A Iris le costaba un gran trabajo llorar. Había intentado de todo: cebolla, melodramas, noticieros, despedidas y nada. Sus ojos marchitos envidiaban los torrentes que atestiguaba en los de las chicas del cine, los niños en los supermercados, los padres en el primer baile de bodas de sus hijas. ¿Habré llorado ya todo lo que me tocaba?, ¿habré desperdiciado mi dotación de lágrimas en la infancia?, dudaba Iris. En la línea donde se confunde la incertidumbre con la resignación estaba Iris cuando leyó el anuncio en el periódico: "Se ayuda a llorar". El corazón todavía no le regresaba al pecho cuando volvió a la mesa con papel y pluma para apuntar los datos del lagrimoso asistente. Luego habló al número y le concedieron una cita para esa misma tarde. Esto es una señal, pensó, estoy segura que esto es el inicio de una dichosísima vida llena de felices sollozos.

En el camino hacia el mejor encuentro de su vida, Iris saboreaba la sal de cada lágrima que luego de esa tarde derramaría a la menor provocación; todas las que en los duelos, los fracasos, las caídas y los intensos gozos se agolparon los últimos años en el mar de sus deseos, atrapadas con un ancla que hasta ahora desconocía y que todavía hoy hacían fila para tocar puerto.

Antes de cruzar la puerta azul del local número 213, una piedra se atravesó en su camino y de pronto Iris se vio con las rodillas en el suelo terregoso. "Inche piedra", dijo en voz alta mientras se sacudía el polvo de las manos y los pantalones. Al entrar encontró a un hombre vestido de blanco sentado en una duela oscura que la invitó a pasar sólo con un gesto amable en el rostro, el mismo que Iris interpretó como la llave a la confesión.

- Señor, déjeme le cuento. Resulta que yo antes sí lloraba… bueno, así mucho mucho la verdad es que nunca he llorado, ¿cómo le explico? Ok, déjeme empiezo otra vez. Le decía que antes sí lloraba, podríamos decir que normal, pero no sé exactamente en qué momento…

- ¿Quién te recibió en la puerta?

- ¿Perdón?

- ¿Quién te recibió en la puerta?

- ¿En la puerta? Nadie, no había nadie. No le vendría nada mal una recepcionista ¿eh? Si está buscando a alguien yo tengo una amiga buena onda, es muy chambeadora y...

- Recuerda Iris.

- Le digo que no había nadie.

- Vamos, ven conmigo.

El hombre de blanco llevó a Iris al otro lado de la puerta azul, donde volvió a tropezarse con la piedra, esta vez derrapando hacia la calle. Un ¡chingado! logró escapársele antes de que su buena educación pudiera sofocarlo.

- ¿Quién te recibió en la puerta?- le preguntó el hombre.

- ¡¿Se refiere a esta piedra?! - le contestó ella al tiempo que se incorporaba.

- Vamos dentro.

Iris obedeció y cayó por tercera vez. "¡Puta madre!", vociferó ahora sin pena, con la cara roja del coraje, los pantalones rasgados y las rodillas sangrantes.

- ¿Quién está aquí Iris?

- ¡¿Que si quién está aquí?! ¡¿Pues quién va a ser?! ¡Yo! ¡Tirada en el pinche suelo! ¿Que no ve?

- ¿Quien eres ahora Iris?

- Viejo loco, no le entiendo nada.

- Ahora puedes irte. Cuando encuentres la respuesta a esta pregunta, podrás llorar.

Iris se levantó, recogió los pedazos de su ira y se fue. Caminó sin rumbo fijo con la mandíbula y las piernas temblorosas, con el paso acelerado y con el hombre de blanco, la puerta azul, la piedra y las maldiciones en la cabeza. ¿Quién era? ¿Quién era? Pues la estúpida que se tropezó tres veces en el mismo lugar, pensaba. Entonces empezó a verlo en la calle: vio al niño que se cayó del columpio, al estudiante que resbaló con el charco en la banqueta antes de subirse al camión, al cartero que perdió el control de su bicicleta, al hombre con portafolio que se dio de bruces cuando volteó a ver a la mujer guapa.

Alcanzó a llegar a su casa, meterse en su cama y cubrirse con la cobija que le tejió su abuela antes de que, justo como lo había soñado, se abrieran las compuertas de sus acartonados ojos. Lloró entonces los mares postergados, uno a uno les permitió ver la luz del día que de ahora en adelante recordaría como el más feliz de su vida. Los ríos de lágrimas fluyeron por sus mejillas antes de empapar la colcha floreada que luego de  exprimir y dejar secar al sol le dejó las salinas marcas como recuerdo.

Días después, Iris regresó al local número 213.

- ¿Quién te recibió en la puerta?- le preguntó el hombre de blanco.

- Mi vulnerabilidad.

- No vuelvas a temerle nunca. Ella es la entrada a tu humanidad.

 

COBIJA "IRIS" 

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