DESCOMBREMOS ANTES DE BUSCAR

Una lectora me escribió hace días para preguntarme cómo podía saber cuál era su talento. Ya he comentado en varias ocasiones que una de las cosas que más me gusta de My Pumpkin es la conexión que he vivido con gente que de otra manera jamás habría conocido, gracias a la cercanía que ahora nos ofrece la tecnología a través de los correos electrónicos o mensajes tanto públicos como privados. Mucha gente me ha escrito para muchas cosas: preguntarme una receta o algo de costura, contarme un problema, compartirme cómo mis palabras resonaron en su alma, mostrarme algo que vieron en Pinterest que les recordó a mí o alguno de sus proyectos DIY, pero nunca para pedirme un consejo de este tipo. Así que esta lectora me puso a pensar.

Lo primero que me vino a la mente como respuesta fue: haz lo que más te guste en esta vida. Ajá, suena muy bien, ¿y cómo saber qué es eso?, me pregunté a mí misma después. Y entonces caí en la cuenta que siempre que abordamos este tipo de temas, en los que hablamos de lo que nos apasiona, de nuestro trabajo ideal o de nuestros talentos, necesariamente surge esta pregunta de alguna u otra forma: ¿CÓMO SÉ QUÉ ES? Y puede parecer tan obvio para ciertas personas pero para otras (me incluyo) no lo es tanto. Podemos saber cómo se enciende el tostador, cómo se compra un boleto de avión por internet o cómo se acentúan las esdrújulas, pero no cómo encontrar aquello que nos hincha las venas de placer. Al menos no tan fácilmente.

Quizá saber cuál es nuestro talento no es tanto un asunto de búsqueda, sino de desescombro. Llevamos una vida tan saturada de cosas, ideas, prejuicios, complejos, proyectos, actividades, temores, obligaciones y un largo etcétera que, por más irónico que parezca, resulta muy complicado ponerse atención a uno mismo y escuchar lo que nos quiere decir nuestra esencia, donde guardamos precisamente todo lo que realmente somos y no en lo que nos hemos convertido por nuestra educación y/o deseo de agradar a los demás. A lo mejor mi talento es cocinar galletas, pero si siempre que me dispongo a encender el horno estoy pensando en el tambo de ropa sucia que tengo que lavar o en el reporte que tengo que entregar mañana a mi jefe me será muy difícil darme cuenta del inmenso placer que me hace sentir combinar los ingredientes y formar las bolitas de masa. Simplemente no me permitiré sentirlo.

Si tenemos claro qué es lo que nos gusta, ¡qué bueno! Pero si no, nos vendría bien una limpieza profunda para sacudirnos todo aquello que nos estorbe para encontrarlo. Hay tres pistas de Elle Luna en su libro “The Crossroads of Should and Must” que me fascinan para acercarnos un poco a aquello que nos apasiona: qué es eso que disfrutabas cuando eras un niño (si no te acuerdas le hablas a tu mamá para preguntárselo), qué es eso que harías si te regalaran un día completo sin ninguna otra responsabilidad (y si el dinero o el tiempo no fueran ningún obstáculo) y qué es eso que ves que alguien más hace y sientes algo de envidia al respecto. Pero, una vez más, necesitaremos una mente abierta y libre de temores que nos nublen la visión. Si nos adelantamos al descubrimiento de lo que nos gusta con los típicos “ay eso ni al caso”, “¿y eso de qué me va a servir?”, “eso no, está muy simple”, terminaremos por distraernos y no nos daremos la oportunidad de conocernos un poco mejor. Estoy viendo qué es lo que me gusta, no estoy haciendo un plan de acción, ni mucho menos de negocio, así que puedo permitirme fluir sin ningún estrés.

¿Y después? Nada, seguir fluyendo. Atreverme a jugar, a experimentar, a darle un patín a las opiniones externas y a las de mis propios complejos. Embarrarme las manos de pintura, espinarme los dedos con las ramas de mis plantas, desvelarme haciendo un pastel, echar a perder miles de retazos de tela, adormecerme las piernas después de una hora en bicicleta o cansar a los vecinos con cientos de acordes desafinados. Darme permiso de vivir y disfrutar eso que me gusta sin colgarle la responsabilidad de que sea algo lucrativo o utilitario o socialmente aceptado, porque si no me doy la oportunidad de experimentarlo con libertad, jamás me daré cuenta si en verdad eso me apasiona. Si descubro que me gusta dibujar sobre piedras y encuentro la manera de ganar dinero con ello, qué emoción, pero si no, es igualmente importante que dibuje sobre piedras y ponga una tortillería o me busque un empleo que me dé para vivir y para dibujar sobre piedras por las tardes, porque eso es precisamnte lo que me mantendrá inspirado y con deseos de levantarme de la cama todos los días. Y sólo por eso es algo digno de defenderse con uñas y dientes.

Ok, pero hablábamos de talentos ¿o no? Pues tenemos buenas noticias: Si has encontrado eso que te apasiona y eres fiel trabajando en ello, tarde o temprano te darás cuenta de que tu talento es precisamente ése. Es verdad que hay gente que nace con ciertos dones o inclinaciones, pero el talento se desarrolla con el trabajo y el compromiso, no viene con nuestra linda cara y la genética musical, literaria o fotográfica. A mí me gusta pintar con acuarelas y estoy consciente de que no lo hago tan bien como me gustaría, pero también estoy segura de que si todos los días invierto un par de horas en pintar, a la vuelta de diez años todo mundo a mi alrededor dirá que soy súper talentosa y hasta podrá creer alguien que nací con ese don.

La palabra “talento” puede convertirse en una trampa si no le damos su valor real y si no aceptamos que no es el rayo luminoso ese que imaginamos que un día vendrá a mostrarnos el camino, sino simplemente un conjunto de capacidades que si no tenemos de forma innata, podemos igualmente conseguir si en verdad nos comprometemos y trabajamos por ello. En su libro “El Elemento”, Ken Robinson define este concepto como el punto de encuentro entre mis aptitudes naturales e inclinaciones personales. Y es verdad que en la gama de todas las cosas que nos gustan, seguramente seremos más buenos para ciertas cosas y menos para otras, pero creo a final de cuentas siempre nos sentiremos más libres y más felices con nuestra vida si la dedicamos a eso que de verdad nos mueve el corazón y no tanto a aquello para lo que somos excelentes sin prácticamente ningún esfuerzo. Si trabajamos con felicidad en eso que honestamente nos apasiona, la aptitud tarde o temprano nos alcanzará.

Creo que lo importante es estar presentes para escucharnos y, como dije arriba, tener el valor de descombrar todo aquello que nos estorbe para descubrir los deseos que guarda nuestro ser. Si tenemos dudas, es tan sencillo como imaginarnos siendo protagonistas de la vida que realmente queremos vivir. ¿Qué nos vemos haciendo en esa vida? ¿Cómo son nuestros días? ¿Cómo nos estamos sintiendo en ella? ¿Qué podemos hacer en este momento para encaminarnos hacia ese ideal? En este ejercicio podremos encontrar algunas claves. El segundo paso es serle fiel a ese hallazgo, porque así nos seremos fieles a nosotros mismos.

my-pumpkin-acuarela
my-pumpkin-acuarela