DOS MUJERES INSPIRADORAS

Una pizza todavía olorosa a leña con vegetales asados y balsámico y un trío de cervezas nos reúne de nuevo a las tres en una noche de lluvia en el centro de Sayulita, en la Riviera Nayarit. Hace casi un año que no estábamos juntas en torno a una de nuestras pasiones, la buena comida y la buena charla, y este viaje que nos inventamos para alimentar el cuerpo y el alma nos sirve de pretexto para darle rienda suelta a todos esos temas que tenemos en común y que, aunque pasen los meses sin vernos, siempre parece que hemos dejado en pausa apenas ayer.

Sandra Estrada, Sisy Garza y yo nos conocimos en mi casa en Monterrey en una reunión de nuestros maridos fotógrafos una de las últimas noches del 2008. Cada una teníamos una hija, Camila, Maya y Emma, las tres de un año o cerca de cumplirlo, y el segundo de Sandra, Mateo, venía ya en camino. Después de la charla casual de quienes van apenas rompiendo el hielo, Sandra empezó a hablar de alimentación saludable y Sisy abría los ojos como platos con las palabras que corrían a chorros como “quinoa”, “mijo” y “leche de almendra”. Yo tenía algunos meses tomando talleres de veganismo en Carrots, así que ese punto pareció ser el hilo que nos unió a las tres, además de darnos cuenta después de que en este grupo teníamos la posibilidad de pasar un sábado en familia cuando nuestros maridos trabajaban todo el día en una boda.

Ahora las tres somos blogueras y eso nos ha brindado aún más hilos en común para afianzar el cariño que nos tenemos. Sandra es maestra de yoga y pilates y además ofrece coachings de salud holística, psicología de la alimentación y de las enfermedades y promueve esa búsqueda constante de un punto de equilibrio que ya se ha convertido en su pasión. Sisy es entrenadora de pilates y movimientos funcionales y creadora del famoso UltraSisyReto que ha inspirado a miles de chavas a que se puede hacer ejercicio en cualquier momento y cualquier lugar. Y yo adoro a las dos. Creo que nunca se los he dicho, pero las veo como los extremos de una báscula en perfecto balance: a una en el mundo de la introspección, la profunda reflexión, la meditación y la curiosidad por el autoconocimiento y a la otra en el de la ejecución inmediata, la energía a borbotones, la puesta en práctica y el multitasking. Sandra me serena y Sisy me pone las pilas. Volteo hacia un lado y hacia el otro y siempre salgo de su compañía con algo valioso para el espíritu.

¿De qué están hechas estas mujeronas? ¿Qué es lo que les inyecta esa buena vibra que les sirve de gasolina? Cuando se los pregunto no lo piensan demasiado y Sisy me responde que una canción que la haga bailar o una imagen que sea para ella un impacto instantáneo es lo que le resulta más motivante. Sandra me dice que es la naturaleza, en especial la montaña, pero sobre todo toparse con una persona auténtica.

“Algo que me mueve muchísimo es ver a alguien que ha logrado quitarse todas las máscaras, que es genuino al cien por ciento y se expone con toda su vulnerabilidad. Eso me inspira para darme yo de la misma forma y seguir conociéndome, porque una de mis pasiones es conocer el comportamiento humano, el por qué somos como somos y actuamos como actuamos”.

¿Y qué pasa cuando amanecen con el pie izquierdo? ¿Cómo le hacen para conectar de nuevo con esa inspiración?

“Me doy cuenta que ando con la vibra baja porque me siento de malas, nada me llena, ando con mi carota todo el día, regaño más de lo habitual a los niños y dejo de crear lo que me gusta. Cuando no tengo ganas de pensar en una receta para un smoothie nuevo y tomarle foto o idear una rutina de ejercicio es cuando sé que ando baja de inspiración”, dice Sisy. “Y la verdad no lo fuerzo porque creo que es algo muy normal. Es como un tarrito que se va llenando de inspiración que te sirve para crear algo, entonces se vacía y hay que volver a llenar ese tarrito. No lo obligo pero si me doy cuenta de que ya llevo dos días o más así ‘down’ pues me pongo a analizar la razón y sí hago algún cambio chiquito en mi día a día para motivarme y puede ser algo muy tonto como irme a cortar el pelo o vestirme diferente como para desenterrar esa inspiración”.

