COLCHITA "BEBESAURIO"
quilt_bebesaurio7
quilt_bebesaurio7

Todavía me acuerdo del dolor de piernas que me agencié cuando recorrí medio San Francisco en bicicleta sin tener ni un gramo de condición física. Tenía tiempo con unos deseos intensos de conocer este lugar mágico y cuando por fin se me hizo realidad el sueño, quería comerme la ciudad en dos mordidas y recorrerla en cinco zancadas. Los tres días que estuvimos ahí David y yo hace dos años me parecían un suspiro, así que rentar una bici y pedalear por el Japanese Tea Garden, Embarcadero, Golden Gate y Sausalito nos pareció una excelente idea. 

Y lo fue si no tomamos en cuenta que yo tenía sin usar una bici ochenta mil años… qué digo una bici, sin mover el cuerpo ochenta mil años porque así que ustedes digan que cómo me encanta el ejercicio, pues la verdad es que no. De hecho puedo decir que mi vida, ejercísticamente hablando, se divide en dos: ASF y DSF (Antes de San Francisco y Después de San Francisco), porque fue en la convalecencia, con mis piernas elevadas y con mi necio organismo carcajeándose de los analgésicos, que entendí que tenía que hacer algo por mi condición física y empecé a dedicar al menos tres días a la semana a sudar la gota gorda con algún tipo de rutina, que la verdad casi siempre es en mi casa con videoclases, caminatas en el exterior cuando el clima lo permite y de veeeeeez en cuando salir en bici con mi esposo.

Pero bueno, el hecho es que así, con las piernas destrozadas después de los casi cuarenta kilómetros subiendo y bajando por las colinas californianas, fue como conocí a Norma (de Monclova) y a Generoso (de Chihuahua)… y al bebesaurio (como le dicen ellos de cariño) en el vientre de ella. Los Santillanes Cerros vivían en Berkeley por el posgrado de Norma y le pidieron a David que fuera a tomarles una sesión prenatal, y la verdad es que yo me colé en el viaje porque me moría por conocer la ciudad. Y qué bueno que lo hice porque fue un placer no sólo cumplir mi sueño, sino también convivir con ellos.

Ahí supe que se conocieron en el Tec de Monterrey, que desde que Norma vio a Generoso se dijo "Éste me gusta para padre de mis hijos", que se casaron en Monclova y que después se fueron al sur de California, en donde vivieron la dulce espera de su primogénito mientras ella se dedicaba a su maestría y él a su trabajo como perito traductor. Ahí nació Daniel, justo cuando Norma consiguió un trabajo temporal en Washington, así que después de apenas dos semanas del alumbramiento, empacaron sus cosas y se mudaron a la capital del país vecino. Pasado ese tiempo, regresaron a vivir a Monterrey, donde los volví a ver hace unas semanas para conocer a su hijo y llevarles la colchita para su cuna de niño grande.

No pude quedarme mucho tiempo en su casa, pero sí el suficiente como para tomarme una copa de vino tinto de mi tierra que les agradecí en el alma y disfrutar de su vibra justo como la recordaba de aquella bienvenida en San Francisco: honesta, campechana, como quien tiene el corazón abierto y en el mejor de los ánimos. Y lo que más me hizo sonreír fue ver a bebesaurio y comprobar que la sangre es fuerte y que el niño de poco más de un año tiene la misma risa y simpatía de sus padres, de quienes siempre admiraré esa disposición a la aventura y esa intención de vivir con pocas (o nulas) complicaciones, entregados al placer de lo que el destino les vaya poniendo en el camino.

Además, tengo que decirlo, toda la vida recordaré que fueron ellos quienes nos llevaron a conocer Napa Valley y nos invitaron a brindar con un espumoso frente a los majestuosos viñedos de Mumm. Esa generosidad que los caracteriza no sólo se agradece, sino que se te queda tan tatuada por dentro que te dan ganas siempre de volver.

Ahora sé que esta colchita tenía que ser para ellos. Con ella experimenté por primera vez la emoción de una técnica que nunca había utilizado: la del acolchado libre (dibujar con el hilo curvas y no sólo líneas rectas), para la que es necesario soltar los dientes que aprisionan la tela en la máquina y fluir con un movimiento acompasado entre el pedal y las manos mientras la colcha baila con soltura para que puedan coserse las formas onduladas que uno quiera.

Así como hay que soltar el miedo y la fatiga para dejarse llevar con libertad a través de ese imponente puente carmesí en bicicleta y darle chanza al viento de arrullarte y de regresarte el poderío de la infancia, cuando no había imposibles y todo parecía más fácil. Como la libertad que saboreo de los Santillanes Cerros cuando me cuentan sus historias y su forma sencilla y a la vez osada de ver la vida.

Nos vemos pronto, en Monterrey o en Napa, lo que el destino nos tenga preparado... y ahora sí nos echamos la botella completa :)

FOTOS: Norma Cerros

quilt_bebesaurio6
quilt_bebesaurio6
quilt_bebesaurio5
quilt_bebesaurio5
quilt_bebesaurio4
quilt_bebesaurio4
quilt_bebesaurio1
quilt_bebesaurio1
quilt_bebesaurio2
quilt_bebesaurio2
quilt_bebesaurio3
quilt_bebesaurio3