Coser es una cosa, pero coser con compañía es otra. Y si esa compañía resulta ser mi queridísima hermana, entonces el gozo se multiplica. Así, gozosos, fueron para mí los días que mi hermana dejó a nuestra natal Mexicali, a hora y media de distancia de aquí, para venirse a mi casa a aprender algunas técnicas de costura.

Como sucede con muchas hermanas en el mundo, la Janis y yo somos como el agua y el aceite: ella es blanca y yo morena, ella tiene el cabello lacio y yo quebrado, ella es chistosísima y yo tiendo a la seriedad, ella es visceral y yo racional, ella es buenísima para arreglarse y a mí me regañaba porque salía de la casa despeinada... pero las dos venimos del mismo mundo y de los mismos padres y para mí, como buena hermana mayor, ella siempre fue mi chiquita a quien quise cuidar y defender de quien quisiera hacerle daño. Recuerdo que cuando éramos niñas creábamos juntas nuestros juegos y formas de divertirnos (somos las únicas mujeres) y cuando peleábamos era sobre todo por mi afán de mantener todo ordenado y su evidente actitud desenfadada al respecto.

Ahora puedo reírme de todas esas veces en que me salió humo de la cabeza porque dejaba todo tirado en el cuarto o le rogaba a mi mamá que no nos vistiera como hermanas gemelas, mientras yo casi casi volaba de orgullo con mi vestidito igual al de ella. Puedo sonreír también con la nostalgia de recordar las tardes en casa de las vecinas ensayando espectáculos infantiles que presentaríamos después en algún día del padre… o jugando en la calle hasta que el sol se escondía y el grito de nuestras madres nos obligaba a despedirnos hasta el día siguiente.

Decíamos adiós a las amigas, pero ella y yo siempre volvíamos juntas al mismo lugar, a cenar a la misma mesa y dormir en la misma habitación, platicando hasta que el cansancio nos ganaba y ya no se escuchaba respuesta después de que alguna de las dos preguntaba por última vez: "¿Ya te dormiste?"

De chicas me encantaba exprimirle sus jugosos cachetes y apretujarla con abrazos hasta que (muy rápido) me exigía que la dejara en paz, como ahora hace mi Emma cada vez que me pongo empalagosa. Y caigo en cuenta de que en mi vida he sido melosa sólo con ellas dos, no sé por qué, aunque me gusta imaginar que la vida nos puso a la Janis y a mí en esa misma recámara para apoyarnos una a la otra, para encontrar el balance entre una y la otra. De ella siempre voy a aprender a ser honesta con lo que pienso y digo, a olvidar rencores pasados y a ser fiel a mis principios.

Ahora somos grandes y ya no está la calle para jugar, pero la mesa del comedor de mi casa se volvió por unos días ese escenario donde corrieron carcajadas, lágrimas y anécdotas, con telas y dos máquinas de coser en lugar de gises, bicicletas y pelotas. Me gustó jugar y aprender contigo hermana, como hicimos tantos días en el abrasador asfalto de nuestra natal Mexicali. Y caer en la cuenta de que, después de todo, no somos tan diferentes cuando encontramos ese punto en común que nos une: una pasión.

NIEVECITA DE PLÁTANO Y ALMENDRA EN EL DESCANSO: tres plátanos congelados, 1/3 taza de almendras, chorrito de vainilla, pizca de canela, 1 c. de miel de abeja, 3 C. de leche de almendra. ¡Todo a la licuadora y listo!