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FOTO: Sisy Garza

“Ese bajón de energía se siente en el cuerpo”, comparte Sandra, “sientes que te arrastras por la vida, empiezas a dudar del sentido de lo que estás haciendo y yo siento un bloqueo que no permite que salga nada nuevo, me cambia el humor y la actitud y empiezo a atraer más de eso, así que se vuelve un círculo vicioso. Yo me agarro de algo que me saque de ahí, que a veces puede ser el silencio y la meditación y otras pueden ser las amigas que sabes que van a elevarte la vibra. También me gusta mucho leer y es algo a lo que recurro cuando necesito cambiar de ánimo. En general, me ayuda hacer actividades nuevas que me saquen de la rutina”.

De esas cosas que nos apasionan y de cómo conseguimos arreglar nuestro pequeño mundo están llenas nuestras pláticas, igual que las de cualquier grupo de amigas que parecieran servirse unas a otras de espejos en los que conseguimos a veces ver mucho más allá de nosotras mismas. Después de algunas copas de vino blanco recuerda Sisy la vez que Sandra hizo las veces de ese cristal en el que ella vio el valor y la fuerza que no había visto por sí sola, cuando después de perder a su tercer bebé no estaba segura de intentar un nuevo embarazo.

“Sandra me empujó”, se ríe como con nostalgia. “Una vez platicando con ella me dijo con mucha tranquilidad que si a ella le hubiera pasado simplemente lo intentaría de nuevo y listo. Así le hice, me aventé al ruedo y gracias a Dios todo salió bien. El doctor me había dicho que aunque te pase algo así las probabilidades de que vuelva a pasar siguen siendo las mismas, es como un borrón y cuenta nueva. Y así creo que son las cosas, hay que darle y no quedarte con las ganas de nada por miedo a lo que pueda pasar”.

De ese “hay que darle” me acuerdo cuando después nos cuenta que a sus cinco años, en el fondo de la alberca de sus clases de natación para recoger tres objetos que su maestro había lanzado y ella debía regresar a la superficie, volteó hacia arriba y a través de sus googles alcanzó a ver la imagen borrosa de su mamá que le gritaba: “¡Ándale mijita! ¡Ya nomás te falta uno y mañana nos vamos a la playa!”, lo que le dio el impulso que necesitaba para conseguirlo. Igual que de aquella alberca, salimos todos victoriosos cuando escuchamos esas porras internas, pienso para mí.

Esa garra es la que le admiro a ambas. Porque en su vida, como en la de todos, no ha sido todo color de rosa y sin embargo ellas se han encargado de colorearla así, porque son de esas mujeres talladas con la terquedad de la marea, a las que siempre resultará en vano tratar de detener o dirigir con una fuerza que no venga de la luna. La suya, sin ninguna duda, es su familia, su estrella del norte, la casa en la que reúnen todo su empuje y a donde vuelven cuando es momento de tocar tierra. Las dos tienen a su lado a un hombre al que aman y tres hijos que han sacado lo mejor de ellas. Y en nuestros encuentros, el tema eterno es la búsqueda de ese equilibrio entre los roles de amas de casa y emprendedoras.

“Uno de mis miedos es arrepentirme de no estarles dando a mis hijos el tiempo que necesitan y cuando lo pienso hago algo para corroborar que todo está bien o que no me estoy pasando de la raya. Me detengo y analizo y si veo que un día me la bañé sí lo compenso. Día a día estoy en esa onda de no regarla en ese punto”, confiesa Sisy. “Sueño con que ellos encuentren la pasión y la creatividad en su vida, que no se dejen llevar como seres humanos zombies, que no sean bullies y respeten a sus compañeros”.

Sandra, que se autodefine como una mujer seria, apenas empieza a hablar de su familia y no puede esconder la sonrisa.

“Cuando mi esposo sube a mi oficina en su break y simplemente me toca el hombro y empieza a platicar conmigo, a veces sí digo ‘chin, me sacaste de mi concentración’, pero la verdad es que sí agradezco y valoro este estilo de vida que podemos llevar por el hecho de que los dos trabajemos en casa. Es igual con los hijos. Aunque se sienta pesado llevarlos y traerlos de sus clases por el tráfico o lo que sea, cada vez que se suben al carro y me cuentan cómo les fue y ver lo que van aprendiendo y las experiencias que van teniendo me encanta. Uno de los mejores momentos del día con ellos es contarles el cuento en la noche y aprovecharlo para que me platiquen muchas cosas que no se les había ocurrido o no se habían atrevido a hablar antes”.

Y es que esto de ser madres parece que se les da de forma natural, sin complicarse mucho la existencia o hacerse muchos cuestionamientos al respecto. Tienen sus ideas firmes y llenan a sus hijos con todo el amor que tiene cada una para dar. Ellos son muchas veces la razón de sus satisfacciones más profundas. “Algo que me hace sentir orgullosa es cuando veo que mis hijos logran algo chido, no tiene que ser algo trascendental. Por ejemplo una vez fuimos a Austin y nos compramos todos un cono y a Maya se le cayó el suyo. Entonces Jos la vio y le dijo luego luego: ‘Yo te comparto del mío Maya’, cuando él es todo ‘es mío, es mío’ cuando intentas decirle que comparta. Fer y yo volteamos a vernos muy sorprendidos y ese tipo de cosas me hacen sentir muy feliz porque pienso que algún buen ejemplo están viendo en nosotros”.

Esas pequeñas cosas de todos los días, como las ocurrencias de sus hijos o en el caso de Sisy alguna canción que le guste, el correo de una seguidora con una felicitación o la sonrisa de un extraño en el supermercado y en el de Sandra empezar su día con yoga, cocinar ella misma su desayuno y más tarde escuchar el canto de los pájaros y ver una que otra ardilla trepar por el árbol a través de la ventana de su oficina, son algunos detalles que las ponen de buenas.

Veo a las dos en vivo o en las redes sociales cuando no se puede de otra manera y veo a dos mujeres apasionadas y seguras de lo que quieren conseguir y eso es lo que más me inspira de ambas, igual que a muchas otras que las siguen. Así como a Lou, una chava que se acerca a nuestra mesa para felicitarnos y decirnos que con nuestro trabajo empoderamos a otras mujeres. Nos cuenta que ella dejó todo en la Ciudad de México para seguir con su esposo el sueño de vivir una vida más tranquila en Nuevo Vallarta, con un negocio propio de renta de bicis para el turismo local y extranjero. “Estoy esperando a mi primer bebé después de hacer tu reto Sisy. ¡Qué bárbara! Deberías de ponerle reto-embarazo o algo así!”, nos dice y reímos todas.

Las dos están conscientes de esa huella que dejan en los demás a través de su trabajo, y yo creo que lo consiguen por una razón muy sencilla: porque son fieles a ellas mismas y no intentan parecerse a nadie más.

“Siempre he tenido el miedo de no desarrollar todo mi potencial”, me dice Sandra. “Hay tantas cosas que nos impiden hacerlo como el no descubrir para qué somos buenos o para qué estamos aquí, el qué dirán o el miedo a desencajar un poco de tu ambiente para poder realizar lo que quieres. No me da miedo la muerte, me da miedo morirme sin haber vivido todo para lo que nací. Por eso todos los días me hago la promesa de ser honesta conmigo misma y hacer las cosas porque yo quiero y no porque esté acostumbrada, porque alguien más lo esté haciendo o porque tenga miedo a la crítica o al rechazo. Poco a poco te vas dando cuenta de que empiezas a vivir más plena”.

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FOTO: Sandra Estrada

Las fuertes olas del mar de Sayulita las tumban una y otra vez y les sacan tremendas carcajadas, la cerveza artesanal de Colima y los tacos de pescado las hacen chuparse los dedos y la música en vivo de una banda de rock bailar en plena calle cerca de la medianoche. Sisy y yo damos de tumbos en un par de bicicletas turquesa por la falta de práctica mientras Sandra pedalea y se mueve como pez en el agua por los callejones empedrados de este pueblo mágico. Al llegar a una vereda de subida para visitar una de las playas vírgenes estacionamos las bicis en un puesto en el que Sandra se compra una brocheta de pescado, Sisy un poco de sandía y yo de piña y nos disponemos a subir a pie.

Caminamos muchísimo, sudamos otro tanto y llegamos a la playa como un trío de náufragas acaloradas y sedientas y en seguida corremos al mar. Yo, que jamás me meto por el respeto que le tengo y a lo mucho me atrevo a mojarme los pies, me dejo vencer también por el caprichoso oleaje. Después de todo, para esto son los viajes, para soltar miedos… y si es con este par que tanto admiro, para recoger inspiración.

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