EL AQUÍ Y EL AHORA

¿A qué sabe un grano de arroz? ¿Y una cucharada de aguacate? ¿Cuánto tiempo tarda el picor ácido de una uva reventada entre los dientes en darle paso al dulzor que envuelve la boca al final? ¿Cómo le hacen las grietas de un dátil para amoldarse entre las hendiduras de mis muelas y dejar salir así la carne azucarada que guardó por tantas semanas en su interior?

Quizá tenga que probar de nuevo el arroz, el aguacate, la uva y el dátil para contestarme, a pesar de que ya los haya comido miles de veces antes, al menos para estar segura de que no estoy dando una respuesta apurada y más apegada a lo que todo el mundo dice que a mi propia experiencia. La verdad es que comemos sin conciencia, así como caminamos, como pensamos, como trabajamos, como educamos, como platicamos y, al final, como vivimos. En el acto tan primitivo de llevarnos el alimento a la boca hay tal cantidad de simbolismos que no creo exagerar cuando digo que en mi forma de comer puedo leer mucho de la forma en como voy por la vida.

En los quince minutos (en el mejor de los casos) que me lleva tomar el desayuno puedo apurar a los niños, platicarle al marido los planes para el día, sacar el pan del tostador, servir el jugo, limpiar el que se cayó, enviar un mensaje por teléfono, pensar en la piñata que estoy organizando para final de mes, hacerme una nota mental de ir a comprar huevos, peinar a la hija y voltear a ver el reloj diez veces. ¿Entonces realmente comí? Ok, sí introduje comida a través de mi boca y mi cuerpo sí la transportó hacia el estómago y mi sangre sí aprovechó los nutrientes, pero me perdí por completo de la experiencia.

El fin de semana fui a un retiro budista de meditación en el que permanecimos en silencio durante 48 horas, así que la cantidad de distracciones que nos brindan tan amablemente las palabras (ruido interno y externo o charlas y contacto con los demás) se redujeron a cero y tuvimos la oportunidad de observar y ser mucho más conscientes de todo lo que nos rodeaba, de nuestros pensamientos, de nuestra manera de caminar, de dormir, de lavarnos los dientes… de comer. Después de haberlo vivido, puedo asegurar que jamás (ajá, ja-más) había comido con tal atención en mi vida. Como fue un par de días en los que me sentí tranquila, paciente, en paz y agradecida con cada uno de los regalos, me di cuenta de que esa fue mi manera de comer también. Sostuve el tenedor para recoger lentamente un trozo de portobello combinado con una raja de morrón, la conduje a mi boca para probarlo y una vez dentro de ella los saboreé con los ojos cerrados al tiempo que dejaba el tenedor en el plato (¿cuántas veces dejamos el tenedor en el plato en una comida?), experimenté la suavidad de los vegetales y el sabor ácido del tomatillo con el que prepararon la salsa, mastiqué varias veces mientras por mi mente desfilaban el agricultor que cultivó los ingredientes, el comerciante que los vendió y el cocinero que los preparó para que yo pudiera disfrutar de este momento exquisito de gran placer.

Sé que en la vida diaria es difícil darnos el lujo de comer, bañarnos, hacer ejercicio, manejar o dormir así por la cantidad de responsabilidades y pendientes que tenemos en el día a día (tanto en la realidad como en nuestra cabeza), pero creo que todos podemos darnos al menos el regalo de cinco minutos a la semana para tomar entre nuestros dedos una pasa y observarla con atención, fijarnos en su diminuto tamaño, textura arrugada y cobertura de granos de azúcar, percibir de cerca su aroma y sabor dulzón mientras la paseamos despacio de un lado a otro con la lengua e imaginamos la metamorfosis por la que tuvo que pasar con ayuda del sol, el agua, la tierra y el aire para al final convertirse en lo que ahora es y estamos disfrutando.

Eso es meditación, eso es plena conciencia, eso es vivir el aquí y el ahora… y eso es inspiración. Que el apuro de nuestros tiempos y la ficción de todo aquello que creemos importante no nos robe esa oportunidad.

my-pumpkin-mindfulness-2
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