Cobija "Abril" (VENDIDA)

El silbato de la tetera le avisa a Abril que el agua ya hierve. Con andar pausado llega a la cocina, donde toma las hojas de té negro para depositarlas en aquel vientre de peltre listo para la alquimia. El perfume picante de las semillas de cardamomo se abre paso por la nariz experta de Abril, quien cuando llega el instante adecuado reúne en la burbujeante fiesta a la canela, el jengibre, los clavos de olor y el anís estrella. Ahora sólo queda esperar. Abril no se va; le gusta quedarse frente al fuego para no perderse la primera nota del aromático bálsamo. Cuando está listo lo cuela sobre una taza color verde, agrega leche y mezcla la infusión con una cuchara que bailotea de un lado al otro para sacudirse la miel de abeja que la abraza. La cuchara golpea un costado, raya el fondo y luego golpea en otro punto, vuelve a rechinar y vuelve a golpear donde empezó, rozando en círculos el suelo como en un ardiente tango que muere de tajo cuando Abril escurre a la bailarina, golpea con ella tres veces la boca de la taza  y luego la acuesta en una servilleta donde dibuja una huella del sudor a té recién hecho. Las manos de Abril envuelven la taza color verde. Sabe que son más de las seis porque los rayos del sol ya se cuelan por la ventana y le alcanzan a acariciar el rostro. Ya es hora.

En el mismo sillón de todos los días, se sienta y deja su té en la mesa para retomar la labor que escurre sobre sus rodillas. Las agujas se confunden con sus delgadísimos dedos en el estira y afloja del fino hilo ya cobrizo por el tiempo. El cansado estambre va y viene hacia enfrente, hacia atrás, retomando el camino de siempre, el que ya se sabe de memoria. Con la forma retorcida de tanto vaivén, sobre los pies de Abril descansa el que ayer era parte de la mortaja, pero que al meterse el sol volvió al piso en su estado original. El hilo le dura lo que la esperanza, sólo de día, porque en la noche se le acaba el tejido y la luna le trae la desconfianza. Entonces ella desteje. Deshace el último punto y mientras su brazo se estira para jalarlo, el corazón se le encoge. Un día más para sumar a su calendario luctuoso.

Abril trenza sus canas, que ya rozan su cintura, y se va a la cama sola de nuevo. Mañana podrá ilusionarse otra vez.

Y otra vez sus arrugados párpados se levantan a las seis para descubrirle los ojos aceitunados. Otra vez el mismo té y el mismo tejido. Sólo que este día es diferente. Este día, luego de la última puntada que ya mecánicamente se dispone a estirar para soltar el hilo como en los últimos veinte años, Odiseo entra por la puerta.

 

COBIJA ABRIL

58 x 49 pulgadas

Estambre 100% acrílico