CORAZÓN DE ESQUIMAL
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Muy puntuales llegamos a nuestra cita con el verano. El termómetro subió ayer a los 42 grados (lo que pocos días aquí en Tecate) y hoy estamos en casa con los hijos desnudos, a chorros de agua fresca y flip flops en los pies. Matías terminó el viernes su segunda ronda de terapias y no sabremos hasta el 6 de julio si continuamos o no. Emma sale de vacaciones en dos semanas pero ya sentimos que los días fluyen más lento y sin tantas prisas.

La alberca del área común de los departamentos donde vivimos está lista y los niños ya disfrutan de ella. Empezamos a desempolvar las sillas y sombrillas de playa porque arranca la temporada en que pasan más tiempo en la cajuela del carro que guardadas en el clóset. Se prende poco la estufa y se come más fruta fría, las ventanas permanecen abiertas todo el día y el sol parece vigilarnos y colarse en cada uno de nuestros pasos. Los cientos de verdes que colorean los cerros se tornan marrones y volvemos a sentir que vivimos en el desierto y no en el bosque.

Bienvenido verano, aunque te confieso que yo siempre extrañaré el frío, los días nublados y la lluvia. Vengo de la tierra cachanilla, algodonera y abrasadora, y aún no me acostumbro a los efectos de una canícula inclemente. A mí los chocolatitos calientes, las cobijas de estambre y los días en casa porque nevó en la Rumorosa y se cancelaron las clases. A mí los días de otoño y de invierno, a los que con nostalgia guardo hoy en el cajón con la promesa de volver a vernos, mientras me pongo mis shorts de mezclilla, me preparo la más fría de las limonadas y me decido a encontrarle su encanto a estos meses bochornosos y acalorados.