Layla es una niña que un día encontró en la calle una bolsita con unos polvos raros y unos lentes justo de su medida. Más tarde, se dio cuenta de que los polvos eran mágicos y que los anteojos le servían para ver las cosas de otra manera. Un día, jugando en el parque, las negras y gordísimas nubes reventaron y soltaron un chubasco que al principio enojó a Layla porque el agua empapó todos los juegos. Entonces sacó sus polvos mágicos y los aventó en los juegos, se puso sus lentes y de pronto se sintió mejor: se dio cuenta que ya no podía subirse a los juegos pero que podía hacer pastelitos de lodo gracias a la lluvia que empapó la tierra. Layla, con su short azul marino, zapatitos grises y suéter colorido, comprobó en otra ocasión la magia de sus dos nuevos tesoros. Su mamá le pidió que recogiera su cuarto, pero Layla vio tanto desorden que se desesperó demasiado. Entonces tomó su bolsita, aventó los polvos sobre todos sus juguetes y se puso de nuevo los lentes…. y de pronto se sintió mejor: se le ocurrió pedirle a su mamá que le diera permiso para recoger un poquito ahora y un poquito más tarde. Así lo hizo y su mamá estuvo de acuerdo, así que Layla tuvo tiempo para jugar y recoger al mismo tiempo.

Los amigos de Layla le preguntaban por qué decía que los polvos y los lentes eran mágicos, si no resolvían sus problemas realmente. "No necesito que los resuelvan por mí", contestaba ella, "sólo que me ayuden a ver las cosas de otra manera, porque así me sentiré mejor y podré encontrar la solución yo misma".

Layla, con su oscuro cabello alborotado, comprueba todos los días la eficacia de sus polvos y sus anteojos. Si las cosas no salen como ella espera, recurre a sus herramientas mágicas para ver las cosas de otra forma, una en la que salta a la vista la solución y no el problema, y donde ella siempre se siente mejor. Un día que se enojó porque llegó tarde al cine y no alcanzó boleto para la película que quería ver, echó mano de ellas para darse cuenta que podía pedirle a su papá que la llevara al día siguiente. En otra ocasión que le ganó la tristeza porque las vacaciones se acabaron y sus primas regresaron a su ciudad y ya no podría jugar con ellas, los polvos y los lentes le ayudaron a ver que muy pronto podía ir ella a visitarlas. Este morralito y estas gafas se convirtieron en poco tiempo en su mayor riqueza.

La historia de Layla no ha terminado. Es una historia que inventé para la ávida de cuentos que tengo por hija, que todos los días me pide uno diferente. El de Layla decidí no concluirlo, porque así puedo continuarlo y estirarlo cuanto sea posible cada vez que Emma quiera escuchar algo más. Mi inspiración fue esta muñeca de estambre que hizo mi amiga Til, de la que me enamoré en cuanto la vi. Le conté la historia a mi nena y un día le dije que le tenía una sorpresa, le pedí que cerrara los ojos y saqué a Layla de su bolsa, se la puse en sus manos y cuando Emma abrió los ojos me regaló una de esas carcajadas que yo guardo en mi propia bolsita de polvillos mágicos.

 

Gracias Til por esta obra de arte. Y gracias a Martha por ajuarear a Layla con sus creaciones.