COLECCIÓN "NIDO"

Las once mujeres estamos sentadas en torno a un altar que hemos improvisado en el suelo de este bosque de encinos con flores, velas, imágenes personales de lo divino, mandalas dibujados con harina y algo de fruta que hemos llevado para compartir. Estamos aquí para expresarle nuestros mejores deseos a Ana, la mujer que nos convocó hace unos años para formar un círculo de crianza y que ahora se va a San Cristóbal para continuar sus estudios de partería. El Cuchumá, la montaña sagrada de los primeros pobladores de esta tierra nos cobija con su amoroso poderío y una luna llena nos envuelve con su delicada luz durante todo el ritual en el que cantamos con el ritmo del tambor, meditamos, le dedicamos a nuestra amiga las palabras del alma, moldeamos para ella figuras de arcilla y al final encendemos una fogata para despedir a esta noche de magia, estrellas y corazón. 

Sentada en el círculo las observo a todas cuando algunas de ellas comparten sus planes de irse también un día de aquí. Entonces me doy cuenta de que somos un grupo de mujeres nómadas. Muy pocas son originarias de Tecate, pero cada una tenemos detrás una historia de mudanzas en las que nuestros pies han andado por tierras donde hemos recogido todo eso que hoy nos conforma. Y todas hemos coincidido aquí, en un pueblo fronterizo que, como todas las poblaciones donde se elevan los muros entre dos vecinos, es tierra de migrantes. De hombres y mujeres que están de paso, unos decididos a construir aquí su hogar por los meses o los años que la vida les depare y otros que lo llevan sólo en la memoria, allá donde se quedaron los suyos.  

¿Dónde está el hogar del alma itinerante? Cuando me preguntan de dónde soy me cuesta trabajo responder porque viví casi la misma cantidad de años en Monterrey que en Mexicali. Hoy vivo en Tecate pero sé que un día nos iremos también de aquí, por un tiempo o para siempre, y David y yo soñamos que cuando los hijos hayan volado nosotros viviremos en un lugar diferente cada año. No tengo arraigo a ninguna tierra y eso me hacía sentir inestable en el pasado, pero hoy tomo esta realidad como una oportunidad de sentirme más conectada con el Todo. A Mexicali voy a sentirlo siempre mi hogar porque ahí nací, a Monterrey también porque ahí nació nuestra hija y a Tecate igual porque aquí nació nuestro hijo.   

Mi hogar entonces, solía pensar, no es donde nací, sino donde están los míos. El significado de los muros que conforman una casa lo brindan las personas que viven en ella, que lloran y ríen juntos, que conversan a diario sobre cómo les fue en el día, que juegan, que cocinan y comparten los alimentos, que se molestan y se perdonan porque el amor es siempre más fuerte y que todas las noches se abrazan antes de dormir. Pero un día los míos también van a irse y yo recordaré que la verdad es que sólo son prestados y a ellos también los sorprenderá el deseo de buscar su propio hogar, como me sorprendió a mí el día que me fui de casa. 

Para entonces deseo con toda mi alma que David siga en este plano y que nos sigamos acompañando, que cumplamos ese sueño de viajar por el mundo en una Westfalia para dormir un día en el bosque y amanecer otro en la playa. Es cierto que aún me anclan más de un par de ataduras para dejar que mi único techo sea un manto estrellado y prescindir de la tierra firme, pero mi alma sonríe cuando me imagino que mi hogar es David y un fuego para asar unas berenjenas en el desayuno y un par de copas de vino en el atardecer y un libro sobre una manta y fotos de la vía láctea y un cesto enorme con estambre y agujas de bambú y llamadas de los hijos para ponernos de acuerdo y reunirnos en Navidad. Y yo le creo a mi alma porque ella es la única sabia.  

No sé si David se vaya primero o sea yo quien lo haga, o incluso podría ser yo la última en irme de los cuatro. Entonces me imagino qué haría o dónde viviría yo si eso ocurriera y caigo en la cuenta de que, al final del día, mi hogar soy yo misma. Si un nido para mí significa ese sitio donde sentimos profundo amor, donde estamos en paz y al que tenemos siempre la confianza y seguridad de volver para tomar fuerzas y seguir adelante, nuestro hogar es cualquier lugar del mundo en el que consigamos conectarnos con nuestro interior. Hoy tengo la dicha de compartir ese amor, esa paz y esa seguridad con tres seres que adoro con el alma y quizá el día de mañana sean menos o sean más, pero quiero trabajar para que los muros de mi espíritu se mantengan firmes ante cualquier vendaval, pues es el único nido con el que contaré siempre.    

Nuestro hogar es cualquier lugar del mundo en el que consigamos conectarnos con nuestro interior.

El hogar de mi amiga Ana hoy es San Cristóbal y la casa de partos Luna Maya, donde su corazón late con más fuerza en la búsqueda de un profundo sueño. Y el mío está aún aquí, donde todavía me queda mucho por aprender, por crecer y por construir. Porque así, en cada ciudad y en cada vecindario, en cada círculo de amigos y en cada empleo, bajo cada cielo y en cada puesta de sol, vamos recogiendo el barro para irnos construyendo casa, para convertirnos en morada y transformarnos en ese fuego que tanto hemos buscado para descansar.  

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