post que somos los diseñadores de nuestra propia vida y me contaba que tenía un mes que se había mudado de ciudad para vivir con el amor de su vida, que había reducido sus horas de trabajo e inscrito en talleres de yoga y escritura. Ahora S., me contó en su carta, duerme siete horas continuas, se queda hasta tarde en pijamas, bebe con calma su taza de café por las mañanas y baila descalza por toda su casa con una profunda sensación de libertad que le ha permitido encontrarse con su verdadero yo y con sus deseos más profundos. Ha llorado, me cuenta S., y también ha reído y suspirado cuando voltea a un cielo que no necesariamente se aprecia soleado todos los días, pero que aún cuando lo encuentra gris se siente inspirada para seguirse descubriendo y reinventando.

Su carta fue el clímax de mi reset emocional.

Lloré muchísimo un buen rato y por el cauce de mis lágrimas se escurrieron también mis creencias paralizantes. Lloré porque descansé de mi afán de perfeccionismo y porque me di cuenta de que todos hemos estado ahí, en ambos sitios: unas veces en ese lugar en el que nos sentimos perdidos y sin dirección, ahogados en el mar de nuestras propias imposiciones, y otras en nuestro verdadero hogar, conectados con nuestro espíritu y muy seguros del camino que queremos recorrer. Ahora fue S. quien me rescató. Mañana seré yo quien rescate a alguien más y más adelante volveré a ser yo quien necesite de una mano amiga para recordar lo que verdaderamente soy. Porque todos estamos conectados y todos somos lo mismo.

El capítulo de mi 2016 podría titularse “¿Equilibrio o armonía?” porque en la búsqueda desesperada del primero encontré que no es la perfecta distribución de horas entre el trabajo y la familia lo que va a traerme la calma, porque a la vida no se le puede encajonar en veinticuatro horas y salir todos los días bien librado y porque las relaciones con los que amamos son algo vivo que no puede medirse con gráficas de pastel. Habría que buscar más adentro y entender qué es lo que nos mueve para hacer lo que hacemos, encontrar nuestro “por qué” y vivir en armonía con él. ¿Por qué quiero salir a cenar con mi esposo? ¿Por qué quiero jugar toda la tarde con mis hijos? ¿Por qué quiero diseñar una colección de telas? En la medida de la honestidad de mi respuesta conseguiré estar más alineada con el deseo que realmente mueve a mi espíritu y entonces, todo lo que haga estará regido por él.

En mi mundo, es ahí donde está la paz.