El puente del sueño a la acción
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Estoy en la fila de la pescadería y se me ocurre una idea brillante. Porque para eso son las filas: no para checar Facebook en el smartphone, no señor, las filas se inventaron para que a uno se le ocurran ideas brillantes. Todo el mundo lo sabe. Salgo del aromático lugar con mi idea brillante brincoteando en mi cabeza, porque como toda buena idea recién nacida le gusta revolotear por los alrededores antes de que la mente logre distraerse con otra cosa.

Tomo el volante del auto con la compañía de mi idea brillante cuando en el radio escucho la canción de Rosario “Que bonito” y me prenden el switch de la nostalgia. “¡Nooo! ¡Espera!” me pide mi idea brillante, “acuérdate que vas a llevarme a cabo en cuanto llegues a tu casa, no te me andes yendo por las ramas”. Le hago caso y regreso a mis planes originales, a saborearme la cristalización de mi recién llegada fantaseando en cómo será mi vida de distinta cuando esto suceda. Llego a casa y me doy cuenta de que me han cortado la luz, así que me pongo a buscar rápido el recibo para ir a pagarlo. “Ok te doy chanza, pero nada más cinco minutos”. Cuando por fin lo encuentro salgo corriendo al cajero y me tardo más de lo esperado porque parece haber un error con mi tarjeta. “Mmm, ya llevamos como quince ¿ok?”

Al fin consigo pagar la luz y me dirijo a la tienda a comprar unas velas para en la noche, donde me encuentro a un viejo amigo con el que charlamos acerca de la crisis económica del país. “Ni se te ocurra ponerle mucha atención, acuérdate que tiendo a hacerme chiquita cuando tus temores crecen. Aquí no hay espacio para los dos”. Me despido y al regresar a casa me acuerdo que tengo que terminar un libro que me prestaron para regresarlo mañana, así que me dispongo a leer. “¿Es en serio? ¿Y yo?” Me quedo dormida. “Ay no, ahora tengo que pelearme por un cachito de tu mente con toda la bola de sueños rarísimos que acostumbras”. Amanece y me doy un regaderazo, me tomo un café y me voy al trabajo. “Está bien, adiós, cuando tengas ganas te vuelves a formar en alguna fila”. Mi idea brillante se ha ido y no podré verla jamás en el mundo real… yo tanto que lo deseaba.

¿Por qué se nos hace más fácil soñar que actuar? ¿Cuál es el verdadero puente entre el deseo y realmente tomar las riendas para ver aquello que deseamos en el mundo real? Se nos pueden venir a la cabeza algunos (buenos, buenísimos) pretextos: no tengo tiempo suficiente, necesito mucho dinero, mi sueño es imposible, no tengo fuerza de voluntad, soy de temperamento pasivo, nunca he aprendido a organizarme… La noticia es que no por buenos dejan de ser lo que son: pretextos. Aunque puedan sonarnos a maravillosas justificaciones para quedar bien ante los demás o disminuir nuestra ansiedad porque muy en el fondo sabemos que no estamos haciendo nada de lo que queremos hacer, personalmente creo que no son más que granitos de arena en nuestra playa del autosabotaje.

Si estamos a gusto y felices en el lugar en donde hoy estamos parados, qué bueno y qué satisfactorio, quedémonos ahí porque ése es nuestro sitio. Pero si hay algo que nos cosquillea porque no nos gusta o porque nos habla de que quisiéramos estar en otro lugar, entonces sí es buena idea elevar las antenas, descubrir a dónde queremos ir y luego, IR. Descubrirlo es apenas la mitad del camino, pero dirigirse hacia allá es quizá la mitad más retadora. Para hacerlo hay que preparar la maleta con rodilleras para las caídas, teflón para las opiniones y brújula para recordar el rumbo. Hay que levantarse para tomar el transporte, desperezarse y aceitar las articulaciones ya oxidadas por la inactividad. Y ya en camino, hay que mantenerse pedaleando si no queremos que los años nos sorprendan a la mitad del trayecto porque la vida nos agarró cansados.

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Entonces, ¿qué es lo que nos pasa? Ya tenemos claro a dónde queremos ir y sabemos qué es lo que nos hace falta para el viaje. ¿Qué nos detiene a comprar el boleto? Pueden ser miles de cosas, pero quizá podamos resumirlas todas en una sola emoción: miedo. Y si nos ponemos más analíticos, podríamos dividir a éste en dos tipos: miedo al fracaso y miedo al éxito.

MIEDO AL FRACASO: Me parece que éste es el más fácil de descubrir. Basta con hacer un ejercicio de honestidad para darnos cuenta de que debajo de las excusas que nos inventamos (por más reales que parezcan) yace un profundo miedo a equivocarnos. Preferimos no hacer nada antes de hacerlo mal, de que los demás vayan a juzgarnos, de lidiar con las consecuencias, de quedarnos solos, de sentirnos impotentes, de enfrentarnos a lo desconocido, de aprender a lidiar con el dolor, de ser blanco de las burlas y las críticas, de terminar con los sueños destrozados. Al menos así, sin emprender la acción, nuestro sueño continúa vivo y nosotros esperanzados. Y la verdad es que sí, que fracasar en aquello que tanto hemos deseado puede llegar a ser aterrador, pero acomodarnos en nuestra zona de confort por miedo y que al final de nuestra vida volteemos hacia atrás y nos demos cuenta de los años mal invertidos, puede serlo aún más.

MIEDO AL ÉXITO: A diferencia del otro, éste es más huidizo, se esconde entre las ramas, se camufla para no parecer miedo y se nos cuela hasta la médula para resultar igual o más paralizante. ¿Cómo voy a tenerle miedo al éxito? Porque este amigo no viene solo, lo acompaña la responsabilidad, el trabajo constante, un necesario incremento de mi autoestima, el juicio y las críticas de los demás, las tensiones propias para mantenerlo y un tremendo costal de creencias que hasta podríamos decir que ya forman parte del ideario colectivo: yo no merezco ser exitoso, si gano mucho dinero la gente se alejará de mí, yo no puedo sobresalir si mi familia no lo ha hecho, la gente va a decir que soy un presumido y un largo etcétera. Mejor me quedo donde estoy, mejor me quedo como los demás, porque así pertenezco a mi clan, porque así me confundo entre la manada. ¿Y si resulta que esa tribu está sedienta de ver de qué se trata esto de ser exitoso para tomar ellos también sus maletas y dirigirse hacia allá?

Dice el filósofo Howard Thurman que más allá de cuestionarnos qué es lo que el mundo necesita mejor nos preguntemos lo que nos hace sentir vivos y VAYAMOS A HACERLO, porque lo que el mundo realmente necesita es gente que se sienta viva. Las excusas siempre estarán ahí: nunca habrá tiempo ni dinero suficiente, el momento propicio nunca llegará, la gente siempre hablará, los complejos siempre nos aturdirán, nuestra autoconfianza nunca crecerá. Pero como dice mi papá: Hay que mover la carreta para que se acomoden las calabazas. Así con poco tiempo y mucho miedo, con opiniones en contra y creencias que quieren paralizarnos, así tomemos las riendas de nuestra vida y vayamos avanzando, aunque sea un paso a la vez, para que veamos cómo se armoniza y quizá lo que antes nos detenía vaya poco a poco quedando en el punto de partida.

Después de la próxima idea en esa larga fila, piénsala dos veces antes de dejarla volar. O mejor no la pienses tanto y hónrala cruzando el puente.

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