EL VALOR DE LO HECHO A MANO
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Hace poco una seguidora me preguntó por qué mis productos eran tan caros y me dejaron pensando durante todo el día porque es muy raro que alguien me comente algo así. Me atrevo a decir que en los seis años que tiene My Pumpkin sólo dos o tres personas me lo han llegado a preguntar, y aún así creo que merece la pena hablar al respecto, no sólo por mí, sino por toda la gente que se dedica a vender lo que hace a mano.

Cuando empecé a coser, luego de comprarme mi máquina y algunas herramientas básicas, el siguiente paso era la búsqueda de telas y como era algo que no había hecho nunca, fue hasta ese momento que me enfrenté con los precios de la materia prima más importante para mi trabajo. Me di cuenta que el algodón mexicano es muy económico pero de muy baja calidad y escasa variedad de colores y estampados (al menos para mi gusto) y que en Estados Unidos existe actualmente una revolución de diseñadores textiles con un talento explosivo en cuanto a patrones y tonalidades, pero con un precio considerablemente mayor.

Al principio no estaba muy convencida de comprar tela en el país vecino y trabajé muchas veces con las opciones que encontraba en las tiendas de Monterrey, donde vivía en ese momento, hasta que solté esa idea de que todo el material tenía que ser nacional para que mi trabajo fuera 100% mexicano. Yo quería que mi trabajo fuera hecho en México (¡y lo es!, digo, soy mexicana y todo lo hacemos aquí) pero también quería que tuviera los colores y las formas que me hicieran vibrar de emoción y eso sólo lo conseguía con telas importadas, en su mayoría fabricadas en Estados Unidos o Japón. En muy poco tiempo me convertí en una obsesionada de la combinación de patrones de las diferentes telas que me llevaba a casa para trabajar y eso no lo hubiera podido lograr con las opciones que encontraba en mi país.

En México hay diseñadores industriales o de moda talentosísimos y bueno, si queremos hablar de colores no hay más que visitar el sur de nuestro país para enamorarnos de las bellezas que nuestras indígenas crean en telar de cintura u otras técnicas ancestrales. Sin embargo, creo que en el tema del diseño y fabricación de algodón, que es la tela que uso para mi trabajo de patchwork y quilting, aún nos falta mucho por explorar. Esto es algo que ya entendí y que en una visita a la Ciudad de México para conocer el trabajo que se hace allá y la esperanza de que me orientaran para comprar materia prima nacional, me confirmaron también al ver su stock de textiles gabachos.

Cuento todo esto porque creo que la ley más básica de mercado nos dice que para fijar el precio de un producto, lo primero que hay que calcular es el costo de su fabricación. Y en el costo de un producto no están nada más (en mi caso) las telas, entretelas, guatas e hilos cuyos precios no son nada económicos, sino también la depreciación de mi máquina de coser, plancha y toda mi herramienta, la luz, el sueldo de quienes me ayudan en la confección de algunos productos y, por su puesto, el valor de mi trabajo también. Podría ponerme a profundizar sobre el valor de lo que hacemos quienes nos dedicamos a esto, pero eso da para otro post completo y en esta ocasión quiero hablar del valor de un producto hecho a mano.

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Ya me extendí (como acostumbro) con las cuestiones monetarias del asunto, pero curiosamente, creo que ésas son las menos importantes a la hora de ponerle un precio a una bolsa de tela, una taza de cerámica, una colcha, un delantal, una fotografía, una canción en iTunes, una ilustración o una mesa de madera rescatada. Detrás de cada uno de ellos y de los miles de objetos que resultan del proceso creativo de una persona o un pequeño grupo de emprendedores, siempre hay una historia. Y claro que detrás de cada gran corporación que puede darse el lujo de competir con sus precios también la hay, pero en el caso de los pequeños negocios cuyos fundadores siguen siendo los gerentes, publicistas, contadores y manufactureros, dicha historia sigue latente y está viva en cada uno de sus productos, que muchas veces, por cierto, son únicos.

Mi historia es la búsqueda de una pasión y un afán de reinventarme después de haberme convertido en madre. Mi diaria encomienda de buscar inspiración en todas partes encuentra un canal de expresión en todo lo que hago en My Pumpkin, porque el sentido para mí es crear cosas bellas que nos recuerden esa belleza que hay en nuestro interior y en el mundo que nos rodea. ¿Cuál es la historia detrás de ese producto hecho a mano que te enamora y cuyo precio es mayor al que encuentras en una tienda departamental? Porque siempre hay una y al encontrarla corres el riesgo de conectar con ella a tal grado que el precio quede en el olvido y te demuestres que el valor es mucho, muchísimo mayor.

Si un artículo hecho a mano es caro o es barato queda entonces en el terreno de lo subjetivo, porque si me llevo una colcha de las que hay cien mil y que cuesta cuarenta dólares porque está fabricada con máquinas contaré con un objeto que se vea lindo en mi cama y que me cubra del frío. Pero si compro una colcha única e irrepetible y que en cada una de sus puntadas lleve tejida la historia y la energía de su creadora, entonces tendré en mi poder un recordatorio de esa pasión que nos mueve como seres humanos y que nos conecta a unos con los otros. Y eso es inspiración.

En un mundo de producción masiva y de consumismo descontrolado que está acabando poco a poco con el único hogar que tenemos, podemos gastarnos cinco mil pesos en tres vajillas de cuarenta piezas cada una para una familia pequeña y una o dos de ellas terminar empolvándose por falta de uso. O podemos gastarnos los mismos cinco mil pesos en ocho platos y ocho tazones de cerámica hechos a mano con la belleza de la imperfección y de los ideales y cultura del artesano y cuidarlas como oro porque son pocas pero sobre todo por lo que sentimos al utilizarlas. Porque sí, ese cariño, esa dedicación, esa energía y esa historia terminamos por sentirla quienes apoyamos con nuestra compra el trabajo y el sueño de esos pequeños comerciantes.

Comprar algo hecho a mano es contribuir a que esta cadena continúe. A que cada día haya más historias detrás de los objetos y nos despidamos de la cultura de lo desechable. A que consumamos de forma responsable y que apreciemos más la conexión con el creador de eso que amamos. A que se cumpla la máxima que leí hace poco en Instagram: “Cuando compras algo hecho a mano, hay una persona REAL que baila de gusto”.

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