Durante mucho tiempo creí que al nacer traíamos bajo el brazo, además de la consabida torta que todo mundo achaca a los nuevos seres que aterrizan a este mundo, un pergamino con toda nuestra vida escrita. Te hagas para donde te hagas, el destino siempre te alcanza y no hay nada que puedas hacer para cambiarlo. Al menos eso creía yo. Ésta es una de las muchas creencias que en el camino se me han vuelto obsoletas y he buscado reemplazar por otras que me inspiren más. Y digo que me inspiren porque hay alguna que otra idea que lejos de motivarnos a buscar nuestro desarrollo como seres humanos, pueden llegar a estancarnos en algún aspecto de nuestra vida.

Hoy me gusta más creer que mi destino depende de mí. Con esto no quiero decir que yo decido qué es lo que me pasa, pero sí decido completamente cómo me tomo las cosas que me pasan, cómo las proceso, cómo las digiero y cómo las aprovecho. Y si yo decido todo lo anterior… ¿no es esto una forma de escoger las palabras con las que voy a escribir mi vida? Pongamos como ejemplo que Fulano y Perengano se ganan la lotería. Fulano decide irse a Las Vegas, acabarse su lana en tres días de sexo, drogas y rock and roll (no estoy en contra, cada quién) y quedar al final todavía más endeudado que al principio. Perengano en cambio decide invertir su dinerín y vive una vejez despreocupado por el ingreso económico, así que se dedica a la jardinería, que es lo que de verdad le apasiona. Ambos se ganaron la lotería. ¿Por qué el destino no pintó para los dos igual? En mi muy humilde opinión, porque decidieron diferente.

Y será porque soy Géminis o por lo que ustedes gusten, pero tampoco me gusta tomar posturas radicales en mis creencias. Total, si nos queremos ir muy lejos, no hay nada que sea cien por ciento cierto en este mundo. Así que apegándome a mi gusto por abrirme a otras posibilidades, he de decir que también me gusta creer que sí hay algunos grandes eventos que al verlos a la distancia, nos sorprende que han sido verdaderos hitos en nuestra ruta. En mi cortísima vida (casi 36 años jijiji) puedo decir que ha habido cinco de éstos parteaguas: la muerte de mi madre, mi mudanza a Monterrey a los veinte años, el día que conocí a David, el nacimiento de Emma y nuestra mudanza a Tecate.

¿La partida de mi madre? Si ella no se hubiera ido de este mundo cuando yo tenía 14 años yo no me habría ido a Monterrey… punto. Y entonces, el resto de mis hitos no hubieran sucedido nunca. No me gusta hablar del "hubiera", así que prefiero pensar que ella tuvo una misión importantísima en mis primeros 14 años y luego me dejó en la forma física para que yo continuara con mi camino. Mi padre, mis hermanos y yo vivimos a su lado todo lo que nos hace ser quienes somos ahora, y eso siempre he de agradecértelo mamá, porque hoy adoro quienes somos.

A Monterrey tenía que irme para madurar, caerme y ver que tengo las herramientas para levantarme, llorar, reír, sufrir y gozar. Para vivir y enamorarme de la vida. Para conocer amigos entrañables que hoy añoro, acudir a la universidad de la vida que es el periodismo, hacerme una limpia de creencias, valorar mi hogar y, evidentemente, conocer al amor de mi vida y convertirme en madre. Quienes creen en la reencarnación, dicen que son las mismas almas quienes se acompañan en una y otra vida para continuar con la evolución, intercambiando los roles de padre, madre, hijo, suegro, tía, etc. Quizá sea por eso que a David siento que lo conozco de siglos, que no hay otra persona con la que me sienta más feliz y en confianza, que nuestros caminos, con parteaguas o sin ellos, se juntarían en algún momento. Y fue nuestra unión lo que llamó a escena a mi maestrita Emma. Uff, ¡maestraza! Tenía que convertirme en madre para reconciliarme con la mía, para vivir todas las experiencias que hoy me hacen un mejor ser humano, para entender lo que es el verdadero amor.

Y a Tecate me traje catorce años de emociones… sin sospechar que aquí la vida me trajo para soltar. Empaqué todo lo que pude antes de llegar y aquí la tierra me demandó más espontaneidad y menos atesoramiento. La naturaleza me invitó a su seno, a mí, hija del asfalto. Me envolvió con su sensualidad para echarme feliz en la playa, dejar que una abeja se me posara en el brazo sin gritar como una histérica, embarrarme las manos para sembrar un sarmiento, andar descalza lo mismo en la tierra que en la banqueta, comer más frutas y verduras que nunca se han subido a un camión, ver a mi hija coleccionar hojas y palitos y a mi marido subir colinas en bicicleta, comprar un cacho en el campo y soñar con una casa en medio de la nada. Y aquí estoy ahora, agradecida con los amigos que hemos hecho aquí y con la oportunidad de ver florecer a My Pumpkin.

Porque, regresando a los "hubiera", de haberme quedado en Monterrey no estoy tan segura de que My Pumpkin fuera lo que ahora es. Yo no sería lo que soy ahora. La vida es un río, es movimiento y flujo… no queramos convertirla en un estanque.

 

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