Colchita "Rachel" (VENDIDA)

Era sabia y risueña, al parecer no de este mundo, donde por las venas corre sangre y no luz. La cascada azabache de su cabellera le rozaba los muslos si la dejaba libre y le coronaba la cabeza si la trenzaba para llevarla recogida. Su piel mulata no la abrazaba tanto a ella como a quien se le acercaba, luminosa de ternura, sedosa de compasión. Y sus manos. Tejedoras, misericordiosas, inventoras, acariciadoras, sumisas, surcadas por el rastrillo del tiempo y el arado de la la pasión creadora. Rachel no era una mujer ordinaria, era india atapasca. El Gran Espíritu le había concedido un mes más antes de llevársela de la Tierra, pero en la dádiva le advirtió que si no terminaba ella misma su manta tendría que buscar un reemplazo que concluyera su labor después de su partida. Rachel conocía la tradición de su tribu. En la manta la zurcidora deja su alma; con el hilo va tejiendo retazos de su ser y su conciencia. Le está prohibido dejar atrás una parte de su espíritu en el viaje al otro mundo y por eso no puede iniciar una nueva obra, a menos de que esté segura que la terminará antes de su muerte.

Ella se apresura en el trabajo y no en la búsqueda, como quien está segura que a la vida no se le vigila si no queremos perdernos lo que nos depara. Ella cose como la cobija le va indicando y al llegarle el cansancio siempre, algo muy de ella y que aprendió de su madre y ésta de su abuela, dibuja con el dedo en una esquina de la manta el contorno de un pez para honrar en su memoria el sacrificio de los espíritus que la han alimentado y le permiten permanecer en la Tierra para servir con su propia faena.

Ahora Rachel necesita irse y, como si la hubiera llamado, Yuma toca su puerta porque se ha enterado que está enferma y necesita quién la cuide en sus últimos días. La joven mujer cocina para ella, limpia su casa y le ayuda a lavarse en las noches, cuando Rachel asoma su rostro por la ventana para saludar a la nueva luna, esa blanquísima cuna donde muy pronto conseguirá arrullarse.

- ¿Puedo ayudarla en algo más? - le pregunta Yuma.

- Puedes ayudarme a irme entera. - le contesta ella postrada en su cama y luego le muestra la colcha incompleta, con la mitad de su espíritu entretejido en ella y la otra mitad a punto de iniciar la dulce travesía.

Yuma comprende entonces qué fue lo que la empujó hasta esa casa días atrás. Contempla el rostro de Rachel y le sonríe justo antes de que las aceitunas de la mujer india se cubran por completo por sus agrietados y exhaustos párpados. La heredera toma entre sus manos la labor incompleta de la recién llamada y continúa con la costura…

***

Han pasado ya cuatro meses desde que el Gran Espíritu recogió a Rachel. La lluvia ha arreciado en los últimos días, lo que le ha permitido a Yuma avanzar mucho más en la manta. Por las noches, cuando su vela se ha consumido igual que sus fuerzas, la tejedora respira hondo y recuerda a la mujer que le regaló el sentido que no encontraba en su vida. Quiere irse a descansar, pero antes, en una esquina de la cobija dibuja con el dedo un pez, porque la india sabia y risueña no se ha ido del todo, porque una parte, aunque no sea del alma, se queda siempre aquí.

 

COLCHITA "RACHEL"

100% algodón enfrente y atrás

relleno de polyester

54 pulgadas por 59.5 pulgadas (un poco más chica que una colcha individual)

SUBASTA CERRADA. COLCHITA VENDIDA A KEILA KRAUL.

NOTA: "Rachel" es una mujer india de la tribu atapasca, en Alaska, que conoció Caroline Myss en un viaje al norte de América. Ella le platicó la creencia de que una mujer no debe morir sin terminar una manta, o dejarle el encargo a alguien de que la termine, pues de lo contrario una parte de su espíritu se quedará en esta Tierra. Caroline escribió después esta anécdota en su libro "Anatomía del Espíritu", el cual yo leí años después. Este cuento está inspirado en esta mujer y su historia.