El rally que terminó en un torrente de inspiración

P1020112 ¿Quién no ha experimentado alguna vez, aunque sea por un nanosegundo, la certeza de que todos estamos conectados de alguna manera? De que no somos más que una gota en el océano, un rayo en el sol o un granito en el reloj de arena que es la existencia. En noviembre del año pasado tuve la suerte de experimentarlo.

Para celebrar los dos años de My Pumpkin lancé un Rally Fotográfico en el que los participantes debían tomarse cuatro fotografías, todas ellas con la misma calabaza a cuadro: una en un lugar al que les gustara mucho ir, haciendo lo que más les gustaba hacer; otra con una persona amada haciendo lo que más le gustara a ella o él, otra en una reunión familiar o de amigos y la última en un lugar a donde nunca hayan ido donde necesitaran algo que pudieran dar.

A la convocatoria respondieron cuatro valientes: Manin, Marce, Diana y Olga. Y conforme me fueron llegando sus fotografías empecé a darme cuenta que lo que yo creí que había ideado como un concurso, se convertiría en algo mucho más grande. En cada uno de sus correos, además de sus fotos me compartieron todas las experiencias y alegrías que tuvieron al organizarse para tomarlas. Lo que fui comprendiendo es que el rally sirvió como una especie de puente entre ellas y las personas que más aman, pero además entre ellas y personas que en su vida habían visto y que de alguna manera u otra las estaban esperando: el personal de la Cruz Roja, los brigadistas de la CFE, los empleados de una biblioteca pública o los servidores de un centro de ayuda para personas sin hogar. Y también, un puente entre ellas y sus propias emociones.

La ganadora del concurso tenía derecho de escoger el producto que quisiera del catálogo My Pumpkin 2012, así que cuando obtuvo su triunfo, Marce Solís me pidió una colchita "Rachel", pero me preguntó también si podíamos bautizarla con otro nombre: "Fe". Mi tocaya me platicó una historia personal para explicarme por qué quería ponerle ese nombre a la cuilta. Es una historia que no puedo revelar porque no me pertenece, pero sí puedo decirles, como le dije a ella, que me llegó hasta los huesos y que mientras la leía en su correo electrónico, no podía dejar de llorar… y que incluso ahora que la recuerdo se me siguen humedeciendo los ojos. Me identifiqué de una forma impresionante con lo que Marce me contó y en su relato encontré un ejemplo de fortaleza, de esperanza y sí… de fe, de esa fe que a muchos nos falta en algunos aspectos de nuestra vida. No puedo contarles la historia, pero puedo decirles que esta cobijita es la máxima prueba de una fe que mueve montañas.

¿Por qué estoy posteando esto hasta ahora, cuatro meses después? Porque hasta la semana pasada se cerró el círculo, cuando le entregué la cobija a su dueña. Marce asistió al primer Join & Stitch en Monterrey, así que le pedí que me esperara para entregársela en persona y tomarnos una foto juntas. Me emocionó muchísimo conocer a la persona a la que le estaré siempre agradecida por haberme pedido algo que disfruto tanto y que pocas veces me detengo a hacer, por haberme tenido la confianza como para abrirme su corazón y, sobre todo, por recordarme lo que la verdadera fe significa.

Ahora, cuatro meses después, estoy segura de que la idea del rally que tuve en noviembre no fue una idea y nada más. Estoy convencida de que fue como aquel aleteo de una mariposa que causa un maremoto en Japón. Estoy segura de que fue el aceite que activó los engranajes de un plan en el que hubo cuatro protagonistas, pero mucha más gente involucrada, inspirada y beneficiada. Así que agradezco a Manin, Marce, Diana y Olga, mis cuatro heroínas, por atreverse a formar parte de esta cadena de favores.

 

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