Colchitas de tela "Primavera" (y el festejo del día del niño)

Colchitas de tela "Primavera" (y el festejo del día del niño)
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El charco de lluvia en la banqueta de enfrente que nos llama a brincotear. El montón de hojas secas en el parque que se nos antoja escuchar crujir. El último sorbo de leche en el plato de cereal que nos apuramos a empinar mientras nadie nos esté viendo. Queremos andar descalzos, olvidarnos de las formas, tomar agua directito de la manguera en el día más soleado del año, jugar durante horas y poner cara de interrogación cuando escuchemos la palabra "estrés".

A ese niño que no termina nunca de morir por más encomiendas, amenazas y tribulaciones nos devolvemos un día para decirle que nos da mucho gusto que siga ahí a pesar de todo. Porque la piel se arruga y el cabello se platina y aún conservamos ese hilo que nos une al crío sediento de atención, nuestra y de todo el que nos rodee, como esos hijos que a diario nos jalan la blusa para preguntarnos si la luna es de queso, si podemos leerles un cuento o si falta mucho para que lo llevemos a volar ese papalote que les hemos prometido.

Nos enfrascamos en el mundo adulto de las cuentas por pagar y las apariencias por guardar y un buen día, como estrella fugaz, nos llega el recuerdo de que además de la casa y el coche y el buen colegio queremos también reírnos a carcajadas con las cosquillas en los pies o tomar leche con chocolate mientras nos imaginamos la vía láctea y no un montón de calorías. Ese niño. El nuestro, otra vez. Susurrando, paciente, guardadito pero intacto. "Aquí estoy", nos dice, "para cuando quieras sacudirte y volverte pequeño, como antes, cuando nos caímos de la bicicleta y el mundo no se acabó porque había que aprender rápido si queríamos divertirnos más".

Hacemos como que se ha ido, como que se lo ha llevado el tiempo junto con los ojos como platos cuando vimos esa rana por primera vez, porque así es la vida y así son los años... pasan por aquí y al irse no nos dejan más que los recuerdos. Pero un día, en medio de las prisas con el portafolios y los zapatos impecables, en plena calle rodará hacia nosotros el balón de futbol que se les escapó a los chiquillos de la escuela vecina y tendremos que tomar una decisión. Un día, concentradas en el golpeteo de nuestro manicure perfecto en las teclas de una computadora alcanzaremos a ver de reojo a nuestra hija que se acerca con un par de muñecas en sus manos y nos veremos orilladas a escoger.

Ojalá tengamos la suerte de extender la pierna para patear fuerte el balón y de estirar la mano para tomar del brazo esa muñeca. Ojalá le abramos la puerta a esa niña que quiere salir a correr y hacer castillos de lodo un día y al día siguiente también, esa que me revolotea en el pecho esperando la más mínima oportunidad para gritar que está viva y que es ella quien me mantiene viva a mí también. Ojalá de vez en cuando nos salgamos de la raya mientras coloreamos para recordar que los límites están ahí para brincarlos.

